Capítulo 24
Dahlia
DEL DOLOR AL AMOR
WYATT JOHNSON Y NICOLE ROUSELL CONFIRMAN SU RELACIÓN CON UNA FOTO DEL TODO PROVOCADORA MIENTRAS DISFRUTAN DE SU VIAJE «SORPRESA» DE ENAMORADOS. LA PAREJA NO SE HA PRONUNCIADO MÁS AL RESPECTO, PERO LAS IMÁGENES HABLAN POR SÍ SOLAS.
SIN EMBARGO, LOS OJOS DEL PÚBLICO NO PUEDEN IGMORAR QUE ESE VIAJE LLEVABA EN UN PRINCIPIO EL NOMbrE DE DAHLIA HARRIS, QUE, COMO SIEMPRE, TIENE TODAS LAS MIRADAS PUESTAS EN ELLA. ¡TODO EL MUNDO QUIERE SABER QUÉ ESTÁ PASANDO CON ELLA E ETHAN ADAMS!
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Mi madre me enseñó que la venganza es un plato que se sirve frío.
No sé en qué demonios pensaba Ethan cuando se le ocurrió que esto sería una buena idea, pero pagará por ello.
—Me estás pisando —dice. Yo le golpeo de nuevo el pie, más fuerte, antes de que pueda terminar la frase.
Estamos sentados uno al lado del otro en una pequeña barca a motor en la que apenas caben nuestros dos cuerpos y el del hombre que la dirige.
El día de ayer en el yate fue tranquilo, horas bajo el sol y refrescándonos en aguas cristalinas; el ambiente perfecto para relajarse y desconectar. Ethan incluso logró comportarse y no chocamos ni una vez. Todo fue demasiado perfecto.
Muy diferente a la situación actual.
Esto no estaba en el itinerario. De hecho, la agencia nos ofreció el día libre para despedirnos de la isla, pero Ethan me dijo que sí teníamos un plan que había reservado él y que no podía cancelar.
Al principio me negué, pero el contenido que subíamos juntos tenía tan buena acogida que quería usarlo para acallar los rumores de la relación entre Wyatt y Nicole.
Al parecer, no somos la única nueva pareja que ha surgido en redes sociales. Y he tenido que enterarme por las noticias. Muy conveniente para ellos.
A mí me llaman zorra por haber superado nuestra relación demasiado rápido. Él solo «está curando sus heridas, buscando refugio en una amiga y encontrando el amor por el camino», palabras textuales según un medio.
Se pueden ir a la mierda.
Pero, por alguna razón, la relación con Ethan parece distinta a los ojos del público.
Los medios siempre son más severos con las mujeres, pero cambian rápidamente de bando cuando ven que el resto de la gente está en el otro lado.
De momento, se divierten haciendo conjeturas de un posible «nosotros».
La incertidumbre atrae mucho más la atención. Si ellos supieran.
—¿Tienes que estar tan pegado a mí? —pregunto, revolviéndome en un intento por respirar.
—Si me muevo un poco hacia el otro lado, me voy a caer del bote.
—Pues mira, no es tan mala idea.
—Venga, flor, dale una oportunidad. Estoy seguro de que la excursión te va a gustar.
—Estamos en el mismo sitio que ayer.
—Pero esta vez vamos a verlo todo. —Señala hacia las impresionantes rocas blancas contra las que golpean las olas.
No pudimos acercarnos a la orilla por el fondo del yate, que no estaba hecho para atracar en ningún otro sitio que no fuera un puerto.
Esa zona es la más bonita, pero también la más alejada del lado turístico, lo que hace que pocos turistas y marineros locales se adentren debido a la caliza y a las leyendas que protagonizan esas cuevas medio hundidas.
A mí no me llamó demasiado la atención; valoro más mi pellejo que mi espíritu aventurero, pero, por supuesto, Ethan piensa exactamente lo contrario.
—No lo dices en serio.
—Pues claro que sí, va a ser espectacular. Además, Bemus me ha dicho —señala al señor mayor que sigue con la mirada puesta en el motor de la lancha e ignorando nuestra presencia— que la gente exagera; solo ha habido dos accidentes por esta zona.
Bueno, eso suena esperanzador, aunque, si solo ha habido dos, no entiendo por qué lo consideran una zona tan peligrosa...
—Este año —añade en voz baja, pero lo oigo. Vaya si lo oigo.
En ese instante, decido que va a ser él solito el que se va a meter ahí dentro.
Cumplo mi promesa. A Ethan no parece importarle ser el único en meterse en el agua fría. No insiste tras mi primera negativa. Seguramente él tampoco tiene muchas ganas de disfrutar de mi compañía.
Primero decide saltar de un acantilado que parece estar a unos veinte metros de altura, aunque Bemus ha dicho que eran solo escasos cinco.
Me pide que lo grabe y coloco el teléfono en alto, apuntando hacia el punto negro que es su silueta a lo lejos, pero, justo antes de que salte, aparto la mirada, incapaz de ver cómo su cuerpo se precipita al vacío y golpea la superficie del mar.
—¿Esto es una venganza por las fotos del otro día? —pregunta al subir de nuevo al bote. Al parecer, mi cabeza no es lo único que he apartado y el ángulo de la cámara se mueve justo durante su salto—. Voy a subirlo igualmente.
—¿Te da igual que haya salido mal?
—Es como ha salido, a la gente también le hacen gracia las tomas falsas. Creo que el vídeo de la GoPro ha salido bien.
Vuelve a sumergirse, cámara en mano, pero yo me quedo pensando en lo que acaba de decir.
No recuerdo cuándo fue la última vez que subí una foto sin pensar, sin revisar mil veces mi aspecto, los elementos de mi alrededor y los comentarios.
Creo que nunca lo he hecho. Soy demasiado consciente de todos los ojos que me observan a todas horas.
Pero Ethan no parece tener ese problema, no tiene miedo a mostrarse a sí mismo, no a una marioneta.
Esta vez, nada hasta adentrarse en la boca de oscuridad que emerge de una de las cuevas. Espero que regrese con alguna frase ingeniosa sobre lo que me he perdido.
Pero no lo hace.
—¿No lleva mucho tiempo ahí dentro? —pregunto después de lo que me parece una eternidad.
Ha pasado casi una hora, y mi estómago empieza a pedirme comida con más nutrientes que las galletitas saladas que nos ha ofrecido Bemus a mediodía y que, además, estaban resecas.
El susodicho se encoge de hombros en respuesta a mi pregunta, ni siquiera levanta la cabeza de su móvil. Me revuelvo en mi sitio, el incómodo asiento de madera se siente duro y frío bajo mi trasero y tengo las piernas entumecidas, a pesar del calor que hace.
—¿Deberíamos comprobar si está bien? —insisto, en otro intento por conseguir pisar tierra firme lo antes posible.
—Está dentro de cueva, no puede oír. —Esa es su única respuesta antes de devolver la atención al juego de su teléfono.
Estoy segura de que Ethan se ha llevado el móvil junto con su cámara en una mochila impermeable para grabar el interior de la cueva y los acantilados. Pero, por muy íntimos que le parezcamos al resto del mundo, ni siquiera tengo su número de teléfono para ponerme en contacto con él.
Maldigo en voz alta.
¿Y si le ha pasado algo? Dos accidentes en un año son muchos, ¿no? Solo estamos en junio.
¿Y si se ha perdido? ¿O se ha cortado nadando? ¿O golpeado contra una roca?
No tengo ganas de nadar hasta allí y meterme dentro, pero menos de explicarle a la agencia que me he quedado sin compañero de viaje por su propia estupidez, y también qué hacíamos aquí en primer lugar, ignorando todas las señales de «Peligro. Prohibido el paso».
Llamo la atención de Bemus una vez más golpeándolo en el hombro. Creo que estoy agotando su paciencia y las vidas que le quedan en su estúpido juego de obstáculos en el móvil.
—¿En qué cueva ha entrado? —Levanto el brazo para señalar la que tenemos justo delante de nosotros, una de las pocas que son visibles desde aquí—. ¿Esa?
Él asiente con la cabeza.
— Spílaio pou ftýnei ándres.
—¿Qué significa?
—Cueva Escupehombres, así se llama.
—¿Está de broma?
«Si Ethan aún no se ha matado, lo mataré yo misma».
Cojo la otra máscara de buceo que Ethan ha traído y salto del bote a regañadientes. El agua está fría y el choque de temperatura me paraliza unos segundos, pero empiezo a nadar rumbo al agujero de oscuridad a tan solo unos metros.
La distancia parece mucho más corta desde la barca, aunque tampoco ayuda que el único estilo de natación que conozco sea el perrito, y ni siquiera lo domino.
Como modelo e influencer , este no está siendo mi momento más sexy.
Cuando por fin alcanzo las rocas, debo tener cuidado con la corriente que golpea con fuerza contra ellas, pero logro subir y mis pies se posan por fin sobre algo sólido.
Hay un acceso a pie por un lateral. Voy muy pegada a la pared de piedra con cuidado de dónde piso, aunque eso se vuelve cada vez más difícil cuando la escasa luz que entra del exterior desaparece. ¿De verdad Ethan ha entrado aquí?
Ya es mayorcito, por supuesto que sabe cuidar de sí mismo, o al menos debería. El caso es que yo no debería estar aquí.
Cuando me dispongo a dar media vuelta, casi pierdo el equilibrio y suelto un grito como acto reflejo que retumba entre las paredes de la cueva; casi puedo oír el eco y cómo esta me devuelve mi propia voz.
Me quedo en el sitio unos segundos, tratando de recuperar la calma.
Lo único que se oye es el sonido ensordecedor de la corriente avanzando con fuerza debajo de mí a lo más hondo de la cueva.
«Por lo menos tus pies están tocando el suelo», pienso. Estoy en tierra firme y no a mil metros de altura.
—¿Dahlia? —Oigo mi nombre y, a continuación, la luz de una linterna me ilumina de repente, obligándome a cerrar los ojos—. ¿Al final te has animado?
Su voz es entrecortada y, conforme se acerca, puedo sentir su respiración acelerada.
—Tú eres imbécil —es lo único que digo mientras cojo su mano y dejo que tire de mí hacia su cuerpo.
Me fijo en el lugar por el que ha aparecido. Estamos en un saliente alejado de la fuerte corriente donde el agua está en calma, estática, como una especie de laguna.
Miro hacia arriba y me encuentro con una panorámica impresionante. Estalactitas de diferentes tonos y colores cuelgan de los techos de piedra y el color del agua es totalmente azul, uno de los más intensos que he visto nunca. De hecho, es muy parecido al color de los ojos de Ethan.
Está sentado con las piernas flexionadas contra su pecho, su mirada perdida en algún punto más allá de la cueva.
—¿Estás bien?
—Necesito un minuto.