Cualquier destino menos contigo Capítulo 22
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Capítulo 22

Dahlia

—Esto es increíble —digo mirando atentamente mi teléfono mientras me llevo otro bocado de pescado a la boca.

Otra web de cotilleos ha publicado la noticia. Más fotos incluidas.

—Ya lo creo, esto de fingir se nos da genial y casi ni hemos empezado.

—Me refería a que han sacado mi lado malo.

Ethan está sentado frente a mí al otro lado de la mesa redonda y con mantel de cuadros azules de uno de los restaurantes locales del pueblo. El único restaurante del pueblo, para ser exactos. Ni siquiera estoy segura al cien por cien de que sea un restaurante.

Ethan nos ha guiado a través de la hilera de casas coloridas a pie de mar, todas ellas de piedra blanca con sus puertas y ventanas de colores vivos, diferentes unas de las otras.

No son grandes y se nota que el tiempo ha ido ejerciendo su efecto sobre ellas, aunque parezca que este lugar no avanza a la misma velocidad que el resto del mundo y el paso de las estaciones aquí se ralentizara.

Hemos parado en una de las últimas casas antes de llegar a un callejón sin salida.

La puerta estaba abierta, había un cartel que anunciaba que había pescado fresco y dos personas mayores esperando pacientes al otro lado de una barra de madera.

El aire dentro era fresco y había unas cuantas mesas preparadas al lado de lo que parecía una sala de estar exterior.

Desde aquí también se puede ver la cocina de la casa.

Ethan ha hablado con la entrañable pareja y enseguida nos hemos sentado a comer.

He querido decirle que esto no me parece un verdadero restaurante y que estamos en mitad de ninguna parte. Estaba de mal humor por la noticia, aunque no sabía por qué, porque Ethan tampoco tenía la culpa (yo me había colgado de él) y, en realidad, esto era supuestamente lo que buscábamos.

Nos han servido una botella de vino blanco, el pescado es uno de los mejores que he probado en mi vida y la señora que venía cada poco tiempo con un nuevo plato (hemos tenido que decirle que parase porque estamos llenos, Ethan también) traía además una sonrisa en la cara.

Al final, sorprendentemente, estoy disfrutando de estar aquí.

—Si tu campaña iba a despertar especulaciones acerca de nuestra supuesta relación... ahora van a tomarla como una confirmación.

—¿Eso significa que harás la colaboración conmigo? —Levanto las cejas, asombrada de que saque el tema.

—Todavía lo estoy pensando.

—Me dijiste que me darías una respuesta hoy.

—Y soy un chico de palabra, pero qué tiene de malo darle un poco de emoción al asunto.

Pongo los ojos en blanco. Por supuesto que para él todo esto es solo un juego. En otras circunstancias, lo mandaría a la mierda, pero no se puede rechazar un contrato así. Yo no puedo permitírmelo, esta vez no.

El dinero es lo de menos, pero los contactos valen mucho más que cualquier fajo de billetes. Y necesito que todos vuelvan a estar de mi lado.

Quiero que dejen de odiarme. Por mucho que finja lo contrario, me importa demasiado la opinión de la gente. Al fin y al cabo, a nadie le gusta ser el malo de la película.

Terminamos y pagamos un precio irrisorio teniendo en cuenta la cantidad de comida que nos han servido. Cuando nos levantamos para marcharnos, dejo encima de la mesa un billete de casi el mismo valor que el importe que nos han cobrado. Veo que Ethan hace lo mismo.

—¿Damos una última vuelta antes de irnos? —pregunta Ethan, ya recogiendo sus cosas.

Asiento. No es tarde y nuestro hotel no está lejos de aquí, pero debemos cumplir con los compromisos de la agencia.

Aprovechando la luz, le digo a Ethan que me saque un par de fotos frente al mar y junto a las casas; él obedece sin rechistar.

—¿Quieres que te saque a ti alguna?

Él parpadea, como si mi pregunta lo hubiera pillado desprevenido.

—Vale.

Se coloca donde yo estaba y comienzo a sacarle fotos.

No sabe qué hacer con las manos y mira todo el rato a la cámara con expresión incómoda; resulta casi adorable.

La luz del sol aún en lo alto hace brillar su cabello dorado y sus ojos claros, a los cuales me quedo mirando demasiado tiempo a través del objetivo.

—Joder, ¿cuántas has sacado?

—Nunca son suficientes, debes tener material donde elegir.

—No se ven bien las casas —me dice, dándome de nuevo su móvil.

—Es que la foto te la he sacado a ti.

—Yo me veo todos los días en el espejo. Esto —se da la vuelta para señalar la línea de casas a su espalda— es algo que no voy a volver a ver.

—¿Quieres una foto de guiri?

—Sí, flor, eso es exactamente lo que quiero.

De vuelta al coche, vemos cómo algunos lugareños salen de sus casas cargados con sus redes para adentrarse en el mar y varios barcos que están atracados cerca de la orilla.

—¡Mira eso!

Me giro en la dirección que Ethan está señalando con la boca abierta.

Hay un barco a tan solo un par de metros de nosotros, descargando su botín del día, pero es imposible prestar atención a otra cosa que no sea el enorme pez que cuelga boca abajo de un gancho sobre el que se arremolinan varias personas y turistas con sus cámaras, como si nunca hubiesen visto un pez grande en su vida ni un documental del Canal 7.

—¡Acerquémonos!

Y, al parecer, nosotros vamos a convertirnos en unas de esas personas. Abro la boca para protestar, pero Ethan ya está más de cuatro pasos por delante de mí y él es quien lleva las llaves del coche, así que lo sigo a regañadientes tratando de no resbalar con los tacones que llevo puestos.

Cuando por fin lo alcanzo, lo veo en primera fila, gesticulando mientras supongo que trata de comunicarse con los pescadores, que no entienden muy bien el inglés.

Lo espero suficientemente alejada del pescado, aunque no puedo huir del mal olor que desprende. Minutos después, Ethan se aleja de los hombres tras hacerles el gesto del pulgar arriba y se dirige hacia mí.

—Me han dicho que podemos verlo de cerca.

—Ni de coña pienso arrimarme a ese bicho.

—En realidad es un pez; un atún rojo, para ser exactos. Me han contado que hacía tiempo que no pescaban un ejemplar tan grande. Mide dos metros con cuarenta centímetros.

Le saca un par de fotos y luego coge su cámara para grabar un vídeo. Como si a la gente le interesara un dichoso atún.

Mueve el brazo, buscando que vaya con él, pero ignoro sus gestos.

—Ven, que te saco una foto.

—No quiero una foto con eso.

«¿Está hablando en serio?».

—Te dije que hoy te daría mi respuesta sobre la campaña —dice entonces, cambiando de tema y pillándome desprevenida—. Haré la colaboración contigo...

—¡Gracias! —respondo rápidamente, mostrando más entusiasmo del que me hubiera gustado.

Él lo nota, por supuesto. Eleva las cejas y una sonrisa socarrona se le dibuja en la cara.

—No me has dejado terminar. Haré la colaboración contigo si te sacas una foto con el atún.

—¿Me estás chantajeando con un atún?

Así que a eso venía la sonrisa socarrona.

—Yo no lo llamaría chantaje. —Se encoge de hombros—. Es solo una foto.

Pongo los ojos en blanco y cojo aire. El primer motivo, para respirar lo menos posible cuando esté cerca de ese bicho, y el segundo, para no cometer un asesinato y ahogar a Ethan en el mar junto con el atún.

—Un poco más cerca. —«Lo está disfrutando más de la cuenta», pienso. Y también estoy pensando en cómo se la devolveré. Estoy a menos de un metro cuando añade—: Y dame tu mejor sonrisa, flor.

No sonrío, pero él saca la foto igualmente. Cuando baja el móvil, quiero escaparme rápidamente de allí, pero Ethan llega antes a mi lado y rodea mis hombros con su largo brazo.

—Espera, nos falta el selfi.

—Tienes que estar de broma.

Volvemos al coche en silencio y pasamos todo el camino de vuelta con las ventanillas bajadas porque todo el coche —especialmente nosotros— apesta a pescado crudo.

El único sonido en el interior del vehículo es la radio, aunque apenas puedo escuchar la música con el ruido de la fuerte brisa entrando por la ventanilla y mis pelos bailando enloquecidos. Me lo recojo en una coleta y comienzo a analizar todas las fotos del día de hoy.

Acabo pronto, Ethan ha hecho trescientas trece fotos con mi móvil, de las cuales trescientas seis salen borrosas, a contraluz o con un dedo obstruyendo parcialmente la lente de la cámara.

Al rato de llegar al hotel, tras ducharnos y cambiarnos, asistimos a otra cena que nos tienen preparada con productos de alta gastronomía. Cuando acabamos, no puedo evitar pensar que la comida en la casa de aquella pareja de ancianos estaba mucho más buena.

Con un breve balbuceo como despedida, cada uno se mete en su apartamento, sabiendo que tenemos que ponernos al día con el trabajo. Mando un correo a Maia pidiéndole que envíe el contrato con los términos de la campaña a Ethan. Ella responde con una carita sonriente.

Entonces suena mi teléfono. Y otra vez. Y otra vez.

—¿Y ahora qué?

¿Qué más hemos hecho? Estoy demasiado cansada para encabezar un titular por segunda vez en el día de hoy.

—No se ha atrevido.

Tal vez necesito lentillas. Eso, o Ethan Adams acaba de subir a la plataforma de más postureo del planeta una foto mía con el atún acompañada de nuestro selfi.

Ya podrían haber salido esas dos fotos como las trescientas seis borrosas que contiene mi teléfono.