Capítulo 18 #2
—¿Cómo está mi chica favorita? —Veo la cara de Maia algo borrosa y muy cerca de la cámara. Cuando lo posiciona para darme un mejor ángulo, veo que lleva puesto un vestido burdeos precioso y tiene el pelo parcialmente recogido.
—¿Qué haces despierta a estas horas? —pregunto.
—Nueva York es la ciudad que nunca duerme, baby . Además, solo son las nueve y media de la noche. ¿Quién crees que soy?, ¿mi abuela?
He olvidado que estoy en un continente distinto y que, por tanto, no solo nos separan miles de kilómetros, sino siete horas de diferencia horaria.
—¿Qué haces trabajando a estas horas? —es mi siguiente pregunta. Me ha contestado, lo que me confirma una vez más que Maia es una adicta al trabajo.
—Yo no lo llamaría trabajar. —Baja un poco el teléfono, lo suficiente para que pueda ver el escote pronunciado del vestido que no hace sino acentuar su esbelta figura. Y, por supuesto, delante de ella, apoyada sobre la barra, una copa.
—¿Es un sex on the beach?
Ella asiente con la cabeza.
—Yo preparo uno mucho mejor. Creo que debería presentarme a algún concurso.
Maia prepara uno de los mejores cócteles que yo he probado nunca. Mi favorito y su especialidad: sex on the beach. Por eso nos conocimos, al fin y al cabo, aunque no me dejara probarlo en aquel entonces.
Hace un año se le ocurrió visitar cada fin de semana un bar de Nueva York en busca de un cóctel como ese que fuera mejor que el de ella. De momento ha conseguido ir todos los fines de semana a un bar nocturno a tomar esa bebida, pero no ha logrado encontrar una mejor.
—Podemos hablar mañana —digo arrepintiéndome por el impulso de haberla llamado. Maia no sabe rechazar a la gente—. No deberías estar trabajando.
—Cariño, estoy en un bar.
—Hablando conmigo. Tu trabajo.
—No digas tonterías. No puedo con la incertidumbre. ¿En qué parte del mundo estás ahora mismo?
—En Milos, Grecia.
—¡Qué envidia! Pero, entonces —hace las cuentas rápidamente—, la que debería preguntar qué haces despierta soy yo.
Pongo los ojos en blanco.
—Ethan —respondo sin más, pero, al ver su cara, con sus cejas levantadas e insinuantes, aclaro—: Deja de pensar lo que estás pensando, mente sucia.
—Una puede soñar.
—Espero que te refieras a ti y a él, porque, si no, da un poco de mal rollo.
Se encoge de hombros, sin sentirse para nada cohibida. Yo, sin embargo, no puedo deshacerme de esta sensación incómoda que sé que no desaparecerá mientras cumplimos las estúpidas reglas que se nos ocurrió escribir en una servilleta.
«Tú accediste», me recuerdo. Solo que soy demasiado orgullosa para admitirlo en voz alta.
—Quiero que me lo cuentes todo.
Me gusta hablar con Maia. Como mi agente, debe estar al día de todo lo que pasa en mi vida para así organizar mejor mi agenda y seleccionar negocios, por lo que siempre la mantengo perfectamente informada.
Así que, a pesar del cansancio, lo hago. Le cuento cada detalle y conversación entre Ethan y yo, excepto nuestra especie de pacto firmado en nuestra última noche en Miami. Supongo que hay cosas que no puedo contarle porque escapan de nuestra relación profesional.
—Esto es muy fuerte, ¡os vieron subir juntos a la habitación!
Dado que nuestros cuartos estaban uno al lado del otro... no tuvimos otra opción.
—¡Ibais de la mano! —chilla, sin importar que esté en un lugar público.
—Se me rompió el tacón —respondo sin más. Sé que no se lo cree, pero no me importa. El caso es que decidimos aplicar la primera regla de inmediato. Maia no dice nada—. Intenta no hacer una montaña de un grano de arena.
—¿Estás de broma? Ya he hecho un castillo. Estoy a esto de crearme una cuenta de fans con vuestro shippeo : ¿Dahlethan? ¡Ethalia!
Espero que ese no sea nuestro nombre definitivo.
—Disfrutas haciéndome sufrir, ¿verdad?
—No sé a qué estáis jugando, pero esto no hace más que impulsar la campaña que te he enviado.
No puedo olvidar el principal motivo de la llamada, aunque haya acabado alargándose casi una hora.
A pesar de mis dos meses desaparecida, Maia ha conseguido mantener muchos de mis contratos, en las mismas condiciones o incluso mejores, pero con una gran excepción.
Una de las mayores empresas de moda y cosmética del país quería contratarme para el lanzamiento de una colección especial veraniega.
Era una gran oportunidad que no se presenta todos los días, incluso para mí.
Pero retiraron el contrato por mi desaparición.
Los tiempos se volvían muy justos y, además, ahora me ven como alguien volátil y poco fiable.
Saben que puedo generar muchos beneficios, pero no están seguros de querer asumir el riesgo que puede suponer apostar por mí ahora mismo.
Ahora, al parecer, la situación ha cambiado. El contrato está de nuevo sobre la mesa. Pero con una condición.
Una condición muy grande.
—Mañana te digo algo.
—Qué ganas de escuchar tu respuesta. —Su tono es burlón.
—Vete a la mierda.
—¡Sueña cosas bonitas con Ethan Adams!
—Entonces serían pesadillas.
Tras colgar, me quedo tumbada boca arriba y con el móvil sobre el vientre. Las sábanas cubren parcialmente mi cuerpo y a través de la pequeña ventana puedo ver cómo empiezan a salir los primeros rayos de sol.
Trato de sacarme este tema y a Ethan de la cabeza. Pienso disfrutar estas pocas horas que me quedan de sueño. Así que cierro los ojos y me vuelvo a dormir en cuestión de minutos.
Acabo despertando con el sonido de mi alarma y el sol iluminando mi cara con un único pensamiento: «He soñado con Ethan Adams».
Y me he despertado sudando.