Capítulo 27
Ethan
Papá: ¿De verdad sabes lo que estás haciendo? Abre los ojos.
La tregua ha durado poco. Ni siquiera sé en qué momento se torcieron tanto las cosas para llegar a este punto.
—La has cagado.
Era nuestra oportunidad para llevarnos bien y la he pifiado.
U NAS HORAS ANTES
Nos levantamos muy temprano para coger el ferri que nos llevará de vuelta a Atenas, directos al aeropuerto y rumbo a nuestro próximo destino.
Apenas he pegado ojo. Me quedé hasta altas horas de la noche hablando con Andrew y las restantes las pasé dándole vueltas a mi discusión con Dahlia.
Antes de darme cuenta, eran más de las tres, aún tenía que hacer el equipaje y el sol iba a salir en un par de horas. Así que, como no quería perderme el amanecer, habré dormido un total de... cuarenta minutos.
He hecho siestas más largas.
Dahlia no tiene tan mal aspecto como yo, pero intuyo por su piel pálida y por las sombras oscuras alrededor de sus ojos que tampoco ha logrado dormir demasiado esta noche.
El trayecto de casi seis horas ha estado ocupado por un ensordecedor silencio. Dahlia no ha despegado la mirada de su teléfono y yo no he apartado los ojos de ella.
Había practicado varias veces lo que tenía pensado decirle, algunas delante de Andrew, otras a solas, delante del amanecer, mientras veía cómo el sol subía y no pasaba nada más. Tras tantas veces, mis ojos ya no necesitan adaptarse a la claridad repentina que trae consigo el astro.
Esta mañana no he oído como la música sonaba a todo volumen desde la habitación de Dahlia. Por alguna razón, eso me ha molestado más de lo que debería. He sabido que, de nuevo, era culpa mía.
No supe qué contestar a su último comentario, ni a lo anterior, simplemente... me quedé callado. En mi defensa diré que lo que había dicho hasta entonces no había ayudado a mi causa.
El trayecto en el coche que nos lleva al aeropuerto se me hace demasiado corto; vamos acompañados del chófer y del guía responsable de llevarnos a nuestro destino. La aplicación se ha encargado de todo, ni siquiera sé cómo se llaman.
Repito una vez más el diálogo que he acabado por aprenderme de memoria, pero nunca lo digo en voz alta. Si voy a pedirle disculpas a Dahlia, no me apetece tener público, aunque el taxista probablemente no pueda entender una palabra de lo que decimos.
Disculpas . No tengo ni idea de por qué me voy a disculpar.
No me arrepiento en absoluto de lo que hice, lo volvería a hacer. Se trataba de una situación injusta para ella y yo solo quería ayudarla. ¿Tan difícil es que lo entienda?
Entramos en el aeropuerto de Atenas y el ambiente me devuelve a la realidad, pues enseguida comienza a oírse el murmullo de los miles de conversaciones que están teniendo lugar al mismo tiempo.
El personal nos indica la dirección que debemos seguir, pero eso no evita la repentina atención por parte de algunos viajeros. Cuando varios de ellos sacan sus teléfonos, sé que nos han reconocido. En cuestión de segundos, ya tenemos a varios seguidores a nuestro alrededor.
Dahlia es la que acapara todas las miradas, todas las cámaras apuntando en su dirección. Ella no dice nada y accede a sacarse muchas muchas fotos. Tantas que en un momento dado pienso que perderemos el avión si no nos damos prisa, a pesar de haber venido con varias horas de antelación.
De pronto, una de las personas que se arremolinan a nuestro alrededor llama mi atención y me tiende su teléfono.
—¿Foto? —pregunta un adolescente con un acento forzado que me hace comprender que apenas habla inglés.
Asiento con la cabeza y extiendo el brazo dispuesto a sacar un selfi... hasta que veo que el chico se sitúa al lado de Dahlia y muestra una sonrisa tímida, sus mejillas rojas.
—Con ella, claro.
Pulso el botón y enseguida lo sustituye en el puesto un grupo de chicas que comienzan a hablar con ella sobre lo mucho que adoran cómo viste, pero la mirada de Dahlia se mantiene en mí unos segundos más mientras le devuelvo el móvil al chico.
Entonces me fijo en la curvatura de sus labios, por supuesto que le ha hecho gracia mi metedura de pata. A pesar de eso, me alegra haberle provocado una sonrisa que rebaje la tensión que hay entre ambos, aunque solo sea un instante.
El ambiente cambia rápidamente cuando aparecen de la nada decenas de fotógrafos con objetivos muy grandes y micrófonos, que empiezan a empujar a todos los presentes a su lado, incluido a mí, para llegar hasta la que es su protagonista.
Ahora mismo, soy invisible.
No tengo un ego grande, no puede importarme menos. No disfruto de la atención, no de esta, desde luego. En realidad, de ningún tipo.
Lo cual es contradictorio con lo que estoy haciendo. La gente se preguntaría por qué demonios estoy entonces en las redes sociales, exponiéndome a todo el mundo.
La respuesta: ni yo mismo lo sé. Efectos colaterales, supongo.
Dahlia se posiciona inconscientemente junto a mí. Extiendo mi mano para que la sostenga con la suya; no sé si su orgullo le permitirá cumplir con nuestras reglas esta vez. Para mi sorpresa, lo hace. La atraigo hacia mí y ella se inclina para hablarme al oído (regla número tres):
—¿Cómo han sabido que estaríamos aquí?
—Los he llamado yo.
—¿¡Qué!? —grita, también contra mi oído, casi perforándome el tímpano.
Aún no he tenido la oportunidad de hablar con ella, pero anoche tuve una idea que sería el punto de partida para arreglar las cosas.
Nos encontramos en el centro de la multitud, tratando de abrirnos paso en la dirección que nos indican los agentes de seguridad del aeropuerto, que tampoco pueden hacer nada contra el revuelo que se ha formado a nuestro alrededor.
Dahlia camina mirando al frente con templanza, como si estuviese más que acostumbrada a todo esto. .. ¿Qué digo? Claro que lo está.
Hasta ahora, hubiera dicho que disfrutaba de esta atención, pero sé que no es el caso, lo noto en su lenguaje corporal.
No sé en qué momento he aprendido a distinguir esas señales, pero el cuerpo de Dahlia está tenso y la sonrisa genuina que devolvía a la gente que le pedía fotos y autógrafos hace un instante no ha vuelto a aparecer.
Todos los sonidos se intensifican a medida que llegamos a nuestra puerta de embarque.
Si alguien en esta terminal no sabía quiénes éramos, ahora ya lo sabe, o se hace una idea.
Oigo voces que provienen de todas partes y preguntas que se superponen unas con otras.
Hago caso omiso de todas ellas, centrándome solo en las palabras que llevo practicando desde anoche.
Me paro en seco y deshago el contacto entre nuestras manos. Me giro hacia los reporteros con una intención clara.
He tenido malas ideas a lo largo de todos mis años de vida, pero estoy seguro de que Andrew situaría esta en el top tres, como mínimo.
Pero no voy a quedarme callado, no cuando Dahlia tiene que hacerlo. Quiero ayudarla a contar su verdad.
Los comportamientos de esos gilipollas no pueden quedar impunes.
Estoy rodeado de medios mientras trato de dar una versión —ni de lejos tan buena como la que he practicado tantas veces en mi cabeza por los nervios—.
Todos me escuchan con atención, pero, antes de que pueda responder a todas las preguntas, una mano me agarra de la camisa y me arrastra por la espalda.
Ya ha abierto el embarque y una azafata de baja estatura con el brazo extendido me pide el pasaporte y el billete. Dahlia, a mi lado y quien me ha arrastrado de aquí, tiene sus brazos cruzados a la altura del pecho y cara de muy pocos amigos.
Supongo que la presencia de los periodistas le molesta tanto como a mí en estos momentos.
Cuando me devuelven la documentación y me dispongo a cruzar la pasarela, su brazo me empuja con fuerza. Tropiezo con mi propio pie y mi espalda golpea la pared sobre la que me quedo apoyado. Su cuerpo está frente al mío y sus ojos marrón oscuro me miran con rabia.
—¿Qué demonios haces, Ethan? —Su voz es aguda, afilada. Está enfadada.
—¿Qué quieres decir?
—Te dije que lo dejaras estar.
—Y yo, que no me parecía bien lo que había ocurrido. Tenía que hacer algo, decirle a alguien...
—¿A los paparazi? ¿Los mismos a los que no les importa manipular la información con tal de venderla al mejor postor?
No había sido consciente de que la historia podría sufrir cambios, los mismos que yo he hecho entre versión y versión tratando de responder a todas las preguntas con las que me han acribillado. Tal vez he sido demasiado ingenuo.
El teléfono de Dahlia tiene la pantalla iluminada, más de tres llamadas perdidas de su agente no pueden significar nada bueno. Y esta vez es por mi culpa.
«Mierda». Me llevo la mano al pecho, tratando de calmar mi respiración.
—Solo quería ayudar —digo, bajando la cabeza.
—Y, de paso, aparecer en los titulares.
Entonces mis ojos vuelven a encontrarse con los suyos. De nuevo, solo veo rabia.
—¿Crees que eso me importa? —Me da igual que el resto de los pasajeros miren en nuestra dirección ni que los fotógrafos no se hayan movido del sitio y sigan disparando sus flashes hacia nosotros.
Entonces llega, la primera puñalada.
—Creo que estás buscando la atención que no estás recibiendo en el viaje.
Suelto una risa seca, pero mi piel se estremece.
—¿Estás insinuando que te tengo envidia, flor?
—Venga, Ethan, los dos sabemos que no pintas nada aquí.
Son esas malditas palabras las que consiguen que explote. Porque son ciertas.
Y ella lo sabe, sabe que yo mismo lo sé.
«¿Alguna vez has tenido el síndrome del impostor?», le pregunté en la cueva. Ella contestó que no.
Y, como siempre, ha decidido atacar, para ser la última persona que queda en pie. No sé de qué me sorprendo.
—¿Sabes? No me extraña que estés sola. —Se la devuelvo.
Los dos podemos jugar al mismo juego. En este instante, no me importa caer tan bajo. Y sé que he dado en la diana cuando tiembla. Su cara sabe mentir a la perfección, pero su cuerpo no. No si sabes dónde mirar.
Me doy la vuelta, caminando en dirección contraria a la puerta de embarque ante el desconcierto y las llamadas de las azafatas, aunque no entiendo nada de lo que están diciendo.
Lo que sí entiendo son todas las preguntas que me caen encima de los periodistas y fotógrafos que se arremolinan frente a mí y que no sé cómo han logrado llegar hasta aquí.
Los voy apartando de mi camino en un intento por salvar la distancia que he recorrido antes, que ahora me parece mucho mayor.
—¿Alguna declaración?
—¿Son ciertos los rumores de una campaña juntos?
—¿Qué pasa entre Dahlia Harris y tú?
Estoy enfadado, solo ella consigue que mi mal humor se dispare en cuestión de segundos y, ahora, me enfada más que sepa cómo hacerlo y lo haya utilizado a su favor.
Así que hago lo último que sé que debería hacer. Algo que nos impedirá dar marcha atrás, y también continuar hacia delante. Pero todo eso me da igual cuando digo:
—¿Qué pasa? —repito la pregunta. Al ver que voy a hablar, todos se juntan con sus micrófonos hacia mí, pero no me paro en ningún momento, sino que suelto la bomba y escapo—: Lo que pasa es que es una puta niña caprichosa.
Tal vez no seamos tan diferentes, al fin y al cabo.