Cualquier destino menos contigo Capítulo 20
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Capítulo 20

Dahlia

Cuando estoy lista (antes de la hora prevista), salgo de mi apartamento para dirigirme al de Ethan pensando que seguramente llegará tarde, como de costumbre, al desayuno.

Me sorprendo al ver su puerta ligeramente abierta, por cuya rendija se cuela la luz del sol.

La empujo despacio y, cuando apenas he puesto un pie dentro, siento un objeto que vuela en mi dirección a toda velocidad, cortando el aire.

Aunque me considero una persona madrugadora, es demasiado temprano para que mis reflejos estén despiertos. La única razón por la que el aparato no impacta contra mi cara es que ha golpeado la pared.

—Has fallado.

Entonces Ethan parece darse cuenta por primera vez de mi presencia. Echo un vistazo rápido a la estancia. Está asombrosamente ordenada. Recojo el teléfono y se lo tiendo de vuelta.

No solo cae bien a todo el mundo, sino que además tiene suerte: su pantalla no ha sufrido ni un rasguño.

—Perdón, no quería darte.

—¿Un hater ? —pregunto, aunque no me importa.

—Peor: mi padre.

Me extraña la sinceridad de su respuesta, demasiado personal. Creo que a él también.

No sé qué responder a eso, así que asiento con la cabeza. Por suerte, el mismo Ethan da por terminada la conversación, liderando la marcha hacia el comedor y luego al coche que nos llevará a nuestros destinos programados para hoy.

El trayecto es silencioso, pero no tan incómodo como esperaba.

Ethan conduce. Después del desayuno ha tenido el detalle de preguntarme si quería llevar el coche a la ida y que él lo trajera a la vuelta. Me he negado simplemente alegando que llevaba tacones; no me ha apetecido explicarle que en realidad no tengo carnet de conducir.

Aprovecho para subir unas cuantas fotos. Ethan aparece en una de ellas y, por supuesto, es la que más está gustando. A pesar de su camisa.

Estar en uno de los rincones más paradisíacos del mundo también ayuda. Este lugar es de ensueño. Acostumbrada a las grandes ciudades, nunca había tenido la oportunidad de encontrarme perdida en un sitio como este. Por primera vez en mucho tiempo, esa palabra no tiene un significado negativo.

Miro a Ethan, que tiene la mirada puesta en la carretera de tierra a través de sus gafas de sol.

Tengo el estúpido pensamiento de que no se ve tan despreocupado como siempre, incluso diría que está atormentado, lo que no tiene sentido, porque yo no lo conozco en absoluto.

Pero sus dedos golpean con un ritmo errático el volante, revelando su nerviosismo.

Me pregunto si su padre tiene algo que ver en eso y cómo será su relación con él. Niego con la cabeza eliminando ese pensamiento. No me importa lo más mínimo.

—Ya hemos llegado —anuncia apagando el motor y luego la radio, el único sonido que ha roto el silencio durante el trayecto.

—¿No estamos muy lejos?

—Hay un aparcamiento más abajo, pero suele estar lleno, así que lo mejor es caminar desde aquí. Además, hay cerca un acceso a una playa menos concurrida.

Cómo sabe todo eso, no tengo ni idea.

Cogemos nuestras cosas; él, la misma mochila enorme con la que viaja, yo una bolsa de mimbre.

—¿Nos damos la mano?

Asiento con la cabeza: regla número uno.

Le tiendo mi mano para que mis dedos se entrelacen con los suyos, cálidos de haber agarrado el volante. Nos costó varios intentos encontrar una posición cómoda. Me adapto a su ritmo y él al mío a medida que empezamos a andar, pero la sensación es antinatural.

Nuestra presencia no pasa desapercibida por algunos turistas, que se paran unos segundos a estudiarnos, una parte perplejos por encontrarnos aquí y la otra que duda de que seamos realmente nosotros.

Al final agradezco que nuestras manos estén juntas para que me ayude a descender por el camino de rocas empinado. Tal vez no debería haberme puesto tacones.

Cuando llegamos, Ethan tiene razón. En la otra orilla podemos ver a otros turistas disfrutando del mar, barcos navegando y niños salpicándose, pero, a este lado, solo estamos nosotros.

—¿Impresionada, flor?

Lo estoy, pero no pienso decirlo en voz alta.

A pesar de ser temprano por la mañana, el calor ya es intenso y mis pies piden refrescarse en el agua cristalina. El mar está en calma, el sonido de las olas reverbera firme y a intervalos regulares.

Extiendo mi toalla al lado de la de Ethan, pero a una distancia prudencial, mientras él se desviste hasta quedarse solo en bañador.

Me quedo mirándolo un poco más de lo necesario pero él ya está corriendo hacia el agua, así que no se da cuenta de que mi atención está puesta en su piel bronceada, más morena que al principio del viaje, y en sus músculos tensarse con el movimiento de sus brazos.

Desaparece rápidamente bajo el mar, dejando un reguero de espuma tras de sí. Mientras nada, me quito la ropa para quedarme en un bikini azul de dos piezas del mismo color que el agua marina y cubro todo mi cuerpo con crema solar.

Estoy sintiendo mi piel tostarse bajo el sol abrasador cuando oigo pisadas sobre la arena en mi dirección y siento una sombra alargada cernirse sobre mí.

Ethan revuelve su pelo rubio, que mojado parece casi moreno, encima de mí, haciendo que pequeñas gotas caigan sobre mi vientre y todo mi cuerpo.

—¿Qué eres, un perro? No me salpiques.

—Tienes que probar el agua, está buenísima.

—Está fría.

—El frío es psicológico.

Finalmente accedo; él parece sorprendido de haberme convencido.

—Sácame unas fotos.

Pone los ojos en blanco, pero no se niega y me sigue hasta llegar a la orilla.

Como imaginaba, el agua está fría y mi primer impulso cuando mis pies se bañan en ella es salir corriendo de vuelta a la toalla, pero el paisaje es demasiado espectacular, así que valdrá la pena. Ethan ya está detrás de mí con el móvil en la mano esperando a que me coloque para las fotos.

Me adentro hasta que mis rodillas quedan totalmente cubiertas y me preparo para posar.

Cruzo ligeramente las piernas y levanto los brazos por encima de la cabeza entrelazando mis dedos.

Giro un poco la cabeza y cierro los ojos, aunque no se perciba a través de mis gafas, dejando que el sol acaricie mi rostro y me ayude a combatir el contraste de la temperatura del agua.

Me muevo lentamente probando otras poses, pero, cuando miro a Ethan, lo veo atento a un punto más allá de nosotros. Y ni siquiera tiene el móvil enfocando en mi dirección.

—¿Se puede saber qué haces? —le pregunto.

—Esperar a que termines de estirar.

«Tiene que estar de broma».

Cuando se encoge de hombros, me doy cuenta de que lo está diciendo en serio.

—Estaba posando —respondo con voz aguda al tiempo que me acerco hasta él para tirarle del brazo y atraerlo mar adentro—. Y estás mal colocado, desde ahí no van a salir bien las fotos.

Le doy el resto de las instrucciones y le digo cuál es mi lado bueno.

—¿Te ves capaz?

—Solo son unas fotos. —Lo fulmino con la mirada—. Empiezo cuando te estires.

—Estoy po-san-do .

Me gustaría saber cómo vamos a conseguir salir adelante con todo esto. A pesar de nuestro acuerdo, siento que no nos hemos movido del punto de partida.

Somos totalmente incompatibles. Ethan Adams sigue sacándome de mis casillas.

Ya no tengo frío, mi cuerpo se ha aclimatado a la frescura del agua. Doy media vuelta, dispuesta a colocarme de nuevo en el lugar inicial, cuando algo roza mi tobillo. Y luego el otro.

—¡AAH! —chillo dejándome la garganta.

No sé de qué se trata, solo que lo siento suave y escamoso sobre mi piel, con dos ligeros aleteos.

Actúo por puro impulso. Si mi mente hubiera sido capaz de recapacitar tan solo un segundo, no habría ocurrido.

Pero, antes de ser consciente siquiera, mi cuerpo está colgado del de Ethan, mi pecho pegado a su torso y mis brazos agarrando su cuello con fuerza mientras mis piernas rodean sus caderas, todavía balbuceando algo sin sentido e ignorando sus gritos confusos.

El peso repentino de mi cuerpo lo desestabiliza, sus manos sujetan mi cintura en un intento por mantener el equilibrio, pero sus movimientos son en vano y ambos caemos sobre la arena blanda de la orilla. Yo encima de él.

—¿Qué demonios ha sido eso?

—Un pez me ha rozado el pie.

—Pues claro, Dahlia, ¡estamos en el puto mar!

Está tumbado de espaldas sobre la arena y yo, sentada a horcajadas sobre él; tengo sus ojos azules a escasos centímetros, que no me distraen del hecho de que nuestros cuerpos están demasiado juntos en ciertas zonas...

«No pienses en ello», me digo.

—¡Mi teléfono! —grito, desviando la mirada hacia el brazo que no tiene sumergido; entre sus dedos está el móvil.

Se lo arranco de golpe y lo examino con cuidado. La pantalla se desbloquea al identificar mi cara. Ha logrado salvarlo.

—Lo único que tenemos que lamentar es que voy a necesitar una espalda nueva.

Ethan trata de incorporarse, reduciendo la distancia y aumentando la presión que siento en el pecho. Y en la parte baja de mi abdomen.

En ese instante, los dos parecemos ser conscientes de la postura comprometida en la que nos encontramos. Me levanto rápidamente de encima de su regazo, él permanece unos segundos tumbado y cubierto por el agua fría. Veo que tiene rozaduras en los codos; uno de ellos sangra.

—Lo siento —digo. Él sigue la dirección de mis ojos hacia su codo—. Estás sangrando.

Se lo examina, no parece haberse dado cuenta.

—¿Sigues queriendo esas fotos?