Capítulo 91
A SALVO
F uera del ala donde estaba Lewis, Jake empezaba a impacientarse, caminando de un lado a otro del pasillo.
Después de que Martin casi lo asfixiara, el cuerpo de Lewis había entrado en estado de choque y había necesitado reanimación.
No se permitía que nadie se acercara a él hasta que recobrara el conocimiento.
Y aquello lo estaba matando. Quería ver al chico, asegurarse de que estaba bien.
Mientras esperaba, su teléfono vibró. Respondió y buscó un asiento cercano. Algo le decía que iba a necesitar sentarse. Apoyó los codos en las rodillas y se pasó los dedos por el pelo con la mano libre.
—¿Guv? —contestó Jake—. ¿Cuáles son las últimas novedades?
—¿Estás sentado?
Jake le dijo que sí.
—Acaban de fichar a Martin. Estamos esperando a su amigo policía y también a un abogado, y luego Brendan va a interrogarle. Será un caso bastante difícil, dado su cargo.
—Ha intentado cometer un asesinato —comenzó Jake—, no creo que haya nada menos complicado que eso. ¿A quién ha pedido de abogado?
—Adivina.
Jake suspiró y se frotó la cabeza con más fuerza aún.
Todo este tiempo, Rupert Haversham había estado moviendo los hilos.
Con The Crimsons. Con Liam. Con Drew. Con The Farmer y Nigel Clayton.
Con Jermaine. Y ahora con Henry y Martin.
Estaba en todas partes. Y no se marchaba, como un mal caso de herpes genital.
«¿Podría ser él La Cábala?», se preguntó Jake.
Era plausible, desde luego. Decirle a todo el mundo lo que tenía que hacer, cuándo hacerlo y cómo hacerlo, mientras al mismo tiempo mantenía las narices justo bajo el foco cuando alguien necesitaba una fianza.
Era plausible. Pero, por otro lado, no había nada que demostrara que Rupert estuviera detrás de todo.
Y Jake sabía que sería casi imposible encontrar algo contra él.
Pero entonces se dio cuenta de algo importante.
La voz del hombre con el que había hablado numerosas veces por teléfono no era la misma que la del hombre que se había sentado frente a él en la sala de interrogatorios.
La primera era más profunda, más ronca, con un deje de acento vulgar.
Y había una experiencia tras su voz; años de lanzar amenazas y cumplirlas.
El matiz de poder abundaba en su entonación.
Mientras que la segunda era el inglés de la Reina por excelencia y se situaba en el extremo opuesto del espectro.
Y poseía una cualidad clamorosa, como si fuera propia de una función de ópera.
—¿Qué pasa ahora entonces? —preguntó Jake, mirando de un lado a otro del pasillo vacío.
—Territorio inexplorado para mí, chaval.
Pero desde que te has ido he hablado con Roland y ha conseguido encontrar imágenes de CCTV de Martin tirando las pruebas en uno de los contenedores a las puertas de Bow Green.
Por suerte para nosotros, aún no los han vaciado y hemos encontrado la prueba número NB-180 todavía allí dentro.
Y yo que pensaba que era una mente maestra del crimen.
—Eso le servirá de lección. ¿Qué hay de Henry?
—Oh, ya no está. Lo han escoltado a Belmarsh hace unos veinte minutos.
—¿Ashley? ¿Stephanie? ¿Dónde están?
—Desplegadas en los muelles de Tilbury, tal como pediste.
—¿Y?
Darryl vaciló antes de responder.
—¿Y? —repitió Jake.
Un largo suspiro. —No quiero decírtelo. Si descubres que tienes razón demasiadas veces, se te empezará a subir a la cabeza.
Jake soltó una risita. —Venga ya. Cuéntamelo.
—Estaban en una vigilancia cuando Jamal Bennet se presentó en el almacén.
¿Y quién crees que estaba con él? Nada menos que Helen Clements.
Después de pedir refuerzos de uniforme, Ash y Steph registraron el almacén y lo encontraron todo allí: drogas, dinero, las joyas del asalto de principios de semana y un alijo entero de armas bajo una trampilla en el suelo.
—Parece que les ha tocado el premio gordo —comentó Jake.
—Sí. La van a traer para interrogarla ahora, pero me da en la nariz que dará guerra. No es tonta, lleva en esto bastante tiempo. Mientras tanto, el resto del equipo está intentando desesperadamente encontrar alguna otra prueba sólida contra ella.
—¿Podría irse de rositas?
—Cincuenta por ciento. Su llegada sin previo aviso con Jamal podría complicar las cosas.
Ella podría argumentar que estaba allí en misión oficial de la policía.
Jamal ya está afirmando que era un informador para ella y que sabía dónde guardaban los diamantes.
Al parecer, solo le estaba enseñando dónde estaban.
—Mierda —susurró Jake. No le preocupaba Jamal.
El hombre era lo bastante estúpido como para dejarse grabar quemando a alguien vivo, así que merecía cualquier condena que le impusieran.
Pero era Helen Clements lo que le inquietaba.
La señalada y respetada inspectora jefe.
Al igual que Rupert y La Cábala, había mantenido las manos alejadas de situaciones pringosas, por lo que encontrar algo contra ella sería difícil.
Pero nada era imposible.
—¿Podemos involucrar a la IPCC? —preguntó.
—Lo estoy considerando. Pero como te he dicho antes, tengo que andar con pies de plomo. Tenemos que ser absolutamente precisos, y en cuanto la Dirección de Asuntos Profesionales o la IPCC se involucren, secuestrarán el caso.
Jake suspiró. No tenía nada más que decir.
Había hecho un pleno. Henry, Martin y Helen.
Nombres que podía añadir a la lista. Pero aquello había tenido un coste.
Estaba cansado, agotado, y ahora que todo había terminado, solo quería irse a casa con Elizabeth y las niñas, donde pudieran disfrutar de una buena película juntos sin tener que preocuparse por los matones de Henry Matheson ni por ningún paquete de droga no deseado en su puerta.
Y luego él y Elizabeth podrían disfrutar de su noche juntos después de que las niñas se hubieran acostado.
Por primera vez en mucho tiempo. Como solían hacer. Como se merecían.
—Muy bien, guv —dijo Jake—, gracias por avisarme de todos modos. Hablamos pronto.
—Una cosa antes de que cuelgues, Jake.
—¿Ah, sí?
—Ashley me ha contado lo que dijiste en el coche el otro día.
Que te... eh, te resulta difícil confiar en la gente.
No quiero que te enfades con ella porque me lo contó de forma confidencial.
Y no soy tonto, Jake, sabía que algo iba mal.
Los últimos doce meses no han ayudado precisamente.
Y no voy a preguntarte si todavía te sientes así, pero espero que te des cuenta de que esto no habría sido un éxito sin ellos.
Sin Brendan, podrías haber pasado por alto a Deshawn.
Sin Ashley y Steph, definitivamente no tendrías ni a Helen ni a Jamal.
Y espero que te des cuenta ahora de que puedes confiar en ellos.
En todos ellos. Incluyéndome a mí. Al fin y al cabo, el trabajo en equipo hace que el sueño funcione.
Jake sonrió al colgar, y agradeció que nadie pudiera verlo.
Apartó el teléfono de su oreja y lo hizo girar entre los dedos.
Reflexionó un rato. Se dio cuenta de que Darryl tenía razón y que probablemente era la única vez que Jake se lo permitiría.
Pero a toro pasado todo se veía mejor. Se había equivocado, había sido demasiado rápido al juzgar a sus colegas y desconfiar de ellos, y estaba agradecido por cada uno de ellos.
¿Quién iba a decir que se podía confiar en Liam Greene para recibir un buen consejo?
Se levantó del asiento y se dirigió hacia la fuente de agua que sobresalía de la pared. Arrestar gente era un trabajo sediento, y cuando llegó al final del pasillo, una voz lo llamó a sus espaldas.
—¿Disculpe? —Era un enfermero. No era Emilia. Varón. Más menudo. Llevaba una mascarilla que le protegía la boca y la nariz, dejando solo los ojos visibles.
—¿Es usted el detective Tanner?
—Sí —respondió Jake.
—Él... está despierto, por si quiere verle.
A Jake no hizo falta decírselo dos veces. Se apresuró por el pasillo, caminando a doble velocidad, y en cuestión de segundos estuvo en la puerta, codo con codo con el enfermero.
—Está muy débil —comenzó el hombre—. Vaya con cuidado con él. Nada de interrogatorios por ahora, si le parece bien. Ha dicho que quería hablar con usted primero.
—Entendido —dijo Jake—. Gracias.
Jake abrió la puerta y entró en la habitación.
Por alguna razón, desconocida para él, los nervios lo consumían y lo hacían temblar, le sudaban las palmas de las manos.
La misma sensación que tuvo cuando nacieron Ellie y Maisie.
Pero esta vez le desconcertaba. Necesitaba actuar con profesionalidad y distanciarse de la emoción de lo ocurrido.
Sí, tenía un deber de cuidado hacia sus testigos y los implicados en su caso, pero nada parecido a esto.
Jake estaba aquí por razones personales cuando sabía que no debería estarlo.
El instinto paternal en él era demasiado fuerte, algo que no podía reprimir.
Se movió por la habitación, rodeando la cama de Lewis para quedar de cara a la puerta, por si entraba algún posible atacante.
Lewis yacía allí con los brazos a los costados, y el rítmico subir y bajar de su pecho se movía al unísono con los pitidos del monitor del ECG. Tenía los ojos cerrados y, cuando Jake acercó la silla, se despertó sobresaltado.
—Deberías estar durmiendo, chaval —susurró Jake con suavidad.
—Deberías estar trabajando —respondió Lewis. Su voz era débil, tenue, apenas un susurro.
—Bueno, ambos podemos saltarnos las normas por esta vez, ¿qué me dices?
Lewis asintió lentamente. Estaba demasiado débil, y le dolía demasiado la garganta para hablar; entraba y salía de la consciencia. Mientras tanto, Jake se quedó allí sentado en silencio, velando por él.
Unos segundos después, Lewis abrió los ojos y giró la cabeza.
—Gracias... gracias.
—Oye —dijo Jake, inclinándose un poco hacia delante—.
No tienes que darme las gracias, pero sí tienes que descansar.
Todo va bien. No me voy a ir a ninguna parte por ahora.
Y si lo hago, habrá gente de mi confianza y a la que respeto vigilándote.
Estás a salvo ahora, chaval. Ya nadie va a hacerte daño.