Cualquier destino menos contigo Capítulo 3
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Capítulo 3

Dahlia

«PENSÉ QUE DEJAR EL FÚTBOL ME HARÍA PERDERLO TODO… PERO FUE ELLA. ME HUMILLÓ»

Visiblemente muy afectado, así responde Wyatt, exestrella de los Giants, las preguntas sobre su exnovia y exprometida Dahlia Harris, quien lo plantó con un «simple» beso con otro hombre delante de todos.

La fiesta comienza en menos de dos horas y todavía no estoy vestida. Me he pasado los últimos treinta minutos con la mirada fija en todas las cajas que están dispersas por la enorme habitación de hotel que se ha convertido en mi casa estas últimas semanas.

No he abierto ninguna todavía. Me abruma que haya tantas y, al mismo tiempo, me sorprende que sean tan pocas.

¿Cuál es la cantidad media de cosas que una persona acumula a lo largo de su vida?

¿Deberían caber más de cuatro años en tan solo unas cuantas cajas de cartón?

¿Es normal que, aunque estén llenas, las sienta tan vacías?

Wyatt había sido rápido deshaciéndose de todo y llenando de nuevo el espacio, otra señal del vacío que verdaderamente ocupaba y lo fácil que le fue sustituirlo, porque nunca hubo nada, para empezar.

El sonido de mi móvil me saca de mis pensamientos. En la pantalla, uno de los nombres que llevo evitando desde hace dos meses. Pero, viendo que falta poco más de una hora para un evento importante y que no tengo nada que ponerme, descuelgo.

—Has hecho bien en coger el teléfono, niña; esta era la última vez que iba a llamarte.

—¿Qué quieres? —pregunto sin más.

—Comprobar que estás viva. Las malas lenguas dicen que has vuelto a la vida pública. —Para Romuald, mi diseñador favorito y estilista personal, «las malas lenguas» son las revistas del corazón.

Llevo trabajando con él desde que empecé mi carrera como modelo, pues fue el primero dispuesto a darme una oportunidad sobre las pasarelas de la alta costura, a quien luego, cuando mi fama despegó, le dejé hacer uso de mi nombre con gusto, como una especie de agradecimiento. Compartimos una simbiosis extraña.

A veces creo que Romuald ha actuado como un padre para mí más que el mío propio, y ni siquiera sé cuál es el nombre de su segundo marido o dónde está su casa de vacaciones.

—Mi cara está por todas partes, es como si no me hubiera ido.

—Que sea la última vez que ignoras mis mensajes.

Y de este modo zanja este tema de conversación. Con Romuald es así: quiere que le presten atención cuando y como él quiere. Todos bailan a su son, no por nada es uno de los mejores diseñadores del planeta.

Yo también lo he hecho. Solo que, desde hace años, monto mi propia coreografía, pero él siempre ha estado observando.

—No sé qué llevar esta noche...

—Vas a tener que arreglártelas tú solita.

—¿Me estás castigando por haber estado ignorándote?

—¿Lo admites? —Pongo los ojos en blanco, aunque no pueda verme—. No necesitas ayuda, Dahlia mía. Pero en una de esas cajas con tu ropa de verano tienes un vestido de encaje espectacular.

—¿Cómo sabes...? —Cuelga sin dejarme terminar la pregunta. Típico de Romuald.

Recibo entonces un mensaje de Maia diciéndome que ya viene para aquí, al mismo tiempo que la notificación de una nueva exclusiva relacionada conmigo aparece en la pantalla.

No estoy de humor para esto. Nadie debería ver su cara en la portada de una de las revistas más famosas de cotilleos sin previo aviso. Por los motivos equivocados, claro.

Se trata de una entrevista que le han hecho a Wyatt y en la que no ha estado solo. Me avergüenza decir que leo tantas veces ese artículo que acabo memorizando algunas frases que hacen que mi sangre hierva.

—Puede irse a la mierda —digo en voz alta, aunque no haya nadie para oírme o ver mi leve sonrisa.

Cuando Maia llama a la puerta de mi habitación, todavía estoy buscando el vestido entre todas las cajas, pero finalmente consigo estar lista cinco minutos antes de que el chófer venga a recogernos para poner rumbo a la fiesta.

—¿Has visto qué pinta tienen esos canapés?

Maia señala los platos llenos de comida que la empresa de catering aún está terminando de colocar. Los canapés son su debilidad.

Seguimos la dirección que nos indica el personal hacia la inmensa sala que ha reservado la agencia turística en uno de los hoteles más exclusivos de Nueva York. Tienen buen gusto, eso debo admitirlo.

Vamos agarradas del brazo, nuestros pasos sincronizados para avanzar sin tropezarnos.

Como modelo, estoy acostumbrada a caminar sobre las alturas y cargar con exuberantes decorados a mis espaldas.

Maia, por el contrario, no soporta ni un tacón bajo, así que casi todo su peso recae en mí mientras intenta andar recta.

Me siento de nuevo como en el desfile de Victoria’s Secret en el que desfilaba con unas enormes alas doradas de más de cinco kilos. En este caso, Maia es las alas.

No somos las primeras en llegar, pero tampoco las últimas.

Todos los presentes han intentado cumplir con el dress code lo mejor que han podido.

Por supuesto, muchos no lo han conseguido.

La mayoría ha ido a lo seguro apostando por el color más evidente, el azul del mar.

Conjuntos de dos piezas, estampados florales con tirantes finos y enseñando mucha piel.

Todos me parecen demasiado sencillos y predecibles.

La fiesta es excesivamente formal para tratarse solo de una campaña de publicidad. Quieren hacer de estos viajes un espectáculo que la gente pueda seguir en vivo y en directo. Y nosotros somos sus protagonistas.

Noto todas las miradas puestas en mí y, en vez de sentirme cohibida, abrazo la atención que me brindan. Solo me hace estar aún más orgullosa del outfit que he escogido.

Me he inspirado en la moda ibicenca con un vestido largo blanco de malla transparente, con mangas y cuello de encaje bordado, que deja entrever el traje de baño de dos piezas multicolor que luzco debajo: uno de los bikinis que serán tendencia este verano, una braga alta y dos triángulos que terminan unidos por tiras finas y brillantes.

La textura es espectacular y el conjunto causa todavía más impacto.

Cuando he visualizado el look en mi cabeza, lo he tenido claro.

Además, he terminado recibiendo el visto bueno de Romuald, así que no había nada más que hablar.

Maia ha optado por un estilo más conservador: le he prestado uno de mis vestidos de satén amarillo, un color que, al contrario que al resto de la población, le favorece mucho, a pesar de su piel blanquecina.

Es ajustado, se amolda perfectamente a su figura delgada y tiene una abertura que deja entrever una de sus piernas.

—Hola, Dahlia, ¡estás espectacular! —Destiny Wallas, influencer desde que cumplió los dieciocho, es hija de un importante y conocido matrimonio de Hollywood. Más que acostumbrada a vivir entre cámaras, no le costó captar la atención cuando se propuso hacer de ello su trabajo.

—Tú también —respondo con una sonrisa.

Destiny me cae bien. Nos seguimos en redes sociales y hemos coincidido en un par de eventos al dedicarnos al mismo sector, que es el de la moda.

Le ofrecieron la oportunidad de desfilar hace un par de años para celebrar el aniversario de la colección de una prestigiosa firma de alta costura.

Ella lo rechazó por no tratarse de una profesional sobre la pasarela. Desde entonces tiene mi respeto.

Me refugio en ella y en algunas de las personas que se van uniendo a nuestra conversación... hasta que diviso una figura esbelta y morena acercándose.

—Dahlia. —La chica se inclina para darme dos besos a modo de saludo. Una de sus manos acaricia mi hombro—. Te he echado de menos.

Nicole Rousell había sido mi primera y única mejor amiga.

También es modelo, pero, al contrario de lo que me pasó a mí, triunfó antes como influencer , trabajo que más tarde le abrió las puertas de las pasarelas al despertar interés entre algunos diseñadores.

No podemos ser más diferentes, pero a mí me gustaba pensar que nos complementábamos.

Probablemente la altura sea lo único que tenemos en común.

Su piel tostada no hace sino acentuar el color miel de sus ojos y su cabello liso.

Sus pestañas son rectas y sus labios, gruesos, que antes solía llevar al natural, pero desde hace un tiempo se los pinta de colores intensos, acercándose a mi característico color rojo.

Solía venir a casa todos los sábados y domingos, a veces incluso dormía allí varios días a la semana. A Wyatt no le importaba, ellos también se llevaban bien. Éramos los tres contra el mundo.

—No me has llamado —digo, con voz tranquila.

Ella asiente con la cabeza sin romper el contacto.

—Te conozco, supuse que querrías estar sola —responde con dulzura.

«Por supuesto que me conoce —pienso—. Era mi mejor amiga».

—Gracias.

Las dos mostramos la misma sonrisa forzada. Está claro que, después de dos meses, algo ha cambiado entre nosotras. Y tal vez hayan sido mis muros de cristal.

Hablamos hasta que el director ejecutivo de la empresa que nos ha contratado se dispone a subir al escenario para hablar. Varias personas se acercan para saludarnos y yo esbozo una sonrisa y finjo aprenderme sus nombres, pero acaban siendo demasiadas.

Maia se ha ido hace rato a la reunión que habían programado para todos los agentes y todavía no ha regresado. Va a sentirse muy decepcionada cuando descubra que se han terminado los canapés.

Las puertas ya están cerradas y las luces se vuelven tenues, generando un ambiente bastante agradable. Un sonoro aplauso recibe a un joven de alta estatura y cabello oscuro.

Zhou Bowen, a sus veintinueve años recién cumplidos, se ha posicionado rápidamente en los puestos más altos de la revista Forbes de jóvenes emprendedores por su idea de negocio basada en los viajes.

Su compañía ha recaudado millones de dólares en los pocos años que lleva activa y ya cuenta con un gran número de accionistas.

Ni siquiera ha tenido que hacer uso de sus orígenes.

Es hijo de un destacado empresario multimillonario chino, de familia tradicional, muy conocida en el sector de los negocios.

Su última apuesta, la aplicación Travelator, es una estrategia para expandir su mercado a las nuevas generaciones y esperan que sea su siguiente paso hacia el éxito.

—Buenas noches, damas y caballeros. Aunque quizá debería dejarme de formalismos. Al fin y al cabo, en menos de una semana todos andaremos perdidos en algún lugar del planeta con chanclas y pantalones cortos.

El público se ríe, él muestra su mejor sonrisa y continúa hablando. Está claro que no le intimidan las multitudes; se mueve con gracia sobre el escenario y desprende seguridad.

Mi concentración se dispersa cuando siento unos ojos clavados en mí.

Al principio trato de ignorarlo; gracias a mi carrera me he convertido en una experta a la hora de controlar el efecto que tienen las miradas de la gente sobre mí y a utilizar su atención a mi favor.

Pero este caso es distinto. Porque nunca estoy preparada para encontrarme con los ojos que sé que veré cuando gire la cabeza. Aun así, lo hago, porque puede que sigan provocando un efecto catastrófico en mí, pero haré todo lo posible por fingir lo contrario.

Wyatt me observa atentamente desde uno de los lados del salón. Está apoyado en la barra y Nicole está junto a él, ajena a nuestro cruce de miradas.

Antes, me gustaba ver la complicidad que había entre ella y Wyatt.

¿Ahora, en cambio? No tanto. Como he dicho, yo desaparecí y ella no se molestó en intentar encontrarme. Ni un solo mensaje. Supongo que ha elegido de qué lado está. Al fin y al cabo, su padre y ella son socios de los Giants, el equipo en el que jugaba Wyatt antes de lesionarse.

Me quedo quieta, Wyatt tampoco se mueve. Podría decirse que son nuestros ojos los que están comunicándose, pero en realidad hay poco que decir cuando nuestras acciones ya lo han dicho todo.

Mi corazón se acelera; quiero apartar la vista y moverme hacia el extremo que quede más lejos de donde está él en este momento, pero mi orgullo me lo impide. Y sé que el suyo lo obliga a seguir mirándome.

El sonido seco y metálico de la puerta detrás de mí me sobresalta, pero él es el primero en apartar la mirada en esa dirección. Me giro para ver de qué se trata, agradeciendo la interrupción que me ha permitido salir como vencedora.

Hasta que veo su cara.