Cualquier destino menos contigo Capítulo 13
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Capítulo 13

Ethan

La agencia de viajes nos aseguró que lo tenía todo planeado.

Eso se traduce, para nuestra desgracia, en un horario y programa de actividades tanto dentro como fuera del hotel.

Mis favoritas: las segundas, porque incluso el hotel más impresionante del planeta se me queda pequeño.

Y es que, ¿de qué sirve decir que estás en Miami si no estás realmente en Miami?

Pero todas esas actividades están destinadas a que las hagamos JUNTOS. Como si la cena de ayer no hubiera sido suficiente.

Aunque tengo que admitir que disfruté viendo a Dahlia Harris nerviosa por primera vez, mentiría si dijera que en ese momento no sentí curiosidad por saber cuál es realmente su versión de la historia.

Andrew estaría dando saltos de alegría.

Pasamos el segundo día paseando por las playas más famosas de Miami.

Yo soy el único de los dos que se mete en el agua.

Dahlia, por su parte, está demasiado ocupada recolocándose las piezas de su bikini diminuto y comprobando cada dos por tres lo bien que le queda.

Ella y muchos de los bañistas a nuestro alrededor.

Se saca más fotos a sí misma de las que yo tengo en total en mi galería. Es la primera en volver al hotel sin avisar y yo finjo no darme cuenta.

El tercer día recorremos el centro emblemático de la ciudad, con muchísimos puestos callejeros de ropa y comida.

Los dos nos paramos con interés en muchos de los establecimientos; Dahlia, en los de ropa, y yo, desde luego, en los de comida.

La veo mirando unas telas enrolladas en grandes tubos mientras me como una de las mejores arepas que he probado en mi vida.

Todo a mi alrededor es impresionante, lleno de color y atestado de gente. Nos dan cierta libertad para ir tachando las visitas del itinerario, pero siempre nos sigue un reducido equipo de seguridad para espantar a los paparazi, aunque parece tener el efecto contrario.

Dahlia hace todo lo posible por ignorar mi presencia tanto como la de los fotógrafos que nos siguen a todas partes y yo hago lo mismo con ella, aunque a veces nuestros roces son inevitables. Sobre todo cuando nos acribillan a preguntas sobre el misterio de nuestra «nueva relación secreta».

Para mi sorpresa, Dahlia responde a la mayoría de ellas como si nada. No mira directamente a las cámaras y lo hace aparentando desinterés...

—¿Cómo empezó vuestra historia?

—Nos conocemos desde hace tiempo.

—¿Cuáles son tus momentos favoritos con Ethan?

—Los silencios. Con ellos nos lo decimos todo.

Solo yo entiendo el verdadero significado de sus palabras: que preferimos no escuchar al otro.

«Joder, es buena».

No dice nada y aun así parece ser suficiente para contentar a los curiosos que nos siguen, que poco a poco van dispersándose.

Dahlia Harris sería capaz de decir que el cielo se ha vuelto violeta y conseguiría que todos alzaran la mirada para comprobarlo. Lo hace como si nada, porque sabe cómo interpretar su papel.

Mi móvil, durante estos días, no ha parado de sonar y ya no me molesto en comprobar el motivo de cada notificación. Todas ellas nos engloban a Dahlia y a mí, juntos, como si nos hubiéramos vuelto un único producto.

Por supuesto, no es todo malo. Las visualizaciones de mis vídeos están por las nubes y he logrado situarme en el mapa. Supongo que era lo que quería, pero, por algún motivo, me agobia.

«La fama dura poco». Las palabras de Dahlia resuenan en mi cabeza como si me las hubiera susurrado al oído en ese instante, pero está a metros de distancia.

Seguimos en el mismo punto desde hace media hora. Parte de culpa la tienen las decenas de personas que se acercan a nosotros con la intención de sacarnos una foto o pedir un autógrafo. Aunque, a quién quiero engañar, a todos les interesa Dahlia.

Si quiero avanzar para ver la ciudad, tengo que irme de aquí. Mi plan es disfrutar del atardecer en la playa y, a este ritmo, no llegaré ni para ver el amanecer. Así que esta vez soy yo el que se escabulle sin mirar atrás, aunque eso suponga dejarla enfrentarse sola a demasiadas miradas curiosas.

«Podrá soportarlo», me digo a mí mismo. Al fin y al cabo, le encanta ser el centro de atención. Eso está claro.

Sus ojos me pillan antes de que pueda desaparecer por completo, nuestro cruce de miradas dura varios segundos y, aunque temo que me arrastre de nuevo con el gentío, me niego a ser quien aparte la vista. Dahlia parece pensar lo mismo.

Al final soy yo el que se rinde y lo último que veo es el dedo corazón de Dahlia levantado en mi dirección.

Hoy es el último día que pasamos en Miami. Parece que dejamos lo mejor para el final, porque visitamos el barrio de Wynwood, con murales de los artistas más reconocidos del mundo.

Todo a nuestro alrededor está pintado de color, los edificios decorados con enormes murales y las calles llenas de música y vida.

Es como si pudieras absorber la esencia de muchos lugares del globo sin necesidad de moverte del sitio.

Me siento sobreestimulado. Dahlia, a mi lado, me repite sin palabras que no acelere el paso, pero apenas tenemos tiempo y yo quiero verlo todo.

Casi he logrado olvidarme de las personas que nos siguen con sus objetivos a unos metros de distancia. Casi.

—Esto es una pasada —digo en voz alta mientras saco fotos a todas las paredes con las que nos cruzamos para mandárselas a Andrew cuando llegue al hotel. Le encantaría este lugar.

Me quedo mirando una fachada concreta, pintada de arriba abajo con cientos de patrones entrecruzados, de manera que parece que el edificio cobre vida.

—Este mural es de Jessie y Katey, son dos artistas que siempre juegan con patrones abstractos y formas geométricas.

—Me sorprende oír a Dahlia hablar y más sabiendo que esas palabras me las dedica a mí.

Son las primeras que nos dirigimos en todo el paseo—.

Los colores son muy intensos y puede dar un poco de vértigo, pero es imposible pasarlos por alto.

Nuestra proximidad provoca que también la haya por parte de las cámaras, que comienzan a disparar para encerrarnos dentro de un mismo plano en sus fotografías.

«¿Esto es lo que buscaba?».

—No te tenía por alguien a quien le gustara el arte callejero. Te pega más Lois Vutton.

—Es arte, claro que me gusta —responde encogiéndose de hombros. Esta vez, resopla—: Y es Louis Vuitton.

Pongo los ojos en blanco; por supuesto, va a darme clases de francés.

Seguimos caminando, cada vez más cerca del final del recorrido. Entre las tiendas, veo un puesto de postales hechas a mano. Me resulta difícil elegir y acabo comprando cuatro, ya decidiré cuál le mando a Andrew o, si al final, acabo enviándoselas todas.

Es una tradición que empecé en mi primer viaje: en cada lugar que visito, le compro una postal y se la mando. Es mi forma de decirle que lo llevo conmigo mientras hago de trotamundos.

—¿Hoy también vas a escaparte? —Dahlia me espera a la salida del pequeño comercio con los brazos cruzados y una mirada curiosa hacia las postales que tengo en la mano.

—¿Piensas impedírmelo?

—Te ayudaré. Si desapareces de mi vista, los dos salimos ganando.

—Estoy pensando en quedarme por aquí un rato más. Saber que te molesta tanto mi presencia es un plus, flor.

—Lo que me molesta es esa camisa tan hortera que llevas.

—¿Qué le pasa? Voy a juego con los murales.

—Eso es insultar a los artistas.

Creo que es la conversación en la que más palabras seguidas hemos pronunciado en todo el viaje.

Esta era la última de las actividades programadas por la agencia que quedaba por tachar.

El paseo se me ha hecho demasiado corto, o es que, en el fondo, no quiero terminar con el último de los rincones de este lugar. Me gustaría empezar de nuevo, aunque fuera con Dahlia Harris. Pero, en vez de eso, digo:

—Te veré mañana en el aeropuerto.

—Por desgracia —responde ella, antes de darse la vuelta y meterse en el coche que ya nos espera para llevarnos de regreso al hotel.

Yo, en cambio, comienzo a caminar en dirección contraria, alejándome del vehículo. Siento la mirada de Dahlia clavada en mí. Se queda estudiándome unos segundos, pero no hace preguntas y finalmente cierra la puerta y el coche arranca.

No estaba listo para volver al hotel y el sol poco a poco va desapareciendo tras el horizonte, así que me dispongo a hacer el mejor turismo que existe: el nocturno.

Visitar las ciudades durante el día, ir a museos, bañarte en sus playas, comprar souvenirs carísimos.

.. todo eso está muy bien, pero, para mí, nada es comparable a lo que descubres cuando se pone el sol.

Es entonces cuando se asoma verdaderamente la esencia de una ciudad: su gente, la paz en los sitios que un par de horas antes estaban hasta arriba de turistas, y la calma.

El tiempo parece ir más despacio por las noches y es lo que necesito.

Todavía faltan tres horas para la medianoche, así que dispongo de ese tiempo para recorrer hasta el último rincón de Miami sin la presencia de Dahlia Harris tocándome las narices. Ya es suficiente su constante recordatorio en mi teléfono móvil y en mi cabeza.

Luego volveré al hotel y lo dejaré todo al azar, supongo. Aunque no sé si la suerte estará de mi lado esta vez.