Cualquier destino menos contigo Capítulo 4
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Capítulo 4

Dahlia

Hay muchas cosas que me molestan, pero, si tuviera que hacer un ranking , lo encabezarían los malos modales, la impuntualidad e Ethan Adams. La última de ellas, en mayúsculas.

—Mierda, está claro que me he equivocado de puerta.

Y el sentimiento es mutuo.

Ethan Adams es la típica persona que copia un chiste pero consigue que la gente se ría solo cuando lo cuenta él.

A todo el mundo le cae bien, muchos dicen que es la gran revelación de las redes sociales de los últimos años.

Yo, en cambio, no lo soporto. Suele llegar tarde a todas partes, no es capaz de tomarse nada en serio y siempre logra salirse con la suya sin esfuerzo.

—¿Tú no sabes llegar a la hora que se te dice? —le espeto obviando su comentario. Disminuyo el tono de voz para no atraer la atención del resto de las personas a nuestro alrededor, que siguen con la mirada puesta en Bowen dando su discurso.

—Ya sabes lo que dicen, flor: lo bueno se hace esperar.

«Flor». Hago una mueca cuando oigo ese apelativo que emplea especialmente para mí con el único objetivo de irritarme. Ni siquiera se molesta en ser original. Lo odio y él lo sabe. Por supuesto que lo sabe.

—A veces es mejor que lo bueno no aparezca —mis ojos lo analizan de arriba abajo antes de volver a encontrarse con el color azul de los suyos— para no llevarte una decepción.

Pone los ojos en blanco y yo le muestro una sonrisa forzada y complaciente por haber ganado esta ronda.

Bowen continúa hablando de su trayectoria y de los inicios de este proyecto, lo cual no puede interesarme menos en este instante. No cuando la figura de Ethan está a tan solo unos metros de mí, distrayéndome.

Somos casi de la misma altura; los pocos centímetros que tengo de ventaja se los debo a los tacones de aguja que calzo ahora mismo.

Su cabello rubio y largo está peinado hacia atrás sin mucho interés y unos cuantos mechones le caen sobre la frente.

Sus ojos claros resaltan en contraste con su piel morena.

La distancia entre nosotros es prudencial y ninguno tiene ganas de acortar el espacio, pero ¿por qué no lo amplía y se mueve? Yo estaba aquí antes.

Por lo menos así no tendría que ver con el rabillo del ojo cómo su cuerpo se balancea lentamente hacia delante y hacia atrás y sus brazos no paran de moverse a ambos lados de su torso.

Mientras algunos no se han molestado en seguir el código de vestimenta, Ethan Adams te hace replantearte si es adecuado siquiera para un evento de este calibre.

Es como si le hubiera vomitado un arcoíris encima, pero sin tener en cuenta la combinación de colores primarios.

Viste una camisa hawaiana de colores llamativos y un pantalón de tela blanco y holgado. Por Dios, ¿lleva unas chanclas?

—Os doy las gracias, de corazón, a cada uno de vosotros por haber creído en este proyecto y decidir formar parte de él.

—Se oyen algunos aplausos tímidos y solitarios antes de tiempo—.

Espero que disfrutéis al máximo de la experiencia, que creéis mucho contenido y que vuestros seguidores se enamoren de vuestro viaje y de nuestra aplicación.

Un brindis por Travelator y... ¡que empiece la fiesta!

Todo el público levanta sus copas y luego se las lleva a la boca entre risas y aplausos, ahora sí, más sonoros.

Yo no tengo ninguna en mis manos, pero pretendo ponerle solución a eso.

Me giro de un lado a otro buscando a alguno de los camareros que pasean por la sala con sus bandejas y entonces me doy cuenta de que Ethan ha desaparecido.

Con suerte, se mantendrá fuera de mi campo de visión el resto de la velada.

Sin éxito a la hora de conseguir una copa de champán, me dirijo a la barra con la intención de pedir un cóctel más apetitoso, nunca he sido fiel admiradora de las burbujas.

Capto inmediatamente la atención del barman, que enseguida se pone a cumplir mi demanda.

El resultado es una bebida de color anaranjado en un vaso de cuello ancho, mucho hielo, pequeñas hojas de menta y una rodaja de naranja con cereza.

Es una combinación arriesgada, pero a mí me encanta.

Cuando me dispongo a cogerlo, el joven me frena rozando sus dedos con los míos y entonces hunde una sombrilla diminuta de papel en el interior de mi vaso. Se me escapa una sonrisa.

—¿Y esto?

—Por ser la mujer más atractiva de la noche.

—No sabía que era una competición.

—No lo es. Ni siquiera hay competencia.

Le sostengo la mirada. Estoy acostumbrada a recibir este tipo de atenciones y piropos por parte de hombres y mujeres, no voy a fingir que causan un efecto en mí mayor que pura satisfacción y alimento para mi ego. Por eso no aparto la vista, lo que provoca que el chico se ponga nervioso.

—¡Estás aquí! —Maia aparece en el mismo momento en el que Bowen ya ha bajado del escenario y la música empieza a sonar a todo volumen—. ¿Qué tal la fiesta?

—Un discurso muy largo y la presencia insoportable de Ethan Adams, pero el alcohol sigue llegando, así que no todo es malo —resumo, esta vez levantando mi copa e invitando a mi agente a compartir el brindis.

—¿Ethan está aquí? —Maia se inclina sobre las puntas de sus pies y comienza a inspeccionar cada rincón de la sala sin ningún disimulo.

Mi expresión de desconcierto y desaprobación habla por sí misma; ella se gira para mirarme y se encoge de hombros—.

¿Qué? Puede que sea un demonio, pero a mí me pone tan caliente como el infierno del que ha salido.

—¡Maia!

Me hubiera gustado arrancarme las orejas un poco antes para no haber oído eso. La chica es una bruta, nadie diría que ha estudiado en una de las mejores universidades del país.

Puedo admitir que Ethan es guapo físicamente, pero todo su atractivo se desvanece en el instante en el que abre la boca, a veces incluso antes.

—¿Has visto a su representante en la reunión? —pregunto.

—No ha venido; había un par de sitios vacíos. Lo cierto es que nadie sabe qué agencia lo dirige. A veces pienso que lo lleva todo él mismo.

Eso lo dudo mucho. Ethan Adams se dio a conocer hace relativamente poco en el universo de las redes sociales, sus cuentas de YouTube y TikTok apenas tienen un par de años de vida, pero en este tiempo ha logrado formar una comunidad amplia de fieles seguidores y los vídeos con sus estupideces no suelen dejar indiferente.

Sé que no está demasiado interesado en la publicidad, pero, aun así, cuando alcanzas cierto número y fama, resulta imposible llegar a todo lo que hay detrás.

Pero eso, como la mayor parte de su vida privada, sigue siendo un misterio. No es que me interese, ni mucho menos, pero digamos que a mi algoritmo le caigo peor que a la prensa rosa y ha decidido ignorar mis sucesivos «No me interesa» en sus vídeos para mostrarme un mayor número de ellos si cabe.

—¿Alguna pista de los grupos que han elegido para los viajes?

—No han soltado prenda, pero me han vuelto a asegurar que todo está bajo control, lo que significa que no vas a tener que preocuparte por Wyatt y Nicole.

Pero no solo debo preocuparme por ellos. Sé que, en esta historia, yo soy la villana y que todo el mundo se ha creído la misma versión.

Me lo he ganado a pulso. El rencor y el orgullo dañado vencieron mi cordura y autocontrol cuando no era el momento. Tengo lo que me merezco.

Eso no significa que esté de acuerdo.

—¿Te saco unas fotos? —pregunta Maia dando un sorbo a su bebida de color azul.

Asiento con la cabeza y agradezco que se adelante a mi petición. Al principio sacaba unas fotos horribles, pero me conmovió ver lo mucho que se esforzaba por tratar de adaptarse a los ángulos que siempre busco. Ahora saca unas decentes, algunas incluso son buenas.

Miro a la cámara del móvil mientras Maia pulsa el botón muchas veces.

Analizo las capturas meticulosamente, todas desde el mismo enfoque y con mínimas diferencias, y selecciono la ganadora.

Corrijo un poco la luz y el color y la subo a mis historias de Instagram junto al hashtag de la campaña y la mención a la marca.

Veo a los primeros valientes lanzarse a la pista de baile para moverse al ritmo de la música. Tiene demasiados decibelios, lo que hace que retumbe por todo el salón.

Maia, por supuesto, es una de ellas, pero yo no tengo intención de seguirla, así que aprovecho que tengo libre todo el espacio que quiero para hacer una foto de la enorme sala.

Doy unos pasos hacia atrás e inclino mi cuerpo con la intención de capturar las luces parpadeantes del techo que se mueven de un lado a otro, pero en mi camino tropiezo con algo... o más bien alguien.

Y su copa.

Pequeñas gotas me bañan los pies. Por suerte me aparto lo suficientemente rápido para evitar que rocen el vestido. Todavía estoy centrada en el daño que han podido sufrir mis tacones cuando distingo sus chanclas fosforitas.

—Controla esa copa.

—Y tú mira por dónde vas, flor, no vaya a ser que te caigas. —Esa voz grave y burlona. Esa. Maldita. Voz.

—Seguro que tú, como buen caballero que eres, evitarías esa tragedia.

—Sería mi intención más noble. —Muestra una sonrisa agria y forzada. Los dos tenemos que gritar para oírnos por encima de la música—. Pero es muy probable que llegase tarde, ¿no crees?

Se me escapa una risa seca y muevo la cabeza, que comienza a echar humo, de un lado al otro.

—¿Qué? ¿No tienes preparada ninguna respuesta afilada para mí, Dahlia? Yo que empezaba a sentirme especial.

Odio que me llame «flor», pero también que pronuncie mi nombre así. Lo hace de una manera extraña, alargando mucho la letra inicial y recreándose en la i, supongo que debido a su acento de Míchigan.

—Lo único especial aquí es que solo nos vemos cuatro veces al año.

—¿Solo? A mí me parecen más que suficientes.

Pongo los ojos en blanco, este chico tiene un comentario para absolutamente todo. Después de que él haya chocado conmigo, nuestras miradas siguen enfrentadas; ninguno de los dos está dispuesto a ceder.

Quiero deshacerme del sentimiento incómodo que me provoca, como si tuviera una piedra en el zapato que se hace notar a cada paso que doy. Ethan hace eso, el espacio nunca es lo bastante grande para no sentirme afectada por su presencia. Hace que me hierva la sangre.

Pero él sigue plantado delante de mí, sin moverse y analizándome con precisión. Tiene su atención puesta en mis labios ligeramente separados. Quiero decir algo que le borre esa sonrisa socarrona. No lo soporto.

Si él no quiere moverse, yo tampoco voy a hacerlo.

—¿Tengo monos en la cara o qué? —suelto finalmente.

He tenido que gritar e inclinarme un poco en su dirección para que pueda oírme.

Él niega en silencio y, en un gesto que no veo venir, da un paso adelante acortando el espacio entre nosotros y ladea la cabeza.

—Deberías sonreír más si no quieres que la gente piense que has cogido una rabieta —dice contra mi oído. Sus dedos rozan mi piel cuando apartan un mechón de mi flequillo y lo colocan detrás de la oreja.

El gesto me pilla desprevenida, pero no me aparto.

«¿A qué viene esto?».

—¿Te has dado un golpe en la cabeza?

—¿Siempre llevas los labios rojos?

Definitivamente se ha golpeado la cabeza y ha quedado más tonto que antes, que no es decir poco.

—Si te gusta el color, te lo presto —respondo y, a continuación, hago algo muy impropio de mí: le planto un beso sonoro en la barbilla.

Él no reacciona a tiempo y mi carmín deja la marca de mis labios sobre su piel, que es más suave de lo que imaginaba.

Esto es muy poco profesional, pero este chico siempre consigue sacarme de mis casillas. Tan solo necesita una pequeña chispa para hacer arder la mecha.

—¿Qué demonios haces?

—Es que creo que el rojo verdaderamente es tu color. —Lo veo tratando de borrar los restos de pintalabios de su mentón, pero solo lo emborrona y extiende más—. Buena suerte, es de larga duración.

—¿Te has aficionado a ir besando a todo el mundo por ahí o llevabas tiempo aguantándote las ganas?

—Ahora mismo estoy aguantando las ganas de vomitar.

Entonces hace algo que me descoloca: sonríe. Desvía su atención de mí por primera vez y gira la cabeza para encontrarse con uno de los fotógrafos contratados cerca de nosotros. Con solo levantar el brazo, hace que se acerque.

—Ella es una de las estrellas de la noche, así que aprovechad para sacarle fotos, no vaya a ser que desaparezca otros dos meses.

«Será estúpido».

—Y tú, flor —vuelve a clavar su mirada en mí—, enséñales tu mejor sonrisa.

No sé qué demonios significa eso, pero, antes de que pueda reaccionar, me da la espalda y se marcha.

Yo me quedo plantada en mi sitio, confusa y siguiéndolo con la mirada hasta que finalmente lo pierdo de vista.

Aunque ya no puedo verlo, sé que sigue con esa maldita sonrisa de superioridad dibujada en la cara.

Por lo menos, no ha salido impune.

A su favor diré que se mantiene alejado de mí lo que queda de noche, o por lo menos nuestros caminos no vuelven a cruzarse. Dos veces en un par de horas han sido más que suficientes.

Me giro y presto toda mi atención al fotógrafo que espera paciente y también a sus compañeros, que poco a poco me van abordando durante el resto de la velada.

Muy a mi pesar, sonrío, aunque no me gusta sentir que estoy haciéndole caso a Ethan, y consigo deshacerme de esa sensación de desequilibrio que este provoca en mí.

Incluso logro sacármelo a él y sus comportamientos extraños por completo de la mente.

Pienso que lo que empieza bien tal vez puede terminar bien, al fin y al cabo.

Por supuesto, estoy equivocada.

Es al día siguiente, viendo las fotos colgadas en la página web y compartidas en redes sociales, cuando me doy cuenta del motivo de la sonrisa socarrona de Ethan y de su comentario de despedida.

Desde luego al cabrón no le gustaba mi sonrisa; sus cinco años mentales hicieron que solo quisiera que todo el mundo disfrutara viendo de cerca la hoja de menta que tuve pegada entre los dientes toda la noche.