Capítulo 19
Ethan
Papá: ¿Estás siempre con el móvil pero no puedes responder al teléfono?
—Así que se trata de una campaña para una colección especial.
Dahlia asiente.
—Que quieren que hagamos juntos.
Mueve de nuevo la cabeza afirmativamente.
—¿Los dos? ¿A la vez?
—¿Aparte de tonto eres sordo?
—Vaya, tú sí que sabes cómo convencerme.
Estamos cenando en uno de los mejores restaurantes de Plaka, la capital de la isla, con unas impresionantes vistas y música en directo, todo iluminado con pequeñas bombillas que decoran la terraza y montones de velas.
De verdad, ¿qué le pasa a la gente con las dichosas velas?
Dos cenas «románticas» con Dahlia en menos de una semana son demasiado. Por lo menos, esta vez pedimos cada uno nuestro propio plato y no tengo que soportar su escrutinio con cada bocado que doy.
Al parecer, es en estas ocasiones cuando tratamos los temas importantes.
En la cena de Miami se me ocurrió por primera vez la idea de llevar a cabo este pacto y continuar con el engranaje.
En la de ahora, la oportunidad de realizar una campaña conjunta que afianzaría todavía más esta idea falsa de lo que sea que hay entre nosotros.
Casi no hemos empezado y la bola de nieve ya se está haciendo más grande. Solo espero que no nos aplaste.
—Lo siento, no estoy interesado —respondo después de varios minutos en silencio.
—¿Estás loco? Es una de las mayores compañías internacionales, el contrato no es exclusivo y el sueldo por el día de rodaje es de cinco cifras, más comisiones.
«Joder, eso es muchísima pasta».
Trago saliva y finjo que la oferta no me afecta en absoluto.
—No estoy en las redes sociales por temas de dinero.
—Pero lo necesitas, has accedido a esto —nos señala, haciendo referencia a nuestro acuerdo— con el propósito de ganar el premio del millón de creadores. Espero que tu necesidad económica no se deba a lo mal que juegas al póker.
—Primero, no juego mal al póker; me pillaste en un mal día. Segundo... —Me quedo a medio camino de responder—. Es complicado.
Y tanto que lo es, a veces no lo entiendo ni yo, pero la lógica está ahí. Un premio es un premio, no puede rechazarse. Y para mí tiene un único propósito. Pero el dinero en el banco da posibilidades, unas posibilidades en las que no me puedo permitir pensar.
—¿Quieres más dinero?
—No es eso. Diles que haces tú sola la campaña y ya está.
—No puedo. —Deja el cubierto sobre la mesa y lleva sus dos manos a su regazo, mira hacia abajo y está... ¿nerviosa?—. Nos quieren a los dos o a ninguno. He tenido algún problema con la marca en los últimos meses y... bueno... quieren saber si pueden volver a apostar por mí.
Así que se trata de eso. No me está ofreciendo una oportunidad de trabajo, me está pidiendo ayuda. A su manera, claro.
Con su orgullo por delante, que comienza a flaquear ante la confesión de la verdadera razón de tanta insistencia. Por supuesto, no lo hace para perseguir mis posibles intereses, sino los suyos.
—Dahlia Harris, ¿estás admitiendo en voz alta que me necesitas?
—Puedo seguir con mi carrera sin esta colaboración, es solo una más —replica a la defensiva.
—Pero la quieres.
Ante mi afirmación, no contesta, y eso es respuesta suficiente para confirmarme que estoy en lo cierto.
Quiere ese contrato y le enfada que no dependa de ella. Que dependa de mí.
—Me lo pensaré.
—Tengo que darles una respuesta a finales de semana.
—Mañana la tendrás, flor.
Levanto mi copa y ella imita mi movimiento, vacilante.
Sé que quiere tenerme de su lado cuando no hace ningún comentario acerca del apelativo que uso con ella. Sé que lo odia, creo que por eso le he cogido tanto cariño. La dalia es una flor, al fin y al cabo.
Cuando busqué su significado en internet, vi que representaba la dignidad y la elegancia.
Me pregunté si sus padres sabrían que su hija acabaría siguiendo este camino y reflejando esas mismas cosas, si habrían intervenido en ello, porque con el nombre habían dado en el clavo.
De todas formas, no creo que haya ninguna flor que represente la mala leche.
—¿Por qué brindamos?
—No tengo ni idea —respondo sincero, con nuestras copas a escasos centímetros de chocar—. ¿Por el destino?
—No creo que nos tenga mucho cariño.
—¿El karma?
—Definitivamente nos odia.
Se me escapa una risa.
—Pues por nosotros. Hipotéticamente.
—Hipotéticamente.
Entonces sí hacemos chocar nuestras copas con un sonido agudo que reverbera en mis oídos durante unos segundos.
Al terminar de cenar, volvemos a pie a nuestros apartamentos contiguos, que no están lejos.
La ciudad no es demasiado grande, así que todo queda bastante cerca, aunque sí agradezco el coche para movernos libremente por los alrededores y explorar el resto de la isla, que es lo que se supone que tenemos que hacer mañana si seguimos el itinerario que nos ha preparado la agencia.
Un itinerario que estoy dispuesto a cambiar.
Dahlia no se ha unido a mí hoy. No me quejo, disfruto de la tranquilidad y de mi propia soledad, llevo ya unos años viajando solo y todavía siento que no han sido suficientes.
Mañana empieza el verdadero reto, porque se supone que tenemos que visitar juntos la ciudad de Klima, antiguo pueblo de pescadores que todavía conserva parte de ese estilo de vida, aunque el turismo haya cogido gran terreno.
Estoy especialmente emocionado. Miami me ha gustado, me encanta recorrer las ciudades más grandes e importantes del planeta, pero nada se compara con los pequeños y añejos lugares que aparecen en el mapa con un tamaño de letra diminuto, esos que conservan la esencia, donde te puedes perder en su naturaleza.
Grecia, concretamente la isla de Milos, es un paraíso natural, y muchas de las carreteras son solo eso, asfalto o tierra dando curvas durante kilómetros y kilómetros, conectando un pueblo con otro, embriagados de la más pura calma.
Los amaneceres y atardeceres... tengo muchas ganas de verlos. Si es verdad que sucede, este es un lugar en el que podría ocurrir.
Me encuentro tan perdido en mis pensamientos que no me doy cuenta de que me he parado frente a un local del que emerge música electrónica.
Por fuera es como el resto de las edificaciones, una casa de piedra blanca con los marcos de las ventanas y la puerta de color azul.
Lo único que la diferencia son las luces de colores que salen del interior y la gente que ocupa el patio en un ambiente animado. Sin duda es un pub local.
Dahlia también se detiene y saca un par de fotos desde la distancia. Unos hombres silban en nuestra dirección, pero ella los ignora.
—¿Vas a entrar? —pregunta.
—Tal vez —respondo—. ¿Y tú?
—Tal vez. —Pero ninguno de los dos se mueve—. ¿A qué hora tengo que estar lista mañana?
—Podemos salir a las ocho. Buenas noches.
—Buenas noches. No llegues tarde.
«Qué bien lo vamos a pasar», pienso.
Me despierto sin necesidad de oír la alarma que tenía programada para dentro de veinte minutos. Mi cuerpo ya se ha acostumbrado a levantarse antes de que salga el sol y las calles todavía guardan silencio absoluto.
Me dirijo a la ducha en modo automático y salgo con ropa limpia puesta: una camisa blanca de manga corta con dibujos de diferentes atracciones y símbolos de la isla griega en forma de garabatos azules que compré ayer en un comercio local.
Me pregunto cuánto tardará Dahlia en criticarla.
Sobre los bóxers negros me pongo un bañador de color azul marino.
El apartamento tiene una zona de comedor con todo lo necesario, así que no me tengo que preocupar por molestar al servicio de habitaciones a estas horas. Necesito un buen café y no puedo esperar a la hora del desayuno.
Pongo la cafetera sobre el fuego y toda la estancia se impregna enseguida del característico olor del brebaje. Me lo sirvo solo, a pesar de que me gusta más con leche para combatir su amargura; por las mañanas me ayuda a despertar de golpe.
Salgo a la terraza. El sol todavía no ha salido, pero el horizonte ya se tiñe de los primeros destellos del alba y la claridad va ganando terreno tímidamente. Me siento en el banco de madera, cruzo las piernas y disfruto de las vistas. No pasa nada.
El aire fresco me eriza la piel, disfruto de las sensaciones y los escalofríos que provoca.
Entonces, ese ambiente de tranquilidad se rompe, y el silencio también. Desde el otro lado, comienzo a oír música a todo volumen.
Conozco la canción. Vaya si la conozco, es una de mis favoritas.
Mucha gente conoce este tema, lo que me sorprende es que provenga del apartamento de Dahlia. No es para nada el estilo de música que me pega con ella. Aunque, pensándolo mejor, no me la imagino escuchando ningún tipo de música, ni siquiera a Taylor Swift.
Mi cabeza comienza a divagar con posibilidades poco agradables. Para mí, al menos. ¿No iría finalmente al pub y volvería... con alguien?
Me molesta. No la música, que es genial, sino que fuera anoche al pub (al fin y al cabo, fui yo quien lo vio primero) y yo no lo hiciera, pero cuando llegué aquí estaba demasiado cansado para volver a ponerme en posición vertical.
Tal vez me molesta que ella esté acompañada y yo solo, u. .. otra cosa.
«Por favor, que esta música no sea para disimular los ruidos de un polvo mañanero».
No la tenía por una persona a quien le gustase el sexo matutino; es demasiado estirada.
El turno de desayuno casi ha abierto y no me apetece tener que interrumpirle la faena, pero menos me apetece llegar tarde al buffet y, por lo visto, tenemos que aparecer juntos.
No visualizo a Dahlia siendo de las que se levanta por las mañanas de buen humor, imagínate si le corto el rollo.
Sigo sentado en el banco y, desde mi posición, veo una sombra en movimiento. Aparto la mirada de manera inconsciente. Pero oigo el sonido de la ventana corredera del patio contiguo deslizándose, abriéndose.
«Por favor, no quiero oír ningún ruido». Pero sí que oigo su voz... cantando. «¿Cantando?».
La curiosidad me lleva a inclinarme hacia delante y encontrarme con una de las últimas cosas que esperaba ver.
Mi cabeza estaba tan ocupada NO imaginándose a Dahlia follando que no había imaginado otros escenarios. Pero, de haberlo hecho, no hubiera sido este.
Dahlia Harris, la misma Dahlia Harris que siempre calza tacones, te mira por encima del hombro y es demasiado buena al póker para mi propio orgullo, está bailando y cantando a todo pulmón una canción de pop-soul.
Lleva puesto un conjunto de ropa interior compuesto por un top corto de tirantes y unos pantalones muy cortos y ceñidos que marcan sus curvas. Tiene el pelo revuelto, así que es obvio que se acaba de levantar, con mucha energía por lo que veo. Y sola.
De repente, soy consciente de la intimidad de este momento y me obligo a apartar la mirada, pero mi cuerpo tarda unos segundos en procesar la orden que viene directamente del cerebro. Así que la miro. Solo unos segundos más de la cuenta.
Decido fingir que no he visto nada, por muchas ganas que tenga de ver su cara. Valoro demasiado mis huevos para hacerlo, y sé que me los cortaría en pedazos si conociera nuestro nuevo pequeño secreto.