Capítulo 18
Dahlia
Nuestro avión sale puntual del aeropuerto de Miami para aterrizar nueve horas más tarde en el Charles de Gaulle.
Esta ciudad es una de mis favoritas y en apenas dos semanas ya no tendré que conformarme con pisar únicamente su aeropuerto.
La Semana de la Moda de París es uno de mis eventos preferidos del año e incluso ahora, con todo el drama que rodea mi situación y la necesidad de alejarme del foco mediático, sé que el balance será positivo.
He hablado con Romuald acerca de eso. Él sigue confiando en mí y yo no quiero decepcionarlo.
A diferencia de la opinión del resto de la gente, la suya sí me importa.
Él también se la tiene jurada a los medios y revistas de cotilleos por querer, según él, «jubilarlo antes de tiempo».
La culpa había sido suya por decir que quería tomarse unas vacaciones largas.
Solo tenemos que esperar una hora antes de coger el siguiente enlace que nos llevará a nuestro destino final..., o eso creemos.
El vuelo a Atenas solo dura tres horas, que en comparación con el viaje anterior, en el que atravesamos el océano Atlántico, parece poco. Pero a mí se me hacen eternas.
Las náuseas acuden a mí cada poco tiempo, sin apenas descanso, y, a la mínima maniobra, mi cuerpo se tensa con la mera idea de tener que volver a recorrer a toda prisa el camino hacia el baño del avión.
La sensación de vértigo no me abandona en ningún momento, ni siquiera al aterrizar y dirigirme a los primeros baños que encuentro disponibles.
Prácticamente me dejo caer de rodillas frente a la tapa abierta del váter para vomitar una vez más lo poco que ya queda en mi estómago, si hay algo.
Las arcadas solo dan lugar a saliva, bilis y un sabor amargo en mi boca.
—Creo que la comida del primer vuelo me ha sentado mal —miento cuando veo a Ethan esperándome en la entrada del servicio.
Él no dice nada, solo asiente y a continuación los dos nos dirigimos hacia la salida.
Ha estado muy callado durante el vuelo, sospechosamente tranquilo.
Estaba demasiado ocupada echando las tripas fuera para disfrutar de esa especie de tregua que nos hemos concedido mientras tratamos de averiguar en qué nos hemos metido.
Nuestros dos teléfonos se iluminan al mismo tiempo para señalar que todavía nos queda un viaje más. En barco.
—¿Te encuentras bien para navegar? —me pregunta mientras nos subimos en el taxi que nos llevará al puerto.
Cuando me veo la cara en el espejo retrovisor del conductor, me percato de mi piel pálida y un tono oliva antinatural. Tengo un aspecto bastante lamentable.
Asiento con la cabeza, respondiendo a su pregunta.
—Ahora mismo solo quiero llegar a cualquier sitio en el que pueda ponerme en horizontal y desaparezcan las ganas de vomitar.
«No acabo de decir eso en voz alta, ¿no? A Ethan Adams nada menos».
Pero está demasiado ocupado tratando de comunicarse con el conductor enseñándole la dirección a la que tenemos que ir, aunque no sé si el esfuerzo ha dado sus frutos, ya que el hombre conduce y conduce, pero el mar no se alcanza a ver por ninguna parte.
Finalmente, y después de corregir la dirección dos veces —era Ethan quien la tenía mal, por supuesto—, cogemos el barco que nos lleva a la isla de Milos.
Nunca había estado en Grecia. Sus múltiples islas paradisíacas eran uno de mis destinos pendientes.
Santorini es el nombre más sonado, pero esa parada nos espera más adelante, dado que, según ha apuntado Maia en el calendario de mis compromisos, tengo una sesión de fotos para la campaña de verano de una importante marca de ropa.
Tanto el nombre de Milos como su localización me resultaban desconocidos hasta ahora, pero supongo que eso forma parte de la gracia de este viaje. Conocer lugares nuevos por sorpresa.
Cuando te dedicas a las redes sociales y al mundo de la moda, viajar se convierte en un trabajo cuyo destino nunca decides tú.
El término «vacaciones» se va diluyendo conforme transcurren los años, entre los meses de campañas, desfiles y eventos, aunque la gente lo confunda con un estado de descanso y disfrute continuo.
Nunca me he quejado, sé lo afortunada que soy por tener un trabajo como este, pero eso no significa que acepte todo lo que viene con él.
De todas formas, sienta bien acabar en un lugar en donde quieres estar..., aunque sea con Ethan Adams.
Ethan Adams, el mismo que ahora está golpeando la puerta de mi apartamento siguiendo un ritmo sincronizado, como si estuviera tocando una canción en su cabeza y sus nudillos siguieran el ritmo.
Por alguna razón, a mi cabeza viene la imagen de un mono con sus platillos dorados.
—Lárgate —grito sin salir de la cama y sin ni siquiera abrir los ojos. La cabeza todavía me palpita, pero el resto de mi cuerpo parece estar más relajado.
—¿Estás viva? —Oigo su pregunta como un hilo de voz desde el otro lado.
—Si digo que no, ¿me dejas en paz?
—Abre la puerta, tengo que hablar contigo.
No se rinde y vuelve a su concierto de golpes contra la puerta. Cuando por fin me levanto y abro, ni siquiera me percato de que he dormido con la misma ropa que vestía durante el vuelo, tengo el pelo revuelto y probablemente el maquillaje corrido.
Ethan no tiene mejor aspecto... o eso quiero creer.
Viste unos pantalones de chándal cortos de color negro y una camiseta blanca, del mismo color que sus chanclas.
También tiene el pelo revuelto, sus mechones rubios se disparan en todas las direcciones y las bolsas debajo de sus ojos me indican que él también acaba de levantarse.
Pero si este es el aspecto con el que se despierta él... es muy injusto.
—Me alegra verte de una pieza, flor. Ya estaba empezando a preocuparme —dice nada más verme, con su típica e insoportable sonrisa ladeada.
Me observa con atención, ni siquiera disimula al examinarme de arriba abajo, probablemente preguntándose por qué no me he cambiado de ropa. Como me supera ligeramente en altura y ahora no llevo tacones, mis ojos se encuentran directamente con sus labios rosados.
—Me emociona ver que te preocupas tanto por mi seguridad. Además de tu caballerosidad, ¿qué demonios haces aquí molestándome, Ethan?
—Quería saber si piensas salir de aquí. Llevas dos días durmiendo.
—¡¿Qué?! —chillo y mi voz aguda reverbera en el resto del pasillo.
«No es posible, hemos llegado hace tan solo un par de horas, ¿verdad?».
Me giro a toda prisa hacia las cortinas, que están solo parcialmente cerradas, pero por ellas no entra apenas luz. Es de noche.
¿Significa eso que me he pasado la mitad de nuestra estancia en este lugar durmiendo?
Corro de un lado a otro de la habitación, ni siquiera sé qué estoy haciendo, de repente me siento como si me hubieran dicho que me he despertado en algún momento dentro de los siguientes treinta años.
Ethan me mira divertido, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, viendo cómo cojo mi teléfono esperando encontrarme cientos de llamadas de Maia y puede que el aviso de que un equipo de busca y captura viene hacia aquí.
Pero no hay nada de eso.
Porque solo han pasado seis horas desde nuestra llegada a la isla, y todavía es de madrugada.
—Te odio.
—Qué poco sentido del humor. Tendrías que haberte visto la cara.
Entonces, aún sin permiso, entra cerrando la puerta tras de sí y, de pronto, el ambiente cambia.
Echo un vistazo rápido a toda la estancia de manera inconsciente buscando que todo esté en orden, pero cuando he llegado ni siquiera he deshecho las maletas y los tres bultos siguen en el mismo sitio donde los ha dejado el servicio de habitaciones, obstruyendo la entrada. Ethan los esquiva sin prestar atención.
—Ahora que tenemos que soportarnos varias horas al día para subir contenido juntos, quería saber qué te apetecía hacer.
«¿Horas? ¿Al día? Eso me parece excesivo». Pero miro otra vez la pantalla de mi teléfono y de mis labios salen otras palabras:
—Son las cuatro y media de la mañana, hora local.
—El sol está a punto de salir. Además, no podía dormir.
—Esa no es razón para que los demás no podamos hacerlo.
Ahora está apoyado contra la pequeña columna de carga de la entrada de mi apartamento.
En realidad, todas las estancias del hotel tienen techos bajos de madera que contrastan con las paredes y los muebles de piedra blanca.
A Ethan y a mí nos han ubicado en apartamentos contiguos, cada uno con un amplio espacio abierto que alberga la enorme cama al fondo, un cuarto de baño descubierto y una sala de estar nada más atravesar la entrada.
Yo estoy sentada en el sofá, que es mucho más cómodo de lo que imaginaba al principio, eso o que mi cuerpo sigue necesitando recuperarse del cansancio acumulado.
La decoración es minimalista y el único toque de color son los marcos de las ventanas y puertas azules, tan característicos de Grecia.
Ethan tiene un apartamento igual que el mío, o eso supongo. Ambos dan a la misma terraza trasera, solo parcialmente separada por un muro de piedra de un metro escaso.
—La agencia nos ha alquilado un coche para movernos por la isla y ha dejado una lista de actividades. El hotel prepara una cena al aire libre con música.
—Nos vemos en la cena, entonces.
—Míranos, pensando lo mismo como dos tortolitos. Dulces sueños, flor.
Tras esas palabras, se va. Ni siquiera tengo fuerzas para quejarme —una vez más— de ese ridículo apelativo.
Recorro el camino de vuelta hacia la cama, pero esta vez saco fuerzas para cambiarme de ropa a un conjunto cómodo y fresco, dado que el calor empieza a notarse y no quiero levantarme bañada en sudor.
Cojo mi teléfono antes de tirarme de espaldas sobre el colchón. Leo rápidamente los nuevos correos que he recibido en las horas de viaje.
Uno me llama especialmente la atención. Lo leo dos veces antes de que mis dedos abran mi agenda y llamen a mi contacto de emergencia sin ser consciente de la hora que es. Antes de que pueda colgar, contesta.