Cualquier destino menos contigo Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Pero es cierto. Solo vendo las partes de mí que me interesan, aunque la gente siempre pida más, estando dispuesta a pagar un alto precio por ello. No importa las veces que me niegue, eso no impide que sigan intentándolo, en ocasiones por medios poco ortodoxos y bastante cuestionables.

—¿Pasará?

—Pasará.

No sé si estoy tratando de convencerlo a él o a mí misma.

Pronto se darán cuenta de que Ethan Adams y yo somos polos opuestos.

Tras el postre, los dos damos por terminada la cena tan pronto como podemos sin que resulte descortés.

Yo lidero la marcha y él me sigue por detrás caminando distraído con la mirada baja hacia su teléfono.

Recorremos lo que me parece el pasillo más largo del restaurante hasta llegar a la salida, pasando entre muchas de las mesas de alrededor, cuyas personas se nos quedan mirando con interés. Y no es para menos.

Mientras yo llevo un vestido azul marino muy elegante de escote cuadrado y ajustado a la cintura, él viste unos vaqueros negros (por lo menos son largos, aunque no sé si eso debería ser un consuelo) y otra de sus camisas con estampados extravagantes que seguramente ha comprado en el mercadillo callejero de la ciudad.

Y chanclas. Por el amor de Dios, ¿quién aparece en una cena degustación con chanclas?

El cuerpo que choca con mi espalda me despierta de mi ensimismamiento y me hace perder el equilibrio sobre mis tacones de aguja. Sin embargo, su mano sujeta mi brazo y hace que me recupere rápidamente.

—Perdón, he tropezado.

Pongo los ojos en blanco por enésima vez en lo que llevamos aquí.

—Por lo menos no tienes ninguna copa que tirarme encima esta vez.

—Después de nuestra romántica velada, necesito una urgentemente.

Veo que, de nuevo, pensamos lo mismo.

Nuestros dos teléfonos móviles vuelven a sonar descontrolados hasta que resultan difíciles de ignorar. Al parecer, más gente se ha puesto al día de la nueva noticia esta vez. ¿Esto se va a convertir en una costumbre?

Nos quedamos en silencio el uno frente al otro.

Es un tema que ninguno de los dos tiene ganas de retomar.

En las redes sociales, todo es pasajero, pero también intenso.

Los dos nos estamos viendo salpicados por todo este montaje ajeno cuyo resultado es incierto, pero que de momento no tiene pinta de frenar.

Ninguno de los dos se despide, aunque sabemos que tomaremos caminos separados.

Rumbo al dormitorio, recibo un mensaje que soy incapaz de ignorar y hace que mi corazón se acelere.

Tenemos que hablar.

Apresuro el paso para llegar a mi habitación.

«Tenemos que hablar».

Quienquiera que crease esa coletilla encontró la fórmula perfecta para matar a alguien de un infarto o provocarle una insuficiencia cardíaca a largo plazo.

Mando varios mensajes en respuesta, pero no contesta. Vuelvo a probar.

¿Qué pasa?

¿Ha ocurrido algo?

No puedes decirme algo así y no contestar.

Nunca suele salir nada bueno de esas tres palabras y mi paciencia se acaba rápido, así que termino presionando el botón de videollamada, esperando cualquier cosa. Y, para qué mentir, esperando lo peor.

La pantalla de color oscuro pasa a mostrar la cara de mi agente Maia, que está sentada en la silla de su oficina, a pesar de la hora que es. Sé entonces que ha estado esperando mi llamada estos minutos.

—¿A que no ha sido tan difícil? —se burla.

—Te odio.

Detesto hablar por teléfono y ella lo sabe. Por otro lado, Maia es la única persona milenial que conozco que no tiene miedo de iniciar una llamada telefónica. Creo que incluso lo disfruta.

—Estás impresionante, por cierto. —Aunque agradezco el cumplido, me estoy impacientando—.

Tienes que decirme dónde lo has comprado, tengo un evento pronto y me vendría genial.

O podrías regalármelo. Me lo tomaría como un regalo de Navidad, aunque nunca me haces uno.

.. Podría ser tu forma de redimirte por no haberme regalado nada jamás.

—Te doy una paga extra en Navidad.

—Eso es como regalar una tarjeta regalo.

Maia conoce el modo de torturarme. Arrugo el entrecejo y muevo la cabeza. No puedo seguirle el juego.

—Maia, ¿quieres decirme de una vez de qué tenemos que hablar?

Ella no responde, se muerde el labio inferior y se queda callada unos segundos. Puedo vislumbrar su sonrisa pícara a través de la pantalla.

Entonces entiendo adónde quiere llegar.

—Tienes que estar de broma.

—¡Necesito que me lo cuentes todo! Estáis por todo internet, el hashtag más viral de Twitter ahora mismo es DahliaxEthan y lo más buscado en TikTok en las últimas veinticuatro horas ha sido «Ethan y Dahlia beso».

Pongo los ojos en blanco.

—¿Qué le pasa a la gente?

—Que nos encanta meternos en la vida de los demás. Yo puede que haya dado like a un par de vídeos. Hay algunos muy buenos.

Por supuesto que Maia ya se ha subido a ese barco. Por alguna razón que desconozco, a Maia le cae bien. Ethan Adams cae bien a todo el mundo.

Pero no a mí. Hay algo en él que me hace hervir la sangre cada vez que su persona, con esa parsimonia y actitud despreocupada, entra en escena. No se toma nada en serio, ni siquiera es consciente de la suerte que tiene de estar aquí.

—Pensaba que ibas a reprenderme por lo que he dicho.

—¿Qué soy?, ¿tu madre? No es que ayude a limpiar tu imagen, pero mi trabajo se ha reducido a cero desde que habéis entrado por la puerta del restaurante. No se habla de otra cosa.

No sé si eso resulta ser un consuelo, aunque, por primera vez en mucho tiempo, he logrado que algo no me explote en la cara. Más o menos. Por lo menos me he librado, en parte, del asunto del vibrador. Digo, del orgasmo. Maldito Ethan.

Maia sigue hablando.

—Pero es mi deber como tu representante saber con todo lujo de detalles cómo ha ido la cena. Me preocupa tu bienestar. —Se pone la mano sobre el pecho para añadir dramatismo al asunto.

—¿Te preocupa también mi cordura? Porque estoy a punto de perderla con todo lo que está sucediendo.

Cómo no, ignora mi respuesta.

—¿Os habéis dado la mano por debajo de la mesa como parece confirmar este vídeo? —En mi pantalla aparece entonces un mensaje emergente con el enlace al mismo—. ¡Y qué romántico eso que cuentan de que te ha dejado el último bocado del postre!

Sigue parloteando atropelladamente con un tono agudo que no estoy segura de si se está burlando o de verdad está diciendo todo esto en serio.

—Primero: era mi postre. Segundo: se lo ha acabado comiendo él. Y tercero: sabes que no es real, ¿verdad? —Me obligo a recordárselo una vez más.

—¿A quién le importa que no lo sea? En el universo de las redes sociales, las apariencias lo son todo. Lo sabes mejor que nadie.

Pues claro que lo sé.

—¿Y qué quieres que haga?

—Aprovecharlo.

No sé cómo demonios puedo hacer eso.