Capítulo 15
Ethan
Dahlia gana la siguiente partida, y la siguiente.
En cada una, su mano es superior. A veces ni siquiera son jugadas tan buenas, pero sus cartas siempre son mejores que las mías. Ha ganado todas las partidas menos una, pero, aun entonces, su mano era superior a la mía. Y ella lo sabía.
Ni siquiera le ha dado rabia perder porque hemos establecido nuestra propia partida alternativa. Y me ha ganado a mí otra vez.
—Enhorabuena por el millón de seguidores, ya eres candidato para ganar ese concurso tuyo —dice.
No estoy seguro de si se está burlando de mí o no, porque ella también está nominada en una categoría.
.. aunque le dé absolutamente igual—. Ahora entiendo que necesites ganar ese premio.
Si juegas así siempre, no pararás de perder dinero.
Definitivamente se está burlando.
—Ahora solo tienes que mantener el número de visualizaciones para alcanzar al número uno. Pero, ánimo, que estás en racha.
Ella sabe perfectamente el motivo de mi racha. La posibilidad de que Dahlia Harris aparezca en alguno de mis vídeos multiplica por mil el interés de millones de personas.
—¿Insinúas algo?
—Ya te gustaría.
Los dos nos hemos visto envueltos en esto y no sabemos cómo salir.
Dicen que en el ojo del huracán hay calma. Todo a nuestro alrededor se mueve a gran velocidad mientras ambos seguimos en el punto de partida.
—Parece que están tan ocupados persiguiéndonos y hablando de nosotros que ya no recuerdan tus últimos numeritos, como el de la noche de la cena...
Puede que se crea más lista que yo, pero me he dado cuenta de sus pequeños experimentos a lo largo de estos días por la ciudad de Miami.
Ninguno de nuestros roces ha sido fortuito. Con Dahlia, nada lo es.
Sé que es muy consciente del interés que provoca nuestra supuesta relación.
Ella desvía la atención del escándalo que todavía la persigue y yo la atraigo hacia mi contenido para ir ganando posiciones en la competición de creadores.
Aunque no nos guste la idea, a los dos nos está beneficiando.
Y a mi cabeza vienen ideas estúpidas. Porque estoy desesperado.
El concurso de creadores es una competición entre todos los influencers del sector del entretenimiento centrado en la plataforma de vídeos por excelencia, aunque se tiene también en cuenta la actividad en todas las redes sociales.
Cada año, el concurso nomina los perfiles más destacados y quien tenga más relevancia, traducido en número de seguidores y visualizaciones —vamos, quien llame más la atención—, se lleva el premio gordo.
Y este año es más grande que nunca. Hablamos de siete cifras.
Sería todo lo que necesito para terminar el viaje, y con todo, por todo lo alto.
Me retiro antes de perder (todavía) más dinero. Ya he perdido aquí el que tenía pensado apostar el resto de la noche —y no he sacado ningún beneficio de ello.
Me gusta el póker. En Holland, mi pueblo natal, me pasaba las tardes de domingo en el bar jugando con chicos de los cursos superiores y ganando muchas de las partidas, lo que se traducía en botellas de cerveza y entradas para algún concierto local.
Pero Dahlia juega de manera distinta. Claramente, su método le ha resultado más eficaz que a mí el mío. Puede que, si hubiera estado más concentrado en el juego y no tanto en el movimiento de sus dedos deslizándose lentamente sobre las cartas y su olor a jazmín, me hubiera ido mejor.
Ella no estudia sus cartas, estudia la baraja y las probabilidades de sacar una buena mano. Me estudia a mí. Es buena, joder si lo es, y yo la he subestimado.
—Cuando me acariciaste la mano en la cena... —comienzo diciendo, acordándome del tacto de sus dedos sobre mis nudillos, provocándome un cosquilleo incómodo que no he comprendido del todo.
—Les estaba dando lo que quieren; solo así te dejan en paz. Al menos durante un rato.
Entonces recuerdo cómo el fotógrafo se coló en el restaurante y, después de conseguir las fotos de ese momento, lo echaron los de seguridad. Por supuesto, esas imágenes ahora están por todas partes.
—¿Por eso me besaste en la fiesta?
—No, eso fue por pura satisfacción personal. Si hubiera sabido que nos traería hasta aquí, no lo habría hecho.
—Lo hecho, hecho está. —Sé que soy yo el que va a tener que materializar las palabras que llevan días gestándose en mi cabeza alrededor de todo el caos. Después de unos segundos de silencio, finalmente digo—: Pero ¿y si lo aprovechamos?
Me mira. Me estudia durante varios segundos.
—¿Qué propones?
—Una tregua o... un espejismo. —Arruga el entrecejo, pero me escucha con atención—. La gente ya ve cosas donde no las hay. Imagínate si les damos algo que verdaderamente puedan ver.
—Espero por Dios que no te estés refiriendo otra vez al tema del orgasmo, guarro.
—La de la mente sucia pareces ser tú. Cómprate ese dichoso vibrador para que podamos seguir con nuestras vidas. Te necesito de buen humor si vamos a continuar con esto.
«Esto», sea lo que sea, aún está por determinar. Ni siquiera yo he llegado tan lejos todavía.
—¿Quieres fingir que estamos juntos? —pregunta. Yo asiento con la cabeza lentamente. Joder, esto es una locura—. Si de verdad necesitas el dinero...
—No se trata de eso —la interrumpo. Pero sí se trata de eso, claro que sí.
—Nunca funcionaría.
—Ya está funcionando. Solo tendríamos que alargarlo hasta el final del viaje.
—No podemos estar juntos en una habitación durante más de diez minutos sin sacarnos de nuestras casillas.
En eso tiene razón, de ahí que debamos tener un plan.
Andrew siempre dice que, si sabes lo que quieres, tienes que saber lo que haces. Yo no sé ni una cosa ni la otra, pero menos y menos es más... O era algo así. Siempre he odiado las matemáticas.
Cojo una de las servilletas dispuestas en la mesa y empiezo a garabatear en ella.
—¿Qué reglas pondrías a nuestra hipotética relación?
—¿Reglas? —pregunta Dahlia.
—Condiciones, para saber qué hacer y cuándo.
—¿Estás escribiendo un contrato en una servilleta?
—Hipotéticamente.
—¿Hipotéticamente? —Ella parece pensarlo un instante antes de decir—: Nos daríamos la mano en público.
Lo apunto en el trozo de papel.
—Hipotéticamente, también dirías que soy demasiado buena para ti todo el rato.
—Tampoco te pases, no vas a poner tú todas las reglas.
—Juguémonoslas, entonces. Hipotéticamente. —Dahlia le hace una señal al crupier, que vuelve a repartir las cartas. Solo estamos ella y yo—. Cada mano ganadora, una regla.
No sé en qué momento se han ido los demás; mi atención estaba puesta únicamente en Dahlia. Pero así el enfrentamiento es sencillo.
Ella gana la primera partida, así que tengo que apuntar que está fuera de mi liga, pero yo gano la siguiente y la tacho.
—Hipotéticamente, nos hablaríamos al oído, para fingir intimidad.
Escribo la regla en el papel. No lo digo, pero me parece una buena condición para evitar también oídos indeseados. A diferencia de lo que pueda decir el papel, nuestra verdadera relación no cambiará.
Yo gano la siguiente mano.
—Hipotéticamente —me tomo unos segundos para pensar en mi condición—: nos daríamos besos en situaciones concretas.
—Nunca en la boca —señala, pero, para mi sorpresa, no se opone.
—Nunca en la boca —confirmo, pero no lo apunto. No será necesario.
En otro golpe de suerte, yo escribo que debería reconocer que soy divertido, pero entonces ella gana la siguiente y la anula. Llegamos al acuerdo —hipotéticamente— de que nos seguiríamos en redes sociales. O ella debería seguirme; yo ya lo hago.
—Hipotéticamente, subiríamos contenido juntos.
—E hipotéticamente, también nos miraríamos mucho, para que creyeran que nos gustamos.
—Hipotéticamente, me agarrarías de la cintura para acercarme a ti.
—Y tú me revolverías el pelo.
—Y a ti te quedarían restos de mi pintalabios en la cara.
—Hipotéticamente.
—Hipotéticamente.
Hemos dejado de jugar partidas antes de escribir las últimas cinco reglas.
—No necesitamos conocernos, solo fingir que sí.
—Lástima que todo sea hipotéticamente hablando.
Se levanta de la mesa dejándome solo junto a la servilleta arrugada que he ido garabateando en este tiempo.
«¿Y si, con esto, los dos pudiéramos conseguir lo que queremos?».
Es una puta locura.