Cualquier destino menos contigo Capítulo 10
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Capítulo 10

Dahlia

—Ni de broma. No puedo hacer este viaje con Ethan Adams.

Llevo hablando con Maia desde que he entrado en la suite del hotel tras cerrar de un portazo. O más bien es un monólogo, porque le describo con pelos y señales todas las veces —que no han sido pocas— que Ethan me ha sacado de mis casillas en las escasas horas que llevamos compartiendo espacio.

Ella sigue escuchando cuando empiezo a enumerar todos los motivos por los que esto es un error.

La he obligado a llamar a los representantes de la agencia para pedirles explicaciones.

Han dicho que somos el único grupo que encaja en el perfil del viaje que tenían preparado.

Aunque no somos exactamente un grupo, con nosotros han jugado sucio.

De nada han servido mis peticiones —y súplicas— para que nos trasladaran a otro de más de dos miembros.

Su excusa: «La logística no lo permite. Ha sido difícil jugar con los calendarios, los compromisos y los diferentes perfiles, y vosotros sois una de las parejas más compatibles».

¿Compatibles? Casi me entra la risa. Esa sería una de las últimas palabras que yo usaría para describirnos a Ethan y a mí, y cualquiera que nos viera juntos se daría cuenta de por qué.

Estoy muy cabreada.

Oigo la voz de Ethan y la de quienquiera que esté al otro lado de la llamada que está manteniendo. Hablan de mí. ¿Acaso cree que no puedo oírlo? Las paredes son muy finas.

No sé si lo culpo, probablemente nuestra enemistad es lo único que tenemos en común.

Desvío la mirada hacia los enormes ventanales de la habitación, desde los que tengo una vista limpia y espectacular del océano Atlántico que consigue revolverme un poco el estómago.

Miami es una ciudad que he visitado varias veces con motivo de campañas y desfiles; el buen tiempo constante es un gran incentivo para celebrar ese tipo de eventos sin miedo a que el viento o la lluvia estropeen la puesta en escena.

Nunca me he alojado aquí, así que agradezco tener la oportunidad de descubrir uno de los hoteles más lujosos y caros del país.

Aunque, ahora mismo, lo que más me gusta de este establecimiento es que es lo suficientemente grande para poder ignorar a Ethan Adams. Si nos esforzamos, ni siquiera tendremos que vernos las caras durante nuestros días aquí.

Mi teléfono no para de sonar. Estoy acostumbrada al ruido agudo e incesante de las notificaciones de todas mis redes sociales o correos electrónicos en mi bandeja de entrada con jugosas propuestas de trabajo. Por eso suelo ponerlo en silencio, pero esto es distinto.

A través de la pantalla, sigo viendo la cara de Maia, que me observa fijamente y con atención.

—¿Por qué me estás mirando así?

—Estoy pensando cómo decirte esto sin que te vuelvas loca.

Pongo los ojos en blanco. Soy una experta de las apariencias y sé mostrar solo lo que quiero. Casi siempre mantengo la compostura y el «casi» solo se debe a mi episodio de hace dos meses; ¿es que va a utilizarlo siempre contra mí?

—Podré soportarlo —le aseguro, con voz fría y firme.

—No creo. —Se muerde el labio inferior, está nerviosa. Después de unos segundos, habla—: Hay un vídeo...

—¿Qué vídeo?

Al principio pienso que se trata de otro bombardeo de noticias acerca de mi ruptura con Wyatt y mi desaparición del mundo digital y real. Seguramente no me gustaría, pero no le he mentido a Maia: lo soportaría. Fingiría hacerlo.

Pero no se trata de eso. Es algo peor.

—Lo que me faltaba.

Tengo a Ethan Adams golpeando mi puerta antes de que pueda procesar lo que estoy viendo.