Capítulo 17
Ethan
—Dejémoslo al azar. —Nuestras caras se encuentran frente a frente y puedo leer sus labios. No sé cómo hemos acabado tan cerca—. Que sea el destino quien decida si continuamos con todo esto o lo dejamos estar.
—No te tenía por alguien que creyese en el destino.
—Me gusta creer más en el karma —responde. Entonces gira su cuerpo hacia el tablero mientras apila todas sus fichas—. Una tirada, a todo o nada.
Sé a lo que se refiere. No quiere hacer las cosas a medias.
Bien, porque yo tampoco.
—¿Por qué no tiramos una moneda?
—No le restes emoción al asunto —dice, y acto seguido pone todas sus fichas sobre uno de los colores—.
Rojo: nos olvidamos de esta tontería, lo desmentimos y que la gente lo supere como hace con todo.
Negro: cumplimos las reglas, fingimos soportarnos y rezamos por llegar al final del viaje sin que me arranque los pelos o a ti la cabeza.
Menos mal que he decidido guardar la servilleta en el bolsillo. Realmente necesito ese dinero y esta es mi única oportunidad de conseguirlo.
Antes siquiera de que pueda responder, la bola ya está rodando y los dos nos inclinamos hacia delante, mis brazos a ambos lados del cuerpo de Dahlia rodeándola por detrás, mirando cómo la bola gira y gira hasta que...
Por favor. Ni siquiera sé lo que estoy deseando.
Pero sí lo sé. Lo que no sé es cómo sentirme al respecto.
La bola cae y suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Los hombros de Dahlia también se relajan.
Negro.
—Parece que sí te quedaba algo de suerte esta noche.
—Eso todavía está por determinar —replico. Creo oír a Dahlia reír por lo bajo.
Entonces se inclina para recoger todas sus fichas. Ha ganado la apuesta.
Lo ha jugado todo al negro.
La miro con atención mientras ella solo se encoge de hombros.
—Una opción ya era lo suficientemente mala; tenía que dividir el riesgo.
No se mueve de la barra y yo tampoco, esperando a que diga algo más, pero solo se dedica a mantener sus imponentes ojos oscuros sobre los míos.
—Parece que tenemos un trato —digo. Y no sé cómo, pero en ese momento el resto del salón se queda en silencio.
—Parece que sí —contesta ella, sin dejar de sostenerme la mirada.
Y es imposible haber conocido a Dahlia Harris un poco más en este tiempo, pero lo que sí sé es que ha tomado su decisión antes incluso de que la bola comenzase a girar, aunque se haya molestado en llamar al azar.
Ella sabía en qué color caería la bola. Y yo sé que ha escogido el color negro a propósito.
Miami está lleno de gente, de colores y de arte.
Es por la última de las tres por lo que creo que este lugar te encantaría.
También hay muchísimas cosas que hacer: he montado en moto de agua, pintado un mural y comido muchas arepas (no se lo digas a tu madre, las suyas siguen siendo de mis favoritas).
Dahlia me ha machacado jugando al póker. Apuesto que ver eso te habría encantado, incluso más que esta ciudad.
Diría que hemos hecho una locura y lo peor es que, en el fondo, no creo que lo sea.
Pregúntame en nuestra próxima llamada si sigo pensando lo mismo, seguramente te diga que sí.
Ojalá estuvieras aquí. Te quiero.
Andrew Reid Lake Shore Drive, 23 49423, Holland, Míchigan