Capítulo 12
Dahlia
La reserva era a las nueve en punto. Son las nueve y dieciséis e Ethan todavía no ha aparecido. En serio, ¿este chico no sabe lo que es un reloj?
No estoy contenta y, pensándolo bien, debería haberme ido hace por lo menos diez minutos, cuando estaba claro que su impuntualidad afectaría al resto de mi noche y a mi humor.
Eso y los paparazi, que se arremolinan a mi alrededor porque el restaurante de la azotea está abierto al público en general.
Aunque lo intento, se me hace imposible ignorarlos mientras me bombardean con sus preguntas y sus flashes disparando en mi dirección.
Aprieto la mandíbula; las mismas preguntas, una y otra vez. Su interrogatorio solo me hace rememorar recuerdos de la noche que me gustaría borrar. Más que eso.
Habíamos ido a la inauguración de la nueva tienda de una famosa marca de ropa. Muchas celebridades del sector de la moda estaban invitadas. Wyatt era mi acompañante, por supuesto.
—¿Es cierto que tu relación con Wyatt había terminado hace tiempo?
Él no quería ir, pero siempre sabía cómo llenar un espacio con palabras, embriagar a la gente con su encanto, y yo lo usaba como escudo para protegerme.
—¿Crees que es conveniente empezar otro noviazgo como si nada cuando todo es tan reciente?
Follamos en el baño y se sintió frío. Fue rápido e incómodo, como si se tratase de otra de las cosas del programa de la noche que había que tachar de la lista. No me corrí, pero no podía herir su ego. Yo ya era suficientemente difícil.
—¿No lo querías?
No derramé ninguna lágrima cuando presioné mis labios sobre los de Finn McLean aun sabiendo que sería el final de todo lo que había construido. Tampoco lo hice después.
—¿Por qué le hiciste eso a Wyatt?
Las preguntas siguen llegando. No me contengo más. Si no encuentro una vía de escape fácil, explotaré.
—No quería pasar el resto de mi vida sin tener un orgasmo y, para hacer yo el trabajo, prefiero estar sola.
Se quedan todos callados. Probablemente no debería haber dicho eso, pero, a estas alturas, me da igual. He logrado que termine.
Maia «agente» me regañará en cuanto se entere de mi declaración.
Maia «a secas» me dará una palmadita en la espalda.
Entonces, en ese momento, a las nueve y veintitrés, Ethan Adams hace acto de presencia. Y, por supuesto, lo ha oído todo.
Los objetivos giran sus flashes hacia el responsable de mis problemas. Aunque, en realidad, una parte de mí está más enfadada conmigo misma por haberse quedado aquí esperando y no aprovechar la oportunidad de escapar de esta estúpida cena.
Le lanzo una mirada hostil y él se revuelve su pelo rubio parcialmente húmedo.
—No sabía cómo funcionaba la ducha.
¿Esa es su excusa?
—Llegamos tarde —digo sin más.
Sin comprobar que me sigue, me dirijo hacia el interior para dar nuestros nombres al maître, que asiente efusivamente y enseguida nos acompaña a una zona del comedor apartada, donde el ambiente es menos ruidoso.
Nos guía al lado de unos ventanales que ocupan toda la pared y a través de los cuales puede verse una gran panorámica de la ciudad.
A lo lejos, las luces procedentes de los enormes rascacielos, erigiéndose a metros de distancia del suelo, como ahora lo estamos nosotros. Trato de no desequilibrarme.
La mesa es redonda, está perfectamente equipada con toda la cubertería, dos copas altas y una botella de una buena (y cara) marca de vino. Por supuesto, no podían haberse olvidado de las velas.
—El servicio los atenderá enseguida. Que disfruten de esta romántica velada.
—No es romántica —digo yo.
—Para nada romántica —secunda Ethan detrás de mí.
Esto es lo único en lo que vamos a estar de acuerdo en toda la noche. Puede que también en todo el viaje.
El maître nos dedica una mirada confusa antes de recorrer de vuelta el mismo camino que nos ha traído hasta aquí. No se lleva las velas.
La cena reservada por la agencia es de degustación, así que el menú comienza a venir en pequeños platos variopintos. Ethan se inclina con su cubierto hacia uno de ellos, dispuesto a dar el primer bocado, pero yo lo detengo con mi brazo a medio camino. Me mira confuso.
—Primero tengo que sacar una foto. —Se recuesta de nuevo sobre su asiento y se cruza de brazos, como un niño esperando un caramelo. Me demoro más de la cuenta por el simple gusto de devolverle (al menos, en parte) mi larga espera de antes.
—¿Has acabado?
—Casi. —Saco un par de fotos más, a pesar de que no las necesito.
Cuando termino, comenzamos a comer y cada plato es rápidamente sustituido por el siguiente.
—¿No te vas a comer esto? —pregunta Ethan. Son las primeras palabras que intercambiamos en todo lo que llevamos de cena—. Está para morirse.
Niego con la cabeza.
—¿Y eso? —Señala una vieira, sellada con crema de maíz dulce y unas gotas de aceite de trufa, que queda en mi plato sin tocar.
—¿Es que a ti no te han dado nunca de comer?
—Estoy en plena etapa de crecimiento. ¿Te lo vas a comer o no?
Vuelvo a negar con la cabeza y él ataca la comida. Se zampa lo que queda en el resto del plato de un bocado y emite un sonido de placer mientras lo saborea.
—Me sorprende que se te contente con tan poco.
—No todos somos tan difíciles de satisfacer.
Resoplo ante su comentario. He sido una ilusa al pensar que lo dejaría estar y no me recordaría mi episodio de antes.
—¿Es verdad? —insiste.
Su pregunta tan directa me pilla desprevenida. Me revuelvo incómoda en mi asiento, no hay crítica ni reproche, solo... curiosidad. No entiendo qué busca con esto.
Ahora que no tenemos comida delante, me mira intrigado y, aunque no me afecta ser el centro de atención de miles de personas, en su caso sí. Me afecta más de lo que me gustaría admitir, y eso me enfada.
—Para ser una persona que me detesta, te veo bastante interesado.
—Dicen que has tirado la piedra y escondido la mano, pero lo que has lanzado es una puta bomba de relojería.
Solo quiero agotar la conversación sobre el tema, el cual me esfuerzo con vehemencia por no recordar, pero el resto de la humanidad no está dispuesta a darme el gusto. E Ethan Adams tampoco.
A quién quiero engañar. Yo misma me lo he buscado. Me lo merezco.
—Si me lo preguntas a mí... —no le he preguntado, pero sigue hablando—: Que lo jodan.
Vaya, eso sí que no me lo esperaba.
—Pero sí que creo que eres difícil de complacer.
Hay algo en su tono y la forma de pronunciar esas palabras que deja entrever un significado que, al parecer, se me está escapando.
—Tal vez son los hombres como tú los que no tenéis ni idea de por dónde empezar.
—¿En qué estás pensando, Dahlia? —Levanta las cejas, burlándose. Noto mis mejillas sonrojarse—. No he dicho que sea algo malo. Además, no sabes nada de mí, te sorprenderías.
—Sé lo suficiente.
Me pongo a la defensiva. Odio ponerme a la defensiva, lo que me gusta es tener el control.
—¿Eso crees? —Se le dibuja en la cara esa sonrisa torcida que tanto me molesta, aunque aún no he descubierto el motivo—. Alguien ya se ha preocupado de poner solución a eso.
Extiende su brazo para salvar el diámetro de la mesa y gira la pantalla de su teléfono para que pueda ver uno de los memes que se ha viralizado en cuestión de minutos. Un montaje de una imagen mía acompañada de un vibrador y una frase demasiado ingeniosa respondiendo a mis declaraciones anteriores.
—¿Le has dado «Me gusta»?
Se encoge de hombros.
—El chiste es bueno. Además, no soy yo quien ha decidido llamar la atención de esa manera.
Me muerdo el labio inferior, está claro que debo abandonar esta conversación antes de que el efecto bola de nieve acabe por aplastarme y llevarme por delante. No es el tipo de charla que busco tener con nadie. Mucho menos con él.
Ninguno de nosotros dice nada más el resto de la velada. Hasta el camarero —que sigue sin llevarse las velas— ha venido a preguntarnos si hay algún problema. Los dos, entonces, nos hemos mirado, teniendo el problema delante de nuestras narices.
—Ahora mismo les servimos el postre.
Mi estómago ya se queja por la copiosa cena que hemos tomado, así que la simple idea de seguir llenándolo con más carbohidratos y azúcar me revuelve por dentro.
Entonces, con el rabillo del ojo, veo algo que me llama la atención. Una cámara.
Estoy acostumbrada a ser consciente de lo que hay a mi alrededor; en mi trabajo se trata tanto de lo que dices como de lo que no dices y demuestras.
Sé que buscan más, siempre lo hacen.
Actúo en cuestión de segundos con lo primero que sé que los sacará de aquí: darles lo que quieren. O lo que creen que quieren.
Extiendo mi brazo sobre la mesa para acariciar la parte superior de la mano de Ethan. Pienso que va a apartarse, pero no lo hace.
Siento cómo su piel se estremece bajo el tacto frío de mis dedos deslizándose por sus nudillos huesudos. Sus manos son firmes y ásperas, más grandes que las mías. En mi recorrido, distingo una pequeña cicatriz entre su dedo índice y pulgar.
—¿Qué haces?
—Quédate quieto y mírame.
—¿Quieres que te diga si tienes restos de comida entre los dientes? —Se inclina ligeramente. Mi mano sigue acariciando la suya formando pequeños círculos.
Ethan se da cuenta de lo que está pasando cuando pillan al paparazi que se ha colado en este lugar privado y tiene su cámara apuntando en nuestra dirección. El personal de seguridad hace acto de presencia y se lleva al intruso.
—¿Qué vamos a hacer con esto? —pregunta.
Entonces soy consciente de que mi mano sigue sobre la suya y la aparto, rompiendo cualquier contacto entre nosotros.
—Ya te lo he dicho, no podemos hacer nada. La gente hoy se encapricha con alguien y, al día siguiente, centran su atención en otra persona.
—Se han colado en un restaurante de lujo para poder sacarnos fotos.
—Han hecho cosas peores.
Si mi comentario buscaba reconfortarlo, hace todo lo contrario.