Capítulo 6
Dahlia
Mi despertador suena a las siete de la mañana. A pesar de no tener que presentarme en el aeropuerto hasta dentro de tres horas, me gustan demasiado las rutinas como para desactivar la alarma cuando llegué anoche de la fiesta.
Llevar despierta más de una hora no ha hecho que me desprenda de las sábanas. Mis ojos siguen clavados en un punto más allá de los enormes ventanales de la habitación de hotel con vistas a la ciudad de Nueva York.
Maia continúa durmiendo a mi lado ajena a la claridad que ahora baña la estancia, protegida por su antifaz rosa, o más bien el mío.
Anoche el taxi nos dejó en la puerta de mi hotel, pagué yo y le pedí que se bajara conmigo; su apartamento está lejos de aquí y no me convencía la idea de que fuera ella sola.
Maia ha sido mi única agente desde que empecé mi carrera y, a estas alturas, nuestra relación va más allá de lo profesional; no creo que la gente famosa, de manera habitual, deje que sus agentes duerman en sus camas.
Muchas veces he considerado a Maia como una amiga.
Es atenta conmigo, se preocupa por mi imagen y mi reputación, lleva todas las cuentas, actualiza mi calendario y sabe cómo me gusta el café y cuáles son mis dulces favoritos para acompañarlo, aunque en ocasiones tenga que dármelos sin que mi entrenador personal se entere.
Lógicamente le pago por hacer todas esas cosas, lo que supongo que sí hace nuestra relación estrictamente profesional.
¿Qué clase de persona paga a alguien por ser su amiga? Exacto.
Sigo en la misma posición cuando el reloj marca las siete y media y es la alarma de Maia la que suena esta vez. Tarda bastante en desperezarse y me mira con cara de desconcierto, como si se preguntara qué hace aquí... y claramente con resaca.
—¿Por qué no estás vestida?
Desvío la mirada hacia las maletas que preparamos ayer, cada una más grande que la anterior, que siguen listas y cerradas.
—¿Cuánto me costaría ahora bajarme del barco?
—¿Qué barco? —Se frota los ojos, el antifaz está en este momento sobre su cabeza como si fuera una diadema—. Dahlia, acabo de despertarme y creo que todavía estoy un poco borracha. Por favor, nada de metáforas.
—¿Cuánto tendría que pagarles para no presentarme en una hora en el aeropuerto y que no hubiera consecuencias?
Maia por fin se endereza; está tensa y sigue mirándome fijamente con sus ojos oscuros y almendrados.
—No podrías pagarles, Dahlia. Para ellos no se trata de dinero, tienes un contrato vinculante.
—Quiero pasar inadvertida un tiempo y no aparecer cada día impar en una revista de cotilleos. Esto es literalmente lo último que debería hacer.
—Esto es exactamente lo que debes hacer. ¿Qué tienes aquí para quedarte?
Su pregunta me pilla desprevenida, me revuelvo en mi sitio y arrugo con fuerza un puñado de sábanas.
—Estabilidad y discreción —digo, de forma poco convincente.
—Dahlia, tienes a más de diez fotógrafos esperando en el vestíbulo del hotel. Has desaparecido dos meses, no quieren volver a perderte de vista.
Odio que me ponga los pies en el suelo y me diga que, debido a lo que inicié hace dos meses, no tengo escapatoria, no de esto.
Me dejo caer sobre el colchón hundiendo la cabeza de lleno en la almohada. Tengo ganas de gritar.
Maia sigue hablando.
—En este viaje todo es sorpresa, lo que significa que tú no sabes cuál será tu próximo destino, pero ellos tampoco. Esta sí es la oportunidad perfecta para escapar. No como la cagada de esconderse durante dos meses.
—Vas a recordármelo toda la vida, ¿verdad?
—Puede ser. A lo mejor te pido un aumento.
—Te odio.
—Me adoras y soy la mejor agente de la historia. Ahora vete y sube a ese avión.
Estoy lista en tiempo récord y, aunque no he podido llevarme nada al estómago ni tomar mi muy necesario café matutino, consigo meterme en el Uber que Maia ha reservado y voy de camino al aeropuerto.
El tráfico no acompaña mi propósito de llegar a tiempo y, como he dicho, detesto la impuntualidad.
Acabo agradeciendo al conductor su temeridad al haber sobrepasado el límite de velocidad el ochenta por ciento del trayecto y haber conseguido dejarme en la puerta principal cuatro minutos antes de que el reloj marque las diez.
Cuando bajo del coche, inmediatamente veo a un hombre, que viste un traje impoluto y gafas negras, con un cartel con mi nombre. Él se percata de mi presencia unos segundos después y me ayuda con el equipaje.
Gran parte del grupo que conocí ayer está aquí. No veo por ninguna parte a Wyatt ni a Nicole, así que mi humor mejora un poco.
Zhou, el creador de Travelator, está en el centro del semicírculo.
—Solo he venido a despedirme y a desearos una buena experiencia.
A partir de aquí, todo lo relacionado con los vuelos, los hoteles y las actividades lo llevaréis a través de la aplicación que ya deberíais tener descargada en vuestros teléfonos.
—Maia se ha encargado de eso—. Ahora, el equipo os va a entregar los billetes y la información aparecerá en unos minutos en vuestro perfil.
No os preocupéis, todo está planeado, así que, cuando aterricéis, solo os toca disfrutar.
Gracias otra vez por formar parte de esto y buen viaje.
Y con esas últimas palabras se va acompañado de sus guardaespaldas.
El mismo hombre trajeado que hace unos minutos se ha encargado de mis maletas me entrega una carpeta con mi nombre en letras grandes y mayúsculas.
Dentro de esta, algunos folios con los términos y condiciones de la colaboración, la información del seguro médico, el número de mi vuelo y la hora de embarque, pero no el destino.
Tendré que descubrir cuál es en el enorme panel de salidas programadas.
Al entrar en el vestíbulo, muchos seguidores nos reciben pidiendo fotos y autógrafos.
Mi atención es una de las más solicitadas y tardo más de media hora en recorrer los pocos metros que me separan de la sala vip del aeropuerto, que está mucho menos concurrida y libre de miradas curiosas e indiscretas.
Veo a Destiny esperando a unos cuantos metros delante y decido acercarme a ella, dado que a partir de este momento seremos compañeras.
Es la opción más lógica, tenemos una buena relación y nuestros perfiles son parecidos.
No sé quiénes más formarán parte de nuestro grupo, pero con ella me siento cómoda.
—¿Ya conoces tu destino? —le pregunto mientras veo cómo se pelea con los papeles de su carpeta.
—Todavía no, y veo que tú tampoco. ¿Lo descubrimos juntas?
Y eso hacemos. Espero paciente a que encuentre el número de su vuelo. Cuando lo tiene, levanta la cabeza para buscarlo en la pantalla, pero mis ojos están clavados en ese código de números y letras que no me resulta familiar.
«Espera».
—¡Me voy a Cancún! —grita emocionada.
—Me voy a Miami —digo yo, en un tono mucho más bajo (y desilusionado).
—¡Qué suerte! Nunca he estado allí. —Yo, por el contrario, he visitado la ciudad tres veces—. ¿Sabes? Creí que seríamos pareja —«Ya somos dos», pienso—, pero supongo que esa es la gracia de todo esto, ¿no?
A mí, ahora mismo, no me está haciendo ninguna gracia.
De repente, estoy nerviosa. Las posibilidades de que me toque con alguien con quien tenga que fingir complicidad se han multiplicado por diez.
Me despido de Destiny y me giro sin mirar atrás, alejándome del resto de las personas que ya se han dividido en los grupos establecidos.
Arrastro mi maleta de mano sobre dos ruedas, llevo el bolso colgado del hombro, mis AirPods hacen sonar un episodio de mis pódcast favoritos y consigo un café extragrande recién hecho para calmar un poco mi humor.
Comienzo a andar hacia la otra punta de la terminal sin consultar aún la puerta de embarque exacta.
No pasa mucho tiempo hasta que me bebo todo el café y la taza de cartón en mi mano se vuelve templada.
Me paro justo frente a un inmenso panel negro de líneas cambiantes con la información en letras amarillas.
Nombres de destinos y horarios que desaparecen cada pocos minutos para dar lugar al resto de ellos; el número de aviones que se cruzan en un espacio de tiempo tan reducido nunca dejará de sorprenderme.
Aunque los aviones son lo último en lo que quiero pensar ahora mismo.
El embarque de mi vuelo se abre en veinte minutos, estoy a tan solo unos metros de la puerta correcta y no parece que haya ningún retraso.
Muchos de los pasajeros se aglomeran en la entrada de la puerta con la intención de poder subir los primeros. Yo no me preocupo por ello: en la información de mi billete señala que tengo pase preferente, lo que significa que podré saltarme la cola. Viajamos en primera clase.
Digo «viajamos», aunque en realidad no sé a cuántos de nosotros me estoy refiriendo; de momento no veo ninguna cara vagamente conocida.
El hecho de que Wyatt y Nicole no hayan aparecido aún, al igual que mis futuros compañeros, hace que el miedo a un posible encontronazo se instaure de pronto en mi cabeza. ¿Habrán hecho caso omiso de mi petición queriendo jugar con el morbo?
Para cuando me doy cuenta, ya han pasado los veinte minutos y están llamando para embarcar. Nadie ha aparecido.
¿Y si han optado por diseñar un viaje individual para mí?
Sin duda, yo soy quien más condiciones ha puesto y la que más compromisos tiene que cumplir sí o sí en estas semanas.
No puedes decir que no a desfilar en una de las colecciones de alta costura más importantes en la Semana de la Moda de París.
Pero era demasiado pedir.
Ya casi han embarcado todos los pasajeros de primera clase, yo soy una de las últimas que entrega su billete y se dispone a cruzar la pasarela cuando los gritos de una voz familiar llaman mi atención y hacen que me gire.
Llega tarde, por supuesto; viene corriendo a toda velocidad, haciendo que el resto de los pasajeros que caminan a su alrededor tengan que apartarse si no quieren ser arrollados por él y su voluminosa mochila.
Su pelo está alborotado y tiene la sudadera del revés con una enorme mancha oscura justo en el centro.
«No. Nonono . Esto no puede estar pasando».