Capítulo 5
Ethan
Zhou Bowen lo apuesta todo a su nuevo proyecto, Travelator… ¡Y ESTE EMPIEZA POR TODO LO ALTO!
LA FIESTA DE INAUGURACIÓN DE LA CAMPAÑA NOS DEJA GRANDES MOMENTOS Y FOTOS IMPRESIONANTES DE SUS PROTAGONISTAS, QUE SIN DUDA DARÁN MUCHO QUE HABLAR EN ESTAS SEIS SEMANA SLLENAS DE VIAJES Y CONTENIDO. ¿A QUIÉN TENÉIS MÁS GANAS DE SEGUIR?
DAHLIA HARRIS, COMO SIEMPRE, ES UNA DE LAS FAVORITAS, LA HEMOS ECHADO MUCHO DE MENOS EN ESTE TIEMPO… POR OTRO LADO, ETHAN ADAMS ES DE NUESTROS BLOGUEROS MÁS QUERIDOS, NOS LO VAMOS A PASAR EN GRANDE.
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Después de un discurso, tres copas de vino, incontables canciones en la pista de baile y un número aún mayor de conversaciones durante cuatro largas horas, por fin llego al hotel.
Estoy agotado y necesito recargar fuerzas para el viaje que comienza mañana. Seis semanas, muchos países distintos, todo planeado, cubierto al completo y... totalmente sorpresa. Ese es el sueño.
Pasadas las dos de la madrugada, el pasillo y todo el hotel en el que me alojo están en completo silencio. Uso la tarjeta para abrir la pesada puerta de madera oscura y entro en la habitación que han reservado para mí esta noche.
Mi móvil comienza a vibrar en el bolsillo trasero de mis pantalones. Sé quién es incluso antes de descolgar y, por supuesto, es una videollamada.
—¿Cómo ha ido? —oigo la voz entrecortada de mi mejor amigo al otro lado del teléfono; al otro lado del país.
—Definitivamente podría haber sido peor —respondo con una sonrisa.
Dejo el móvil apoyado en una de las mesitas de noche para poder seguir viendo la pantalla mientras comienzo a desvestirme.
Veo a Andrew sentado en la silla con las piernas flexionadas y los brazos apoyados a ambos lados.
Lleva puesta una camiseta de manga corta blanca algo desteñida con unos pantalones de chándal negros y su pelo oscuro y rizado está alborotado, lo que me indica que, como la mayoría de los días, no ha salido de casa.
—He seguido el evento por redes. El sitio era muy chulo.
—Sí, y la comida estaba rica y había barra libre. No puedo quejarme.
—Han publicado la lista de todos los influencers que han asistido. —Un instante después, me manda el link , aunque sabe que no voy a molestarme en abrirlo—. No te han escogido entre los mejor vestidos, aunque, viendo lo que llevas puesto, entiendo el porqué... ¿Una camisa hawaiana?, ¿en serio, tío?
—He aterrizado en Nueva York dos horas antes del evento, no me juzgues.
Por primera vez, no es una excusa barata. Mi vuelo desde Colorado se ha retrasado a causa de una avería, por lo que me he quedado sin tiempo de buscar algo de ropa elegante para la fiesta.
Aunque, a quién voy a engañar, odio los trajes; probablemente habría optado por lo mismo. La temática eran los viajes paradisíacos. ¿Qué hay más paradisíaco que Hawái?
—¿Eso que tienes en la cara es pintalabios?
Por supuesto que se ha dado cuenta.
Se inclina sobre la silla, levanta las cejas y me mira expectante. No va a dejarlo estar. Resoplo, resignado.
—Dahlia Harris —respondo a regañadientes. Desvío la mirada de la pantalla para no ver su reacción, pero la oigo. Andrew suelta un grito ahogado—. No te emociones: claro que no es lo que piensas.
¿El colmo de mi enemistad con Dahlia Harris? Que mi mejor amigo la adora.
—Estaba deseando sacar el tema, agradezco que lo hayas hecho tú. —Ojalá no hubiera tenido que darle el gusto—. ¿Has hablado con ella?
—La parte más memorable de la noche —contesto con sarcasmo—. Tan amable como siempre y con un aliento fresco, como mentolado.
Le hablo de nuestros dos encontronazos, cómo ella ha chocado conmigo, haciendo que derramase mi copa recién servida, sus miradas de superioridad y la forma en la que me ha devuelto el golpe, no con palabras afiladas, sino con un beso del que todavía queda rastro en mi piel.
Por lo menos, yo también he podido devolvérsela.
No ha sido fácil resistirme a no hacer ningún comentario sobre la hoja de menta que tenía incrustada entre sus dientes blancos, brillantes y perfectamente alineados, rompiendo esa armonía; era difícil no fijarse.
Pero sabía que mi esfuerzo valdría la pena, ya estoy disfrutando al imaginarme su cara cuando se dé cuenta de la gran cantidad de fotos «perdidas» por no lucir todo lo perfecta que ella se cree siempre.
Enarco las cejas solo de pensar en ello.
—Te ha dado un besito. —Andrew se burla. Y lo disfruta.
—No vuelvo a contarte nada.
Cojo el móvil del sitio en donde estaba colocado y me dirijo al otro extremo de la habitación, hacia el baño.
A diferencia de la mayoría de la gente, me gustan las habitaciones de hotel sencillas, con una cama cómoda y un baño solo con lo esencial. Lo mínimo para entretenerte lo menos posible e irte. No deberías recordar un hotel por encima del lugar que visitas.
No somos demasiados los que nos alojamos en las habitaciones de este hotel que Travelator ha reservado para nosotros.
La mayoría de los influencers ya viven en Nueva York por las mayores oportunidades laborales que ofrece, y somos pocos los que preferimos movernos a la gran ciudad solo cuando es realmente necesario, durante un par de días como mucho.
No lo hago solo por su tamaño. Nueva York es muy distinta a Holland, el pequeño pueblo que me vio crecer, perdido en algún punto del norte de Míchigan, bañado por un gran lago y que, según las guías turísticas, puedes visitar en medio día.
Aunque ambos lugares tienen los inviernos más fríos que yo he vivido jamás.
Creo que no sería capaz de quedarme en ninguna de ellas (ni en ningún sitio, en realidad) durante mucho tiempo.
Y es que, joder, el mundo ahí fuera es enorme, ¿por qué conformarse con vivir en un solo lugar el resto de tu vida? Yo quiero verlo todo.
Por esa razón, desde el momento en que llegó el correo a mi bandeja de entrada con esta oportunidad, supe que iba a aceptar la propuesta.
Andrew me dijo que esperásemos al menos media hora para contestar y no parecer desesperados, pero tardamos poco tiempo en escribir la respuesta y la enviamos veintiocho minutos después de recibir el mensaje.
Además, nos daban absoluta libertad para crear nuestro contenido y el contrato no era exclusivo, lo que significaba que podría seguir grabando la experiencia para mis redes sociales personales y cumplir con el reto que tenía entre manos.
Tengo que ganar el premio de creador revelación del concurso que organizan las plataformas más influyentes del panorama internacional.
Pero no solo mi contenido tiene que ser escogido como ganador.
Para poder ser candidato, necesito contar con un número de seis ceros de seguidores: la barrera del millón. Ese mismo valor tiene el premio.
Estoy muy cerca y un viaje sin fechas y sin rumbo fijo es justo lo que necesito.
Busco un sitio en el baño donde posar el teléfono; acabo optando por el lavabo y levanto la tapa del váter.
—¿Algo interesante sobre ella y Wyatt? —insiste con el tema.
—Los dos estaban en la fiesta —digo simplemente, consciente de que estoy consiguiendo exasperar a mi amigo.
A él le gusta llevarme por terrenos pantanosos y hacerme preguntas incómodas que ni me van ni me vienen. A mí me gusta hacerme el loco en la mayoría de los casos para salirme con la mía. Así funciona nuestra relación.
—¿Por qué tanto interés por ella? —pregunto.
—Me gusta la chica, está más buena que el pan. Y, al fin y al cabo, vais a hacer esta colaboración juntos.
Juntos no es exactamente la palabra. Más bien significa que hemos compartido durante unas horas un espacio no lo suficientemente grande para los dos con otros veinte influencers antes de que cada uno coja un vuelo hacia una parte distinta del planeta.
La agencia nos divide en grupos y la aplicación escoge al azar nuestros destinos.
Eso es lo que pasará, ella y yo manteniéndonos bien lejos durante las próximas seis semanas, como debe ser.
—Perdóname por sentir curiosidad por la chica que siempre te saca de tus casillas desde que la conoces.
Tiene razón, lo nuestro fue odio a primera vista. Ella, con su comportamiento ególatra, aspecto perfecto y un palo metido en el culo. Yo, con mis comentarios absurdos para combatir los nervios. No resultó una buena combinación. Continúa sin serlo.
—Gracias por recordármelo, sigo tratando de olvidarlo.
—Esa chica es difícil de olvidar y más con todos estos titulares.
—Es una buscaproblemas.
—¿Eso crees?
—Es una niña mimada y estirada que siempre tiene la necesidad de llamar la atención y demostrar que es superior a los demás.
—Es una descripción muy gráfica.
—Me sorprende que hayan contactado con ella para la campaña, y todavía más que no hayan rescindido el contrato con todo lo que ha pasado.
—¿No crees que es exactamente lo que quieren? Ella es una mina de oro que acaparará toda la atención.
—No en el buen sentido.
—En el bueno o en el malo, es lo que buscan. Todo el mundo va a estar pendiente de Dahlia Harris.
—Me compadezco de las pobres almas que tengan que viajar con ella estas semanas.
Me lavo los dientes, consigo borrar los rastros de carmín que todavía quedaban en mi mentón y vuelvo al dormitorio.
En ese tiempo, se instaura un silencio que es solo eso. Los silencios entre nosotros no tienen más significado que la falta de ruido; no hay tensión, incomodidad ni fragilidad. Solo nosotros respirando juntos, estando juntos a pesar de no estarlo.
Andrew es mi mejor amigo, mi hermano postizo y mi mayor debilidad. Formamos parte de la vida del otro desde que nací, un par de días después que su hermana pequeña, y nos llevaron juntos a casa. Siempre fueron nuestros vecinos de enfrente, pero tras ese momento, se convirtieron en nuestra familia.
Desde que tengo uso de razón, he querido ser como él. Lo perseguía por todo el pueblo buscando siempre aprobación por su parte. Él dejaba que lo siguiera y me cuidaba. Siempre está cuidándome. Aún lo hace ahora.
Estoy tumbado sobre la cama, mirando al techo y sosteniendo el móvil por encima de mi cabeza con un brazo.
Estoy agotado y empiezan a cerrárseme los ojos, pero no quiero ser yo el que cuelgue.
No cuando sigue habiendo una cosa que quiero preguntarle.
Abro la boca para hablar, pero él se me adelanta.
—Seis semanas, eso es mucho tiempo.
—Hemos pasado períodos más largos sin vernos —le digo para reconfortarlo, pero ya sé por dónde va la cosa—. ¿Todos por allí están bien?
—Sí, todo sigue como siempre. Tu padre, hasta arriba de trabajo, nuestras madres liderando el club de lectura, y nuestra querida hermana —me gusta que hable de Taylor, su hermana, como «nuestra»; hasta ese punto somos familia, una extensión el uno del otro— está ayudando a Ted en el bar estos días.
Para de hablar por unos segundos, como si estuviera pensando qué más decir... o si decir más. Finalmente lo hace.
—Abby también está bien, está enorme... Deberías llamarla.
«Debería hacer muchas cosas», pienso, pero no lo digo en voz alta. Aún no se ha agotado mi tiempo.
Andrew es quien vuelve a hablar y, para mi sorpresa, cambia de tema.
—Mañana es un gran día, sería mejor que descansaras. ¿Lo tienes todo preparado?
—¿Cuándo he preparado yo mi equipaje el día anterior? Lo mío es ir al límite.
—Ya, bueno, tú eres el loco de los dos —dice, pero ambos sabemos que eso es mentira—. No pierdas el vuelo.
—Claro que no, mamá. Prometo portarme bien y llamarte todas las noches.
—Vete a la mierda, capullo. Te quiero.
—Y yo a ti.
Él cuelga primero y yo me quedo embobado mirando la pantalla que ahora se ha vuelto negra.
Mis conversaciones con Andrew siempre me despiertan sentimientos encontrados.
Es una de las personas más importantes de mi vida, de la que nunca tengo suficiente; por eso muchas veces me gustaría volver al principio, a aquel contacto 24/7 a pesar de estar lejos, pero, inevitablemente, un aparato de por medio siempre va a significar distancia.
Cada uno está en un lugar... y yo a veces siento que no estoy en el correcto.
Desbloqueo el móvil para compartir uno de los vídeos que he grabado en la fiesta y que he olvidado subir; no es de muy buena calidad, mi pulso no es firme y mucha gente se cruza, bloqueando la vista principal con el logo de la marca, pero a mí me gusta; no se ve forzado.
También publico algunas fotos en Instagram, a pesar de ser más de las tres de la madrugada. Como viajo tanto, los husos horarios para mí no existen. No es mi red social favorita, pero tiene mucho peso, así que Andrew siempre me dice que debo mantenerme activo; además, atrae muchas oportunidades.
Lo último que hago es activar la alarma para mañana temprano; programo cinco avisos, sabiendo que ignoraré los cuatro primeros.
Entonces cierro los ojos y, no sé por qué, en lo último que pienso antes de dormirme es en las palabras de Andrew diciéndome que no llegue tarde ni pierda el avión.
Una de esas cosas termina ocurriendo y, la otra, hubiera deseado que también.