Cualquier destino menos contigo Capítulo 21
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Capítulo 21

Ethan

La decisión de ponerme un bóxer debajo del bañador no sé si ha sido la mejor o la peor que podría haber tomado.

Joder, en un momento estaba recibiendo instrucciones (bastante estrictas) sobre cómo hacer una foto decente en términos de Dahlia Harris y al siguiente la tenía colgando como un peso muerto de mí.

Todo sea dicho, su peso no ha sido el mayor problema, su pecho se ha pegado al mío con fuerza y sus brazos han rodeado mi cuello impidiéndome respirar.

Mi espalda ha golpeado la arena primero, pero ha sido la presión de su cuerpo lo que ha hecho que el mío reaccionase. Hostias, me da hasta vergüenza admitir la rapidez con la que mi miembro ha cobrado vida bajo su contacto. Parezco un puto adolescente salido.

«Hace demasiado tiempo que no echo un polvo».

La reacción de mi cuerpo a su contacto me pone de mala leche, más de la que me produce que nos hayamos caído por su estúpida reacción ante el roce de un pez que no sería suficiente ni para una comida en condiciones.

Nos quedamos así unos segundos. Mi miembro parece ser el único capaz de reaccionar, porque mi cabeza se niega a procesar que ambos nos encontramos muy cerca el uno del otro. Puedo contar las pecas que decoran sus mejillas y que no sabía que tenía.

Ella reacciona antes que yo y se levanta rápidamente. A mí no me viene mal seguir aprovechándome de la temperatura fría del agua.

—¿Sigues queriendo esas fotos? —digo, en un intento por desviar la atención de lo que sigue pasando en la parte baja de mi anatomía.

Sin responder, vuelve a tenderme su móvil y se pone en posición. Como ella me indica, pulso el botón más de diez veces entre pose y pose. Sigo pensando que parece que está estirando, pero qué sé yo sobre sesiones de fotos. Cuando termina, ni siquiera las mira y vuelve de inmediato a la toalla.

Mientras, yo sigo recuperándome de nuestro... lo que quiera que haya sido eso.

El resto de la mañana lo paso explorando la zona de las playas, grabando vídeos con mi cámara para subir a redes y haciendo fotos que luego enviaré a Andrew.

Él fue la primera y única persona con la que compartí mis viajes al principio; lo grababa absolutamente todo para que él también pudiera verlo.

Las redes eran la forma más fácil de hacerlo, hasta que en una ocasión olvidé marcar la opción de vídeo privado y este se hizo viral en cuestión de horas.

Andrew me dijo que subiera los siguientes de la misma manera; él subió algunos de los anteriores.

En cuestión de meses, dejé de pensar en el poco dinero que tenía en mi cuenta bancaria y en los trabajos que debía aceptar durante mis escapadas para poder pagar el siguiente billete. Ya no tenía que preocuparme de eso ni de la vuelta, no mientras pudiera depender de mí. Más o menos.

Al fin y al cabo, todo trato tiene sus condiciones.

Andrew, desde Holland, se ofreció a ayudarme con la gestión de los contratos y mis viajes. Taylor lleva los números de mi cuenta. Cada vez más empresas y colaboradores están interesados en mí, pero yo siempre digo que ese no es el motivo por el que estoy haciendo todo esto.

Viajar por el mundo, ese es mi único objetivo. Quiero recorrerlo todo, no quiero pensar en dejarlo para otro momento. Porque solo tengo el ahora. Sé perfectamente que todo puede torcerse. Ya ha pasado una vez.

Así que Andrew se ha convertido en mi agente, si se puede llamar así, pero desde el principio he querido mantenerlo alejado de todo esto.

Él no quiere llamar la atención y yo lo respeto, yo mismo querría pasar más desapercibido en la mayoría de las ocasiones y eventos a los que estoy obligado a asistir porque Andrew acepta las invitaciones sin consultarme, metiéndome en un compromiso que, según él, le agradeceré en el futuro.

De momento, aún no he sentido esa gratitud.

Vuelvo a nuestro punto de encuentro. Dahlia está tumbada sobre la toalla, ni siquiera se percata de mi presencia. Su atención está puesta en un pequeño cuaderno en el que dibuja lo que me parecen siluetas y prendas de ropa.

—¿Qué es eso? —Me inclino un poco, pero entonces cierra su libreta de golpe.

—No es nada —responde rápidamente.

—Si no fuera nada, no estarías sonriendo.

Arruga el entrecejo. ¿No era consciente de la sonrisa que se dibujaba en su rostro?

Entonces oigo mi teléfono sonar en algún lugar de mi enorme mochila. Cuando lo encuentro, veo que tengo dos llamadas perdidas del mismo número.

Hablando del rey de Roma.

Me llevo el móvil a la oreja, esperando a que los sonidos monótonos acaben transformándose en su voz.

Pero, en su lugar, oigo una que es femenina y aguda.

—No entiendo cómo llamas tanto a mi hermano cuando podrías hablar conmigo.

Hablando de la reina de Roma.

—Hola, TayTay —respondo; se me dibuja enseguida una sonrisa en la cara—. ¿Cómo va todo?

—En unos días empiezo en mi trabajo de verano.

—¿Qué has encontrado esta vez?

—Monitora de windsurf .

—¿Alguna vez has hecho windsurf ?

—Ya sabes que no, pero no es culpa mía que contraten a cualquiera.

—Me río ante su comentario. Oigo voces a lo lejos, así que sé que no está sola—.

Además, solo tengo que alquilarles las tablas a los críos, animarlos diciendo que mantengan el equilibrio y rescatarlos con la moto de agua si se alejan mucho de la orilla. Está chupado.

—¿Qué ha pasado con el trabajo que te ofrecieron el año pasado en la heladería?

—Ethan, cuando estuviste aquí durante dos semanas en agosto viniste a tomar un helado. ¿De verdad crees que querrían volver a contratarme este año?

Vuelvo a reír, con ella siempre es así.

Taylor Reid es muchas cosas: la hermana de mi mejor amigo, mi propia mejor amiga, una pelirroja que siempre se sale con la suya y una chica demasiado inteligente para su propio bien y el nuestro.

Pero hace los peores helados de la historia. Servía los cucuruchos de vainilla inclinados que ella misma había bautizado como conos de Pisa y las bandejas siempre llegaban medio derretidas y con el sirope equivocado (y eso que solo había tres sabores).

Pero nadie en el pueblo decía nada al ver la sonrisa de Taylor y porque, en el fondo, creaba las mezclas más raras de helado, pero que estaban sorprendentemente ricas.

Su jefe no pensaba lo mismo.

—Taylor, ¿has visto mi teléfono? —La voz de Andrew suena más allá de la línea, pero me llega con claridad—. Oye, que te he dicho un millón de veces que no cojas mi móvil sin permiso, joder.

—¿Por qué? ¿Tienes el porno aquí guardado o algo?

Desisto de toda esperanza de continuar la conversación con ninguno de los dos. Me imagino a los hermanos uno frente a otro retándose a un duelo de miradas por ver quién acaba cediendo.

—Dámelo.

—Atrápame si puedes —suelta Taylor.

Vale, eso ha sido un golpe bajo, pero ella parece ser la única capaz de bromear con eso y la única a la que Andrew se lo permite.

Andrew siempre se lo ha permitido todo. Al fin y al cabo, Taylor es nuestra chica.

Tres años de diferencia no parecen demasiado, pero lo eran cuando éramos unos críos y apenas llegábamos al metro cincuenta.

Sin embargo, conforme fue avanzando el tiempo, las similitudes físicas entre los hermanos se fueron acentuando y pasaron de compartir no solo su piel clara y ojos pequeños, sino también unos rasgos angulosos, más marcados.

En personalidad, todo el mundo dice que son polos opuestos, pero en realidad yo creo que se complementan. Taylor es un huracán; Andrew, la calma que le precede o le sigue, pero siempre van de la mano.

—Llámame, ¿vale? —El tono de Taylor se vuelve un poco más serio.

—Vale.

—Hablo en serio, Ethan.

Antes de que pueda responder, la voz de Andrew aparece al otro lado de la línea.

—¿Sigues ahí?

—Aquí estoy.

—¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? —repito—. ¿Me has llamado dos veces en diez minutos solo para saber qué pasa?

—Quiero enterarme de la vida de mi mejor amigo a través de él, no de las redes sociales.

—No hay mucho que contar.

—La revista a la que estoy suscrito opina lo contrario. —No entiendo a lo que se refiere—. Iré al grano: vas a aceptar la colaboración con Dahlia, ¿no?

—No quiero —digo, sin importarme que Dahlia esté a mi lado y pueda oírme. Estoy siendo sincero. Además, ni siquiera creo que me esté prestando atención.

—En la vida hay que hacer cosas que no queremos.

«Dímelo a mí —pienso—. Al fin y al cabo, es lo que me ha traído hasta aquí».

—Lo sé, Pepito Grillo. Todavía lo estoy pensando —miento. Y Andrew sabe que miento.

—Hoy le tienes que dar la respuesta —me recuerda. Llevo dándole vueltas todo el día y, cada vez que pienso en ello, estoy menos convencido—. Que me manden el contrato para echarle un ojo antes de que lo firmes.

—No voy a...

Me ha colgado.

Al mirar la pantalla para cerciorarme me doy cuenta de tres cosas: la primera, la hora que es; la segunda, que Dahlia ha estado observándome todo este tiempo, y la tercera, que tengo más notificaciones de lo normal.

Así que esto era a lo que se refería Andrew. Volvemos a salir en las portadas.