Capítulo 8
Ethan
Me he quedado dormido. Abro los ojos a la misma hora a la que tenía que estar en el aeropuerto averiguando mi destino, tras haber ignorado las cinco alarmas. Cojo toda la ropa que está esparcida por la habitación y la meto a presión en mi mochila al tiempo que salgo por la puerta a toda prisa.
Agradezco haber guardado un café frío preparado que compré ayer en el supermercado. Eso, al menos, antes de derramarlo encima de mi sudadera.
Digamos que ha sido una mañana dura, pero todo el estrés terminará cuando me siente en una de las plazas del avión rumbo a Miami. El destino ha aparecido en la aplicación de Travelator como por arte de magia, ahora solo necesito que también lo haga la puerta de embarque.
No tengo tiempo de comprobar los enormes paneles; una vez más, llego tarde, y siempre gasto demasiado tiempo en localizar los vuelos, así que me guío por mi instinto y, a medida que corro todo lo que mis piernas me permiten cargando a los hombros mi enorme mochila, voy fijándome en aquellas puertas en las que se concentra un mayor número de gente.
Estoy corriendo de una punta a otra de la terminal, ¿a quién se le ocurre hacer estos sitios tan insufriblemente largos?
Me encanta viajar, pero odio los aeropuertos.
Los espacios muertos, los tiempos de espera, los retrasos, los controles y los cambios de hora.
Pero todo eso es compensado por el sonido del motor al coger velocidad mientras el avión surca el cielo y cuando aterriza con un pequeño bote al final de la pista.
Pensar en ello ya me ha puesto de buen humor y una sonrisa aparece en mi cara cuando veo a lo lejos una puerta con el destino «Miami, FL» escrito en mayúsculas. Estoy sin aliento, pero no me detengo y, en tan solo un par de metros, llego por fin a la puerta.
No sé a quién voy a encontrarme aquí o si ya han subido al avión, solo espero que el grupo...
Me paro en seco.
No hay grupo.
Solo hay una persona.
«No. Nonono . Esto no puede estar pasando».
—Tienes que estar vacilándome.
Estoy en medio del pasillo obstaculizando el paso, lo que hace que me lleve varios empujones de personas que quieren seguir su camino, pero yo no puedo moverme, ni reaccionar, ni pensar en otra cosa que no sea que tengo a Dahlia Harris delante de mis narices a punto de entrar por la pasarela de acceso, con el mismo destino que yo.
Y que la chica tiene cara de pocos amigos.
—Dime que te has vuelto a equivocar de puerta.
—Ojalá.
Saco el móvil para consultar la aplicación como si la misma magia que antes ha hecho aparecer el destino en mi teléfono pudiera ahora cambiarlo. No hay suerte.
—¿Y esta tiene que ser la única vez que llegas a tiempo a algo?
—Créeme, yo también hubiera preferido llegar tarde.
Seguimos manteniendo el contacto visual. Dahlia aprieta tanto la mandíbula que sus pómulos se ensanchan y yo me replanteo seriamente dar media vuelta y fingir que verdaderamente he perdido el vuelo.
Sé que ella, por primera vez, accedería a ser mi cómplice.
—Perdone, caballero, ¿va a embarcar? —Una chica joven vestida de uniforme se dirige a mí. Se muestra paciente detrás del mostrador, con las manos entrelazadas, y me dedica una sonrisa amable—. Estamos cerrando el embarque de los pasajeros de primera clase.
Me adelanto unos pasos, consciente de que estoy saltándome la cola que se ha formado a un lado de la puerta, pero la gente no parece molesta, más bien nos mira curiosa.
Tengo que pelearme con todo el contenido que he metido a presión en mi mochila para encontrar el pasaporte y la carpeta que me ha entregado al vuelo uno de los hombres trajeados de la entrada.
¿Quién entrega carpetas en estos tiempos?
Cuando por fin lo consigo, la azafata tarda tan solo unos segundos en pasarlos por el escáner y comprobar la información, manteniendo la sonrisa en la cara.
—Que disfrute del viaje y del destino, caballero.
—Gracias, igualmente. —Me muerdo la lengua, pero no lo suficientemente rápido para impedir que las palabras se escapen de mi boca.
«¿“Igualmente”? Que la mujer está trabajando, por Dios».
Para mi sorpresa, Dahlia todavía no se ha movido de su posición y me examina de arriba abajo.
No puedo leerle la mente, pero sé que sus pensamientos son ahora muy parecidos a los míos y ninguno de los dos está contento.
Varias de las chicas con uniforme se quedan mirándonos, atentas a nuestros movimientos. Me doy cuenta de que saben quiénes somos.
—¿Viajan juntos?
—NO —decimos los dos al unísono.
Sigo el paso de Dahlia por la pasarela de acceso, que camina a un ritmo frenético hacia la puerta del avión.
—¿«Igualmente»? —dice en un tono de voz grave que creo que intenta imitar el mío.
Pongo los ojos en blanco. Por supuesto que se ha dado cuenta.
—Se me ha escapado, ¿vale? Solo intentaba ser amable.
—Tranquilo, no siempre sale a la primera.
—Mírate a ti, años intentándolo y sin resultados.
—¿Quién te dice que estoy intentándolo?
Touché .
Resopla mientras trastabilla arrastrando su maleta de mano y de su hombro cuelga un bolso enorme. Está claramente de mal humor.
—¿Qué pasa, flor? ¿No te han gustado las fotos de ayer? —digo, a pesar de la tensión en el ambiente. Puede que no sea lo más inteligente, pero no puedo resistirme.
Observo cómo aprieta los dientes mientras me dirige una (otra, más bien) mirada de pocos amigos.
—¿Cuántos minutos al día puedes aguantar sin comportarte como un niño de cinco años?
—Te sorprendería.
No tardamos en darnos cuenta de que viajar juntos significa precisamente eso, viajar juntos. Al lado.
Y ahí están los dos asientos reservados para nosotros en una de las primeras filas.
Se supone que tienes que pagar por elegir asiento, yo en este momento estaría dispuesto a devolver todo el dinero que hiciera falta.
¿Dónde hay una pareja con niños pequeños dispuesta a pedirte un cambio de asiento cuando la necesitas?
—¿No se puede cambiar de asiento? —pregunta Dahlia.
La azafata niega con la cabeza.
—Lo siento, señorita; el avión va lleno.
Y encima es a ella a quien le toca la ventanilla.