Cualquier destino menos contigo Capítulo 14
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Capítulo 14

Dahlia

Tenía ganas de pisar el enorme salón que ocupa el casino desde que supe que era exclusivo para socios y clientes del hotel. El lugar es impresionante. Cuando le pregunté a la recepcionista, esta me indicó que no estaba en la quinta planta, sino que el casino era la quinta planta.

Es nuestra última noche aquí, así que no se me ocurre una mejor forma de despedirme de Miami por todo lo alto que probando un poco de suerte, con cierta privacidad.

A pesar de que aún es temprano y las agujas del reloj no marcan la medianoche, muchos hombres y mujeres se arremolinan alrededor de las mesas de juego y las máquinas tragaperras.

Enseguida quedo embriagada por todos los sonidos a mi alrededor: la música de fondo, el ruido de las máquinas soltando billetes a una velocidad vertiginosa y el contraste de los gritos de celebración y lamento de los jugadores.

El código de vestimenta es variopinto, igual que la multitud de juegos disponibles para probar suerte. Aun así, mi vestido negro ajustado no pasa desapercibido y despierta el interés de muchos curiosos que me inspeccionan de arriba abajo, algunos más de la cuenta.

Estoy acostumbrada a tener siempre miles de miradas puestas en mí, así que lo estoy también a fingir indiferencia ante ellas.

Eso no significa que lo disfrute, no en este tipo de situaciones.

No cuando alguno de estos hombres suelta algún comentario obsceno que pretende que sea gracioso y se cree con derecho a hacer, como si yo fuera un mero objeto decorativo expuesto con el único propósito de llamar su atención.

Como el episodio de la playa. Me largué de allí sin previo aviso —aunque no creo que Ethan se diera cuenta siquiera— por sentirme demasiado expuesta.

No por el bikini de dos piezas formado por pequeños triángulos que resaltaba mi figura a la perfección, sino por las miradas penetrantes de hombres que parecían ver a través de él, atentos al mínimo movimiento para lograr distinguir un mayor trozo de piel.

Su mundo es tan pequeño como su cerebro, así que, para ellos, es fácil creer que son los reyes.

Una mirada de pocos amigos en la dirección de un grupo de jóvenes que se ríen por lo bajo basta para que desvíen su atención, escondiéndose por detrás de las máquinas de juego y demostrando lo críos que son. Por desgracia, no siempre es tan fácil.

Sigo mi camino por el largo pasillo hasta llegar a la zona reservada donde se encuentran los juegos en los que quiero probar suerte esta noche.

Me recibe un segurata tan alto como ancho con unas gafas negras que me hacen pensar que son una mera decoración para conseguir imponer —todavía más si cabe— a los presentes.

Dudo que, con la oscuridad del lugar y esas gafas, sea capaz de ver algo a más de dos metros de distancia.

Inclina la cabeza al verme y retira el cordón de terciopelo, la única barrera que separa esta zona del casino, mucho más tranquila y sosegada, con motivo de la tensión que se respira en el ambiente provocada por el importe de las apuestas, mucho más estratosféricas.

Voy directa a mi objetivo y me siento en una de las mesas ovaladas junto con dos hombres y una mujer más.

Llego justo a tiempo con mis fichas y me preparo para que empiece la primera partida.

Gano con una mano que ni siquiera es buena, pero el hombre de mi derecha ha decidido apostar porque, estoy segura, me ha subestimado. «En el póker, no juegas contra el azar, sino con el que sostiene las cartas», eso decía mi padre.

Uno de los únicos buenos recuerdos que tengo de la casa en la que viví durante los primeros trece años de mi vida es deslizarme a escondidas (o al menos yo creía que estaba siendo discreta) en el despacho de mi padre mientras tenían lugar sus partidas de póker con sus amigos y socios los viernes por la noche.

Me colocaba detrás de una planta enorme justo al lado del carro de bar y los observaba mirarse entre ellos, soltar fichas encima de la mesa y maldecir con palabras que mi madre siempre me decía que una «mujercita» como yo no debía usar bajo ningún concepto, en ningún contexto.

No me gustaba nada ese apelativo, pero tampoco me gustaba el lenguaje vulgar, así que le dejaba ganar esa batalla y ella seguía satisfecha con su proyecto, que era yo.

A mitad de la velada, cualquiera de los hombres se acercaba al minibar; la primera vez, con la excusa de la bebida; las siguientes, ya acudían para fingir que se acababan de dar cuenta de mi presencia e invitarme a la mesa.

Yo jugaba con mi padre, veía cómo estudiaba la baraja, cómo contaba las cartas. .. y cómo ganaba.

Le pedí que me enseñara. No tenía mucha relación con él, solo sabía que era dueño de una gran empresa, que éramos asquerosamente ricos y que trabajaba hasta altas horas de la noche, pero que llegaba aún más tarde porque se acostaba con su secretaria, a quien trajo a cenar un par de veces.

A mi madre no parecía importarle, así que fingía que a mí tampoco y respondía a las preguntas de esa mujer con cortesía, «como una mujercita».

De todas formas, de verdad quería pasar tiempo con él.

Cuando mis amigas de aquel entonces del colegio hablaban de sus padres, les brillaban los ojos, mientras que yo me alegraba más de que viniese el fontanero del vecindario a arreglarnos la piscina, que tenía una hija de mi edad y siempre estaba al día de los temas adolescentes.

De alguna manera, quería cambiar eso y el póker pareció ser el único motivo suficientemente grande para que estuviese dispuesto a compartir su tiempo conmigo.

Un par de años después, me emancipé y me fui de casa.

Mi padre solo llamó una vez para invitarme a una partida de póker —que gané—. Desde que fui portada de una de las grandes revistas de moda en ropa interior, no volvió a hacerlo. Dijo que sus socios tenían más interés en acostarse conmigo que en sus negocios.

No sé qué opinaría él ahora; puede que estuviera cerca del sentimiento de orgullo porque su hija hubiera perfeccionado de esta forma el juego, o puede que tal vez sus prejuicios siguieran pesando más que mis sueños.

Me río para mis adentros; es muy considerado por mi parte darle el beneficio de la duda cuando yo misma sé que la respuesta es la que menos me gusta.

Juego varias partidas más, que no resultan tan estimulantes como imaginaba al principio, pero al menos podré comprarme un bolso nuevo.

Creo que es momento de retirarme cuando un nuevo jugador se instala en el asiento justo frente a mí, sus ojos azules mirándome fijamente.

Por lo menos ha tenido el detalle de cambiar esas horteras camisas con diferentes dibujos y colores llamativos. Viste todo de negro, un polo y pantalones rectos. Lleva el pelo rubio peinado hacia atrás, aunque algunos tirabuzones le caen sobre la frente dándole un aire desenfadado.

Sigue siendo demasiado informal, pero lo cierto es que le sienta bien. También puedo oler su colonia desde aquí, y me burlaría si no me pareciera agradable.

Me regaño a mí misma por ese pensamiento.

—Hola, flor —dice a modo de saludo. Ni siquiera ha mirado al crupier, que baraja las cartas mientras espera una respuesta por su parte de si va a entrar en el próximo juego—. ¿Probando suerte?

—Creo que se me ha acabado ahora que has aparecido.

—¿Miedo a perder? —Se inclina sobre la mesa y hace una señal al crupier. Ahora somos cinco jugadores.

De repente, han vuelto mis ganas de jugar.

—No tendrás el orgullo frágil, ¿verdad? No quiero que te dé una pataleta cuando me lleve la mano.

—Descuida, a la que le gusta montar numeritos es a ti.

El crupier reparte las cartas y echo un vistazo rápido a las dos que tengo en mis manos.

Tras la primera ronda, nadie se retira y las apuestas suben sobre la superficie de fieltro antes de que reparta las tres cartas boca arriba, luego otra, y finalmente la quinta: el river. Y ahí es cuando sé que voy a ganar.

Mi mirada solo está puesta en Ethan; no es demasiado beneficioso para mi juego, pero sí divertido. Cuando se percata de que mi atención está centrada en él, arruga el entrecejo. Yo le guiño un ojo en respuesta.

Subo la apuesta y él la iguala, y el único de los hombres que todavía queda en la partida retira su mano a tiempo. Bien, hay que saber cuándo retroceder.

Entonces Ethan da la vuelta a sus cartas, que acompañando a las de la mesa forman una escalera. Y de valor alto.

Se recuesta esperando mi mano, seguro de su victoria. Al fin y al cabo, es una gran jugada, difícil de igualar con las cartas jugadas.

No se me borra la sonrisa mientras muestro mis figuras gemelas, formando un full.

Arrastro todas las fichas conmigo de nuevo, aunque el verdadero triunfo es ver su cara de sorpresa, sus labios entreabiertos y sus ojos arrugados sin apartar la mirada de mí.

—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?