Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 90
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Capítulo 90

EN TODA SU EXTENSIÓN

E l silencio llenaba el coche. Durante la última hora, Stephanie y ella apenas se habían dirigido la palabra por la sencilla razón de que se les habían agotado los temas de conversación.

Solo se puede hablar de trivialidades hasta cierto punto antes de alcanzar los niveles de silencio incómodo que experimentaban en ese momento.

A Ashley le caía bien Stephanie. Le parecía agradable, simpática y excepcional en su trabajo.

Pero había algo en su actitud que a Ashley no le gustaba.

Era como si todo fuera una competición para ella.

Como si siempre tuviera una experiencia, una ocasión o una idea mejor que cualquiera que Ashley hubiera tenido; como si tuviera que ganar en todo, parecer superior en todos los sentidos.

¿Hermanos y hermanas? Tú solo tienes uno, pues yo tengo tres.

¿Tu padre es administrativo? El mío es biólogo.

Sin importar el tema de conversación, Stephanie siempre se guardaba un as en la manga para superar a Ashley.

Y Ashley lo odiaba. No por el hecho de que Stephanie tuviera todas esas cosas , sino porque no le gustaba que se portara como una imbécil y se las restregara por la cara.

Las vidas de la gente eran diferentes; supéralo.

Estaban apostadas a unos cientos de metros de la nave de Handy Man Scrap Services, en los muelles de Tilbury; Ashley al volante y Stephanie de copiloto. Tenían órdenes estrictas de Darryl de esperar allí hasta que oyeran o vieran algo que despertara su interés.

—¿Tienes novio? —preguntó Stephanie, sobresaltando a Ashley.

Milagrosamente, ese tema de conversación no había surgido en su hora de charla insustancial. Ashley odiaba hablar de su vida amorosa y siempre se cerraba en banda cuando alguien abordaba el asunto.

—No. Yo... —tartamudeó. Antes de continuar, tragó saliva—. No, no tengo.

Pero apuesto a que tú tienes unos diez a la vez.

—¿No tienes muchas ganas de encontrar uno? —preguntó Stephanie con curiosidad.

—Nunca he pensado mucho en ello. No es una prioridad para mí ahora mismo.

—Primero la carrera, ¿no?

—Supongo que se podría decir así.

—Yo antes era igual. Quería priorizar mi carrera profesional y me alegro de haberlo hecho.

Logré todo lo que me propuse en la IPCC.

Y ahora que estoy en la MIT contigo, con Jake y con todos los demás, no podría estar más contenta.

Es una oportunidad nueva y emocionante, y siento que aquí hay cierta estabilidad...

Pero estoy empezando a pensar que quizá ha llegado el momento de sentar cabeza con alguien.

O con diez.

Ashley no respondió. No sabía qué decir.

A menudo había pensado en entablar una relación, aunque no lo admitiera ante nadie, pero, tras intentarlo sin éxito, se había dado cuenta de que nunca tenía tiempo suficiente para que nada funcionara.

Había tenido un par de citas e incluso esas se habían programado y reprogramado varias veces debido a las complejidades del trabajo.

Nunca disponía de tiempo libre, y cuando lo tenía, siempre estaba haciendo algo relacionado con el trabajo.

Lo llevaba en la sangre y se había convertido en una parte permanente de su vida.

Esa era su prioridad. Y no había sitio para nadie más.

—¿Qué te parece Jake? —preguntó Stephanie de repente, rompiendo otro silencio. Ashley empezaba a encontrarlos pacíficos.

—¿Jake?

—Sí, ya sabes quién. Ese gilipollas que parece creerse el jefe casi todo el tiempo.

—Yo... esto... —Ashley desvió la mirada hacia su regazo.

—Te gusta, ¿verdad? ¡Madre mía! No... ¡estaba bromeando! No pensaba en serio que... O sea, sí, es un tío guapo y tal. Pero... ¿ de verdad ? —Stephanie miró por la ventana y luego volvió a centrarse en Ashley.

Dios, mátame ahora mismo .

Como no respondió, Stephanie le puso una mano en el brazo. —No te preocupes. No tienes por qué avergonzarte. No diré nada. Tienes mi palabra.

Ashley no dijo nada. Odiaba que la gente sacara conclusiones precipitadas, pero no tenía ganas de convencer a Stephanie de que se equivocaba. A veces era mejor dejar que los demás creyeran lo que quisieran.

Deseando que se la tragara la tierra —o, mejor aún, que se tragara a Stephanie—, Ashley echó un vistazo a la nave.

Entonces algo le llamó la atención.

A lo lejos, un coche acababa de girar para entrar.

Ashley le tocó el hombro a Stephanie y juntas observaron cómo el coche entraba en el aparcamiento de la nave industrial.

—Me suena ese coche —dijo Stephanie—. Es el mismo de la otra noche, cuando Jake y yo seguimos a Henry Matheson hasta una obra.

Unos segundos después, bajaron dos figuras. Un hombre y una mujer.

—No me lo puedo creer —dijo Stephanie en un susurro.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿ Quién es?

—Es Helen Clements. La inspectora jefa de la Flying Squad.

Ashley cruzó la acera a paso ligero hacia la nave.

Helen y Jamal, a quien ambas habían reconocido por la foto colgada en la pared de la sala de incidentes, habían entrado unos instantes antes.

Y ahora era su único momento para actuar.

Había estado esperando este instante. Su primer arresto con el nuevo equipo.

La satisfacción. El subidón de ego. La emoción de todo aquello.

La adrenalina. Le recordaba a sus días de patrulla.

Fue la primera en llegar a la entrada de la verja metálica, con Stephanie siguiéndola de cerca; intercambiaron un rápido asentimiento antes de continuar.

Respirando rítmicamente, inspirando por la nariz y expirando por la boca, Ashley se acercó de lado hacia la recepción y llamó con fuerza, golpeando el cristal con unos nudillos que ya empezaban a dolerle.

Esperó.

—Echaré un vistazo por el lateral —susurró Stephanie, poniéndose ya en marcha—. Por si acaso.

Ashley la vio desaparecer. Justo cuando ella doblaba la esquina del edificio, la puerta se abrió.

Ante ella estaba la inspectora jefa Helen Clements. Delgada, bien vestida, impecable. Sorprendentemente atractiva para su edad. Pero nada de eso importaba si era una oficial de policía confraternizando con el enemigo.

Ashley se presentó. —Tengo que comprobar unas cuantas cosas, si le parece bien a⁠—

Helen levantó una mano frente a ella, presionándola contra el pecho de Ashley. —Me temo que no puedo permitirlo.

—¿Por qué no?

—Porque... está usted interfiriendo en mi investigación sobre el robo de joyas que tuvo lugar hace unos días.

—Pero esta empresa, la propiedad y la dirección están a nombre de Henry Matheson. ¿Qué tiene que ver él con el asalto? ¿No arrestaron ayer mismo a algunos miembros de la banda de Jermaine Gordon en relación con la misma investigación?

Helen tartamudeó; de su boca solo salieron aire y sílabas entrecortadas. Ashley la había pillado en un renuncio y ella lo sabía. Pero antes de que Helen pudiera responder plenamente, un ruido estalló en el lateral de la nave, seguido de un grito.

—¡Eh! —gritó la voz de Stephanie—. ¡Vuelva aquí!

Ashley miró en dirección al sonido y, para cuando volvió a mirar hacia Helen, la mujer ya se había ido y estaba desapareciendo en las profundidades del edificio.

Si quedaba alguna duda sobre la culpabilidad de Helen, se disipó de inmediato. Los culpables huyen. Los asustados huyen. Los inocentes se quedan donde están.

Sin vacilar, Ashley salió en su busca. Rodeó el mostrador de recepción y entró de golpe en la nave principal.

Todo el espacio había sido vaciado, tal como estaba el otro día cuando Brendan y ella lo registraron, cuando solo había restos de chatarra y maquinaria, recordatorios de para qué se había utilizado antes la fábrica.

Pero lo que llamó la atención de Ashley fue la mesa apoyada contra la pared del fondo y los montones de baratijas que no estaban allí el otro día, esparcidas por ella, centelleando y brillando bajo la luz fluorescente artificial del techo. ¡Bingo!

Pero no hubo tiempo para regodearse porque Helen seguía arremetiendo hacia el extremo izquierdo de la nave, donde Ashley vio una pequeña puerta que se había quedado entreabierta. Una luz solar radiante entraba a raudales por el hueco en la pared.

Ambas mujeres corrieron hacia allí; Ashley recuperaba terreno con cada zancada. Puede que fuera más bajita, pero al menos sus piernas se movían más rápido. Sin mencionar que llevaba sus zapatos planos, sus fieles planos, comparados con los tacones de Helen.

Error de novata.

Llegaron a la puerta casi al mismo tiempo.

Helen apenas le sacaba ventaja; estaba a un dedo de distancia.

Ashley alargó la mano hacia ella, estirando el brazo todo lo posible.

Mientras lo hacía, el pie se le enganchó con algo y resbaló.

Su cuerpo cayó pesadamente contra el marco de la puerta, golpeándose la cadera, y soltó un grito de dolor.

Pero no había tiempo que perder. Había sufrido cosas peores en la vida.

Se puso en pie a trompicones y salió cojeando del edificio, con el fuego de la determinación anestesiando el dolor de su cuerpo.

En el tiempo que le había llevado, Helen se había distanciado unos veinte metros.

Estaban cercadas por el aparcamiento. Una valla metálica de casi dos metros de altura rodeaba el perímetro.

Ashley no tenía ninguna referencia de dónde estaba, ni de hacia dónde se dirigía.

Junto a la valla, Helen llegó a un pequeño hueco cubierto por un panel fino de metal corrugado. Agarró el metal y tiró con fuerza. Pero no se movía por mucho que lo intentara. Estaba atrapada y no tenía a dónde ir.

Excepto a una celda.

Ashley aprovechó su oportunidad. Forzó más las piernas, movió los brazos más rápido, ignoró el dolor punzante que le recorría todo el costado derecho y, en cuestión de segundos, acorraló a Helen.

La mujer parecía exasperada, derrotada. Pero no había ni rastro de miedo en sus ojos. Solo ira y venganza.

—Helen Clements, queda detenida por obstrucción a la justicia, corrupción, conspiración para cometer asesinato y colusión para cometer robo...

—No tiene nada contra mí —dijo Helen.

—Eso tendrá que decidirlo la fiscalía —dijo Ashley, sin ánimo de dejarse intimidar—. Permítame recordarle que tiene derecho a guardar silencio.

—Oh, no se preocupe. Pienso ejercer mis derechos en toda su extensión.