Cualquier destino menos contigo Capítulo 9
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Capítulo 9

Ethan

El vuelo de Nueva York a Miami dura tres horas y diez minutos, pero a mí me parecen días enteros.

Mi reloj no parece ser el único que se ha parado (he olvidado cambiarle la pila —desde hace dos semanas—, pero sigo llevándolo por costumbre, igual que mis múltiples pulseras), sino que el tiempo también ha decidido congelarse mientras volamos.

Dahlia permanece callada todo el trayecto.

Me sorprende que no me recuerde lo molesta que le resulta mi mera presencia, como siempre le gusta hacer; pero no seré yo quien se queje, y mucho menos el que abra la boca.

Estamos batiendo una especie de récord al ser capaces de ignorarnos el uno al otro durante tanto rato.

Yo, por lo menos, lo estoy intentando.

Es difícil cuando la chica cambia de posición cada cinco minutos, se levanta para recorrer el pasillo e ir al baño dos veces (creo que es una excusa para no estar sentada junto a mí) y revuelve su bolso para sacar una cosa nueva cada vez.

En serio, parece el bolsillo secreto de Doraemon.

Y, además, desprende un fuerte olor a jazmín que me envuelve durante todo el vuelo, recordándome que se encuentra a mi lado.

Agradezco pisar tierra firme y montarnos en el vehículo que han reservado para llevarnos al hotel, aunque la distancia entre ambos sigue siendo insuficiente para mi gusto.

Vamos en los asientos traseros, cada uno pegado a su lado de la puerta y con la mirada puesta en cualquier cosa que no sea el otro.

Mi móvil se ha quedado sin batería, porque olvidé cargarlo anoche, y el aburrimiento me está matando casi tanto como este silencio pesado.

Sé que dije que me siento cómodo en los silencios con Andrew porque son solo eso.

Pero, si no son con él, esta falta de sonido solo acentúa la estampida de pensamientos que se forman en mi cabeza y logran desestabilizarme.

—Deberías aprovechar el tiempo de Miami y tomar un poco el sol.

Estás blanca, flor —suelto, sin poder aguantar más el silencio.

Admito que también lo hago porque sé lo mucho que le molestan mis comentarios, así que meterme con ella es una especie de entretenimiento.

Aunque, en realidad, sí está un poco pálida.

—Oírte me da dolor de cabeza.

Y así acaba la conversación para volver al incómodo silencio.

Cuando por fin llegamos al hotel, no esperaba que fuera un edificio con una altura desde la que estoy seguro de que se puede ver cualquier punto de la ciudad. Se trata de uno de los hoteles más grandes y lujosos del mundo.

Nos reciben como si fuéramos dos estrellas de Hollywood, aunque supongo que acoger a Dahlia Harris en una de tus habitaciones se siente como algo parecido.

De hecho, solo la están mirando a ella, aunque ni siquiera se ha quitado las gafas de sol y mira distraída un punto lejano más allá del vestíbulo.

No creo ni que esté escuchando nada de lo que le dicen.

El señor que nos recibe, que lleva un traje que parece costar más que todo lo que tengo ahorrado en el banco, nos habla de los diecinueve restaurantes, veinte bares, centro comercial interior, gimnasio, casino, tres piscinas.

.. Y ahí pierdo la cuenta. Mi cabeza trata de procesar todo lo que mis ojos están viendo a medida que avanzamos por los pasillos.

Hay más cosas aquí dentro de las que podría encontrar fuera en la ciudad.

Nos señala cuáles son nuestras habitaciones, dos suites en una de las últimas plantas, nos da las llaves y nos deja solos. Ambos recorremos el pasillo a toda velocidad, deseando por fin poner distancia entre nosotros, aunque solo sea con una pared.

Ni siquiera ha terminado de cerrarse la puerta de la habitación cuando me lanzo al teléfono del hotel y marco el único número que me sé de memoria.

—Vas a explicarme qué demonios ha pasado y por qué estoy con Dahlia Harris ahora mismo.

—¿Estás con ella? Pásamela, quiero saludarla. —El tono jocoso de Andrew hace que me enfade más todavía.

—YA.

Sujeto el teléfono contra mi oreja y con la mano libre vacío todo el contenido de mi mochila sin ningún cuidado sobre la enorme cama. Sus sábanas de color blanco impoluto hacen que el resto de la estancia brille todavía más.

Cojo el cargador y conecto mi móvil en el primer enchufe que encuentro.

—Joder, Ethan, toda la planificación del viaje es sorpresa, ¡pues claro que no sabía que iban a emparejarte con ella con total seguridad!

—¿Cómo que «con total seguridad»?

—A ver, siempre hay posibilidades. La estadística ha jugado en tu contra. —Y esta es otra de las razones por las que odio las matemáticas—. Tú fuiste el que menos condiciones puso y ella, la que más, así que no me parece extraño que os hayan emparejado.

—Esto tiene que ser una broma.

Me muevo frenético por la suite y conecto el altavoz del teléfono inalámbrico. La voz de Andrew ahora inunda todo el cuarto mientras me froto la cara fuertemente con las manos y termino revolviéndome el pelo.

—El destino tiene un gran sentido del humor, sí. —Se está burlando de mí y ni se molesta en disimular. Hasta puedo imaginarme su sonrisa al otro lado del aparato.

—No me estás ayudando.

—¿A qué quieres que te ayude?

—A salir de esta.

—No puedes.

—Que nos metan a ambos en alguno de los otros grupos, no puede ser tan difícil. No aguantaré seis semanas teniendo que viajar con ella. Es...

—Sí, lo sé: una niña mimada, estirada, que siempre busca ser el centro de atención y con demasiado dinero en el banco, lo que hace que se crea muy superior a los demás. Siempre eres muy explícito en lo que se refiere a esa chica.

Puede que haya sido la protagonista de varias de nuestras conversaciones.

—Es que no la soporto.

—¿Y no puedes ser tú el maduro en esta relación e intentar llevarte bien con ella? —Abro la boca, pero, antes de que pueda responder, mi amigo se me adelanta y sigue hablando—: A quién quiero engañar, si tú tienes que aportar la dosis de madurez, esto no tiene futuro.

—Pero ¿tú de qué lado estás?

Dahlia seguramente se encuentra en la habitación contigua manteniendo el mismo tipo de conversación con su agente, aunque a ella sí la estarán tomando en serio. Mi amigo, por el contrario, solo se está regodeando en mi desgracia.

Entonces se queda callado y se instaura un silencio.

—Hay algo que no me estás contando —digo, reconociendo ese silencio.

Con Andrew hay varios tipos de silencios, los conozco todos.

Y conozco a mi mejor amigo. A veces mejor que a mí mismo.

Tarda varios segundos en contestar.

—No has visto el vídeo. —Es más bien una afirmación que una pregunta.

—¿Qué vídeo?

—Es una jugada arriesgada, pero puede ser el motivo por el que decidieran poneros juntos a última hora. Sin duda va a dar que hablar...

—¿Qué vídeo?

No hace falta que me enseñe el vídeo. Basta con entrar en cualquier red social.

Porque no es solo un vídeo. Son cientos.

«Mierda».