Capítulo 24 #2
Su voz es distinta a la que me ha recibido, no hay rastro del tono despreocupado que usa siempre conmigo y que tanto me molesta.
Quiero acercarme, pero no sé si es lo correcto, lo que él quiere. Doy un par de pasos inestables por las rocas irregulares. Ethan está pendiente de mis movimientos, no desvía la mirada hasta que estoy sentada a su lado. Permanecemos callados un rato en el que solo se oye su respiración irregular.
—Me ha dado un ataque de ansiedad.
—¿Y te metes en una cueva diminuta por alguna razón en particular?
Él sonríe ante mi comentario.
—Me calma. Tengo ansiedad, no soy claustrofóbico.
No sé muy bien qué decir, pero por primera vez tengo la necesidad de llenar el silencio que se ha formado entre nosotros.
—Sé que no somos amigos ni nada, pero tampoco tienes ninguna otra opción, al menos ahora mismo —empiezo a decir; él me mira con atención—. Quiero decir que, si necesitas hablar, yo no sé salir de la cueva sola, así que nos vamos cuando estés listo.
Ojalá me hubiera quedado callada. Otra de las pocas cosas que aprendí de mi madre es que, si no tienes nada que aportar, mantengas la boca cerrada. Es mejor hacerse la interesante que hacer el ridículo.
—Esto se te da fatal —suelta riendo. Una carcajada que retumba en las paredes de nuestro alrededor. En donde estamos, apenas se oye la corriente y hace más frío, se me eriza la piel—. ¿Alguna vez has tenido el síndrome del impostor?
—No. —Soy sincera. Sé que probablemente no es la respuesta que quería oír, pero, por alguna razón, no quiero mentirle. Aunque eso le confirme que soy exactamente como él cree que soy—. Me gusta pensar que tengo lo que merezco.
Y, a pesar de eso, no puedo ser del todo sincera con él. No lo soy ni conmigo misma.
—¿Tú lo tienes? —No sé por qué he bajado la voz hasta susurrar.
—Todo el tiempo. Y duele todos los días. —Él también susurra y hay algo en su tono que me hace temblar más fuerte—. Vámonos de aquí antes de que te dé una hipotermia. Estás temblando.
No me he dado cuenta hasta ahora de que mi cuerpo se agita bruscamente en busca de calor ni de que mis labios están hinchados.
Pero ahora soy yo la que no quiere irse. Hay algo demasiado puro en este paisaje para tener que dejarlo todavía. Es transparente, lo muestra absolutamente todo.
Todo lo contrario a lo que yo soy.
Puede que, al final, sí le haya mentido a Ethan y sí sea una impostora.
—¿Podemos quedarnos un poco más? Solo un minuto.
Él asiente y reduce un poco la distancia entre nosotros. Nuestros hombros se rozan y siento la calidez de su cuerpo.
—¿Por qué huiste, Dahlia?
Otra vez pronuncia mi nombre de esa manera.
—¿Quién dice que la que se fue fui yo?
—Renunciaste de repente a esa vida tan perfecta que mostrabas y que tanto te gusta. No te quedaste.
—Conmigo nadie lo hace.
Ahora sí que estoy siendo demasiado sincera, pero por alguna razón no puedo callarme. No cuando Ethan se ha confesado antes. Supongo que me siento en deuda con su secreto.
Después de varios minutos más de los que me ha prometido, salimos de la cueva. Al hacerlo, tengo que cerrar los ojos ante la luz que nos recibe de pronto. Cuando mis ojos vuelven a acostumbrarse a la claridad, veo que Bemus sigue en la barca mirando su móvil.
—Por lo menos no nos ha dejado tirados.
—Más le vale, con el dinero que me ha cobrado por traernos.
—Solo a ti se te ocurren este tipo de locuras. No vuelvas a hacerlo.
—Venga, no puedes enfadarte conmigo, si no te hubieras perdido eso.
En parte tiene razón, nunca me hubiera atrevido a entrar en una cueva oscura en donde hay más de dos accidentes cada año por derrumbamientos.
Pero ¿ha valido la pena? Sí, aunque no voy a admitirlo en voz alta.
Estamos nadando hacia el bote, que está a tan solo unos metros. No sé por qué, ahora no parece tan alejado, a pesar del cansancio acumulado en mis músculos.
—¿Sabes? Ya puedes soltarme el brazo —le digo, sintiendo sus dedos apretar con fuerza mi antebrazo. No me ha soltado desde que hemos salido de la cueva.
—Nunca sabes dónde está el peligro y tú eres muy patosa. —«¿Qué me ha llamado?»—. He de asegurarme de que no te ahogas ni te roza ningún pez. No queda muy bien que se muera tu compañera de viaje.
Lanzo una pequeña risa.
—Yo he pensado lo mismo cuando he visto que tardabas tanto en salir.
—¿Y has entrado para asegurarte de que estaba bien? Cuidado, Dahlia, voy a pensar que te preocupas por mí.
—Idiota.
Cuando ya estamos en la barca, Ethan le hace una señal a Bemus para irnos hacia el otro lado de las rocas, donde hay unas playas secretas y podremos subirnos a las enormes plataformas de piedra blanca.
Por algún motivo, estoy de buen humor. Ni siquiera me importa tener los dedos arrugados ni el pelo encrespado. Tampoco que el ángulo de las fotos que sacamos no sea el mejor. Por lo menos esta vez no han salido borrosas.
—Tienes que darme tu número de teléfono, antes no sabía cómo llamarte —digo cuando estamos de nuevo en la barca en el trayecto de vuelta. Ya casi se ha puesto el sol.
Ethan mira embobado hacia el horizonte, como si no quisiera perderse ni un segundo del descenso del astro rey hasta ocultarse por debajo del mar.
—¿Esa es tu coletilla para ligar? Es muy mala, flor.
—Ya te gustaría.
Me giro sobre mí misma para ver el atardecer con él, nuestros cuerpos apretados uno junto a otro por la falta de espacio.
Así, sin previo aviso, firmamos una especie de tregua que duraría muy poco.