Cualquier destino menos contigo Capítulo 2
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Capítulo 2

Dahlia

Todos los famosos han dicho alguna vez cuánto desearían ser una persona totalmente anónima para poder pasar desapercibidos. No lo entendía, siempre pensé que mentían.

¿A quién no le gusta que lo reconozcan con tan solo el sonido de su nombre?

A todo el mundo le encanta sentirse admirado. Si te admiran, significa que estás haciendo las cosas bien.

La falta de intimidad es compensada con el exceso de atención. Yo siempre estaba lista para recibirla. Incluso cuando sabía que eso podía destruirme.

Me dejé llevar y actué, mis labios se plantaron encima de los de Finn McLean sin previo aviso.

Para mi sorpresa, los recibió con ganas, casi hambriento.

Solo oía los gritos de los periodistas que se arremolinaban a nuestro alrededor mientras sentía los flashes de sus cámaras inundándonos con su luz cegadora.

No conocía a Finn McLean, al menos no personalmente, aunque supongo que haber compartido una sesión de fotos en ropa interior tuvo que servir para algo.

Los dos somos modelos de alta costura muy cotizados y sabemos cómo sacarle el máximo partido a una foto. Y vaya si lo hicimos.

Dos meses después, nuestro beso todavía encabeza portadas de revistas.

Una parte de mí pensaba que sería fácil volver y fingir que nada había pasado. El tiempo avanza rápido y en las redes sociales puede llegar a alcanzar los doscientos kilómetros por hora. No sería la primera vez que algo así queda en el olvido de la misma forma que estalla, de repente.

Al parecer, no es mi caso. Quise castigar esa parte de mí que había hecho que me aferrara a ese deseo, pero no calibré las consecuencias, como si no conociera de sobra este mundo digital, podrido con mentiras y altas expectativas.

—¿Cuánta bronca me voy a llevar? —pregunto finalmente, sin soportar durante más tiempo el escrutinio de Maia.

Tiene los brazos cruzados a la altura del pecho y me está mirando fijamente con sus ojos con forma almendrada, oscuros como su cabello negro, el cual termina en brillantes puntas de color violeta.

—He tenido más trabajo que en todos los años que llevamos juntas. Laboralmente hablando, no puedes desaparecer así nunca más.

—¿Laboralmente?

—Ese tío es un cabrón, le diste su merecido. Jamás me cayó bien y, además, se está quedando calvo.

Se me escapa una risa por primera vez en estos dos meses. Las dos sabemos que eso no es verdad, pero sienta bien tener a alguien que esté de mi lado, aunque sea solo porque es mi agente.

Conocí a Maia Roberts hace más de seis años de una manera distinta a la que todos se imaginan.

Yo empezaba en el mundo del modelaje y ella era una becaria en una asesoría donde no le hacían demasiado caso y mucho menos le pagaban lo merecido; qué digo, ni siquiera le pagaban.

Coincidimos en un evento en el que yo no desfilaba pero en el que me había colado para conocer a un diseñador, y ella servía los cócteles en la barra (porque ahí sí que le pagaban y ella tenía que costearse el alquiler).

Se negó a prepararme un cóctel porque no se tragó la excusa de que había olvidado mi identificación en el coche.

Hablamos durante gran parte de la noche.

Yo le dije que pronto conseguiría ser una modelo famosa; ella, que algún día se graduaría y abriría su propio bufete.

No logré que me sirviera una copa, pero intercambiamos los teléfonos.

Una semana después, cuando me ofrecieron mi primer contrato importante, necesitaba a alguien de confianza que supiera del tema y lo leyera.

No tenía a nadie, solo la conocía a ella, así que la llamé.

Me moría por contárselo igualmente, era un paso en la dirección de los sueños que habíamos compartido aquella noche sin apenas conocernos.

En la asesoría en la que trabajaba quedaron impresionados con mi fichaje y enseguida le ofrecieron más garantías y un pequeño despacho. Incluso un salario. Yo acepté firmar con la agencia siempre que ella fuera mi representante. Por supuesto que aceptaron.

—Tenemos trabajo que hacer —dice entonces, remangándose ligeramente las mangas de su camisa por debajo de los codos, lo que significa que se está poniendo en modo «agente tiburón», como le gusta llamarlo a ella.

La escucho hablar sin parar durante los siguientes treinta minutos. Mi calendario de compromisos, folios con estadísticas y contratos activos acaban desperdigados por todo el escritorio de modo que no queda ni un solo rincón que no esté cubierto de papeles.

No sé cómo, Maia ha logrado mantener a flote la mayoría de los contratos que tenía antes de desaparecer conservando las condiciones iniciales o incluso mejorándolas.

Ella afirma que la mayoría de las marcas siguen muy interesadas en trabajar conmigo, yo pienso que está restándose mérito, aunque también conozco a la industria.

Ahora mismo, todo el mundo quiere verme y yo, por primera vez, quiero seguir escondida. Pero eso ya no es una opción.

Realmente, nunca lo fue. Lo supe desde el principio.

¿Por qué hice lo que hice? Todavía no estoy segura, pero los medios afirman que:

Estoy despechada.

Quería más atención (todavía más) de la que me prestaban.

Soy una zorra sin corazón que ha tirado por la borda el futuro tan increíble que tenía.

La gente puede escoger la que más le guste. Incluso hay una encuesta abierta que ya ha registrado más de un millón de votos.

—No sé si ha sido una jugada maestra o una completa cagada —comenta Maia desde el otro lado del escritorio.

Su despacho está en la décima planta de un edificio bastante céntrico que su agencia renovó hace un par de años. El espacio es pequeño, pero suficiente.

—Pero vamos a trabajar con lo que tenemos, así que... prioridades.

A continuación, enumera una lista de mis próximos compromisos y me informa de mi nueva agenda, mucho más apretada ahora para lograr cumplir todos los plazos establecidos en los contratos.

Por suerte, casi siempre preparamos las campañas con antelación; eso nos ha salvado, aunque ahora esté con el agua al cuello.

Cuando deja de hablar, yo sé que todavía no ha terminado. Entrelaza los dedos de ambas manos y mantiene su mirada clavada en mí.

—Suéltalo. —Sé exactamente el tema que está evadiendo. Es el mismo que yo tampoco tengo interés en conocer.

—Travelator.

—¿La han llamado así? —Enarco mis finas cejas—. Es un nombre horrible.

—Mejor no digas eso cuando hagas promoción de la marca.

Pongo los ojos en blanco por «he perdido ya la cuenta» vez desde que he entrado en su despacho.

Esto es lo último que necesito, los tiempos se me echan encima de la misma forma que lo hacen las cámaras cuando salgo a la calle, y ¿se supone que tengo que pasar las próximas seis semanas perdida en algún lugar del globo, que todavía ignoro, exponiéndome de nuevo las veinticuatro horas del día?

En esto me he convertido: estoy quejándome de unas vacaciones pagadas con todo incluido.

Cuando tomé la repentina decisión de desactivar todas mis redes sociales y desaparecer durante dos meses, no pensé en cómo sería la vuelta. Siendo sincera, no pensé en nada: lo hice y punto.

No era propio de mí, pero ya no podía volver atrás. Así que decidí actuar de la misma manera que hago siempre, como si no hubiera pasado nada. Ningún mensaje, ningún comunicado. Solo una foto.

Esa que ahora mismo sigue apareciendo en las portadas, la que lo ha desencadenado todo. No le he mentido a Maia, de verdad creo que es una gran foto.

Aunque puede que la mayoría de la gente no subiría a su perfil con más de veinte millones de seguidores la imagen de su supuesta infidelidad a su prometido. Exprometido.

Yo sí.

El plano era increíble, habían sacado mi lado bueno y yo posaba desinhibida justo después de que mis labios abandonaran los suyos, con mis brazos rodeando su cuello y los suyos apretando mi cintura.

La instantánea capturaba uno de los momentos previos a nuestra salida triunfal de aquella fiesta, antes de llevarme al otro protagonista al hotel y a mi cama, como confirmaron muchos tabloides.

Finn McLean se había convertido en uno de los modelos masculinos más codiciados del panorama actual. Era bueno, no lo culpaba por aprovechar la oportunidad. Pero lo justo era que yo también obtuviera algo a cambio.

La publicación ya tiene más likes que el resto de mis últimas fotos y eso que mi perfil ha estado desaparecido en combate durante dos meses.

Era toda una declaración de intenciones y estaba teniendo el efecto deseado.

Quería demostrar que abrazaba lo que había sucedido, que no me arrepentía de nada.

Lo dicho, el mundo de las redes sociales está lleno de mentiras. Pero nunca dejaré que derriben mi palacio de cristal. Al fin y al cabo, he luchado mucho por construirlo.

Desde entonces, he subido mi contenido habitual de la forma que lo hago siempre: ignorando los comentarios que exigen explicaciones. A diferencia de lo que la gente cree, yo no le debo nada a nadie.

Pero, por primera vez, siento que las piezas no encajan correctamente en el engranaje, y no sé cómo afrontarlo. Lo que sí sé es que ese viaje sorpresa no mejorará las cosas.

Acepté la colaboración con esta compañía porque ofrecían un buen contrato y porque habían contactado con Wyatt y conmigo, así que la idea de recorrer juntos algunos países mientras trabajábamos era un plan con el que estaba ilusionada.

¿Ahora? Es todo lo contrario a un buen plan.

—El contrato con Travelator sigue en pie.

Tus compromisos previos son intocables. Continúan negándose a desvelar detalles de los destinos porque es «la gracia de todo esto» —hace el gesto de las comillas con los dedos—, pero me han asegurado que la distribución de los grupos no te deja en una situación comprometida.

Wyatt y yo no vamos a hacer la misma ruta, quiere decir. Es más de lo que esperaba al principio, así que no puedo sentirme decepcionada. Sin embargo, veo la incomodidad en los ojos de Maia. Hay algo más.

—El contrato incluye los desplazamientos y las seis semanas de estancia, todo pagado, además de la cantidad acordada. También una reunión con todo el equipo de promoción antes de partir.

Me encontraré con Wyatt cara a cara, vuelvo a leer entre líneas.

Mi objetivo habría sido verlo, como mucho, una única vez antes de morirme; eso teniendo mala suerte.

Y la voy a agotar demasiado pronto. Supongo que había sido extremadamente ambicioso por mi parte contando que este mundo, al contrario de lo que la gente puede pensar, es muy muy pequeño.

—¿Cuándo es esa reunión? —pregunto.

—Hoy por la noche.

—¿Hoy por la noche? —Me yergo de golpe—. ¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Acabo de hacerlo. —Se encoge de hombros, fingiendo inocencia—. No quería que tuvieras tiempo de escaparte. Ahora tienes un historial con antecedentes.

Suelto una risa seca y las palabras «No le falta razón» pasan rápidamente por mi cabeza, pero no las verbalizo para no darle el gusto.

—¿Hay dress code ? —pregunto, cambiando a un tema con el que sí me siento cómoda.

—La temática son los viajes paradisíacos.

—Qué originales, nunca lo hubiera adivinado. —Me levanto de la silla para coger mi bolso, dispuesta a irme para prepararme—. Miraré la ropa que tengo en el hotel, seguro que puedo encontrar algún conjunto que sirva.

—¿Podrías encontrar dos? —Maia también se levanta e imita mis gestos—. Los agentes también debemos asistir.

Oír eso me tranquiliza. Al menos Maia estará allí conmigo.

Mis expectativas son bajas, pero una vez más queda demostrado que no importa lo mal que creas que pueden ir las cosas: todo puede ir a peor.