Cualquier destino menos contigo Capítulo 11
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Capítulo 11

Ethan

Historia de amor a la vista… Y no es para nada lo que esperábamos, ¡es mejor!

El vídeo original ya cuenta con más de diez millones de reproducciones es tan solo un par de horas y ha causado un gran revuelo entre los seguidores de ambos…

El vídeo de la fiesta de Travelator que podría ser la prueba del posible romance entre la…

Los influencers comparten ahora un viaje sorpresa de la mano de la empresa de viajes que puede ser la oportunidad perfecta para dar rienda suelta a su nuev…

Dahlia Harris, de nuevo ilusionada. ¿Quién es él?

Analizamos las imágenes entre Dahlia Harris y Ethan Adams: el beso en el mentón, la caricia en el pelo… ¿Podríamos estar ante un nuevo amor de vera…

Aporreo la puerta con los nudillos hasta que se abre y veo a Dahlia con el entrecejo fruncido y los brazos cruzados al otro lado. Me recibe con su cara habitual de pocos amigos, que ya he visto tantas veces que pienso que la ha debido de inventar ella.

—Creo que tenemos que hablar.

—Creo que no. —Y me cierra la puerta en las narices.

Me cierra la puerta. En. Las. Narices.

Así que vuelvo a golpear sin descanso hasta que vuelve a abrirse. Esta vez, sin decir nada, se da la vuelta y yo la sigo al interior.

Echo otro vistazo rápido a la pantalla de mi móvil: ciento cincuenta mil seguidores nuevos. El contador de seguidores de mi perfil de YouTube no para de subir. Y el de Instagram. Y el de todas mis redes sociales.

Ya estoy rozando la cifra del millón y Dahlia Harris es la responsable. No sé qué me molesta más: que ella esté ligada a esto o la forma en la que lo está.

La segunda, definitivamente la segunda.

Abro la aplicación de TikTok por décima vez para ser bombardeado de nuevo con cientos de vídeos con miles de visualizaciones y con nosotros como protagonistas. Estamos por todas partes.

El vídeo original nos muestra a Dahlia y a mí anoche, en la fiesta de Travelator.

Ella está sujetando su móvil después de haber sacado unas fotos y haber chocado conmigo al dar unos pasos atrás.

Entonces yo me inclino para decirle algo al oído.

Ella me besa el mentón para irritarme. Yo le aparto un mechón de pelo detrás de la oreja.

Le pido que sonría. Ella lo hace y me dedica una última mirada asesina antes de que me dé la vuelta sintiendo que he ganado la partida.

Me resultó muy gracioso en aquel momento. Ahora, en cambio, no me hace ninguna gracia.

Nuestros labios se mueven, pero con los cambios de luces de colores y la intermitente oscuridad resulta imposible saber qué nos estamos diciendo. Pero yo lo sé y no es para nada lo que la gente imagina.

Todo el mundo está actuando como si le hubiera confesado mi amor al oído o le hubiese susurrado alguna guarrada. Creo que la mirada intensa que me dedica ella mientras me alejo de su lado lo dice todo, pero al parecer dice todo lo contrario a lo que yo pienso.

Tengo miles de mensajes y mi nombre aparece en muchas de las páginas de cotilleos especulando sobre una posible relación entre nosotros.

¿¡En qué demonios nos hemos metido!?

—¿Qué vamos a hacer?

—No podemos hacer nada. Esto claramente no tiene que ver con nosotros.

—¿Que no tiene que ver con nosotros? —Me quedo ahí plantado, ella no reacciona y sé que está jugando con mi paciencia aposta. Quiere sacarme de mis casillas, como si no lo consiguiera cada vez que la miro—. Nuestras caras están por todas partes. ¿Es que te da igual?

—Claro que no me da igual. Me siento insultada por el hecho de que la gente crea que puede gustarme alguien con tan mal gusto.

Arrugo el entrecejo y entonces señala la camisa que ahora visto, parcialmente desabrochada, con estampado de plumas y tucanes.

Es tropical, estamos en Miami. No sé de qué habla.

—Si dejas ver que su opinión te importa, entonces creen que es más importante de lo que es —afirma.

—Pero lo que se ve en el vídeo no es verdad. Esto afecta tanto a tu imagen como a la mía.

—A ti parece estar yéndote bien.

Sé que se refiere a todos los nuevos seguidores que han pulsado el botón de mi perfil. Es difícil pasar por alto ese gran número. Pero eso no significa que esté contento.

—Y a ti —respondo de vuelta—. Por primera vez en dos meses no hablan de lo caprichosa que eres.

Una chispa de rabia ilumina sus ojos oscuros de la misma forma que ayer en la fiesta. No le gusta que mencione ese episodio que, algo me dice, permanece inacabado.

—Cállate. Nadie sabía quién eras hasta ahora —como siempre, contraataca.

—Tú sí.

—Para mi desgracia —resopla, en un tono bajo.

Y entonces, ese brillo desaparece tan rápido que, de no haberlo visto antes, hubiera pensado que lo había imaginado.

—Tarde o temprano la gente se dará cuenta, Ethan. Tú mismo sabes que la fama en redes sociales dura poco.

«La fama dura poco». Lo dice la misma persona que lleva siendo referente y foco del mundo de la moda y de los influencers desde que comenzó su carrera y esa palabra aún no estaba inventada. No sé cómo lo hace, no sé qué hay en esta chica que atrae la atención de tanta gente, a todas horas...

No lo sé, pero sí puedo entenderlo. El aura hipnotizante que desprende, cómo te detienes a estudiarla un par de segundos más de la cuenta...

Me percato de que es lo que estoy haciendo yo ahora mismo, precisamente. No quiero darle el gusto, ella ya es totalmente consciente del impacto que causa. No voy a alimentar más su ego.

Pienso en eso de que la fama es efímera.

¿Me pasará a mí también? ¿Será verdad que de aquí a un año la gente se olvidará de mí, de esta huella?

No sé si eso me reconforta del todo. Aunque haría las cosas más fáciles.

Estoy de camino a su puerta cuando unos golpes desde el otro lado me detienen.

—¿Puedes dejar de aporrear la puerta? —grita mientras rebusca algo en su bolso y sin dedicarme la más mínima atención.

—No he sido yo. Aún no me he ido.

—¿Y qué haces todavía aquí?

Los dos nos giramos hacia la entrada y abrimos la puerta para encontrarnos a un hombre trajeado que nos dedica una mirada sonriente.

—Disculpen las molestias. Quiero darles la bienvenida en nombre de todo el personal del hotel y recordarles que tienen una cena reservada para esta noche en uno de nuestros restaurantes.

Ninguno de los dos dice nada. Cuando el hombre se va tras facilitarnos la información del sitio y la hora, Dahlia cierra la puerta y se apoya sobre ella poniendo los ojos en blanco.

—¿Por qué la vida ha empezado a odiarme?

—Se llama karma —respondo, con una sonrisa agria. A estas alturas, ya soy inmune a las miradas asesinas de Dahlia Harris.

Seguramente el karma tiene motivos suficientes para querer devolvérsela, pero ¿tiene que usarme a mí?