Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 89
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Capítulo 89

MARTIN

J ake aventajaba en cien pasos al agente uniformado más cercano cuando irrumpió por las puertas de la habitación privada de Lewis.

Frente a él, presionando un cojín sobre un cuerpo pequeño y exánime, estaba Martin Radcliffe; tenía el pelo enmarañado y se sacudía violentamente como un árbol atrapado en una tormenta.

La puerta chocó contra la pared adyacente con un fuerte estallido que distrajo a Martin momentáneamente, apartando su atención de Lewis.

Sus miradas se cruzaron. Los ojos del otro hombre estaban vacíos, hundidos, carentes de la poca emoción que Jake había creído que poseía.

Verse empujado al asesinato era una cosa, pero asesinar a un niño indefenso era otra muy distinta.

Martin fue el primero en reaccionar.

Arrancó la almohada de la cara de Lewis, permitiendo que el oxígeno inundara los pulmones del muchacho, y se la lanzó a Jake.

Este se agachó, pero fue demasiado lento y le alcanzó en un lado de la cabeza.

En el instante en que se vio desprevenido, Martin aprovechó la oportunidad, arremetiendo contra él y placándolo como si fuera un jugador de rugby hasta sacarlo al pasillo.

El hombro del hombre chocó contra el abdomen de Jake, dejándolo sin aliento al instante.

Y mientras caían fuera de la habitación, con Jake rodando hacia atrás, se golpeó la cabeza contra la pared.

Un destello blanco iluminó su visión brevemente y trajo consigo el inicio de un ataque de pánico.

La asfixia. La sensación de sentirse atrapado. El fuerte peso contra el pecho. La fatalidad inminente de las paredes cerrándose sobre él.

Todas las señales estaban allí.

Pero aquel no era el lugar.

Si no reaccionaba, un niño iba a morir.

Jake jadeó y se obligó a abrir los ojos, asimilando la escena: estaban en el pasillo del hospital. Ni rastro de los agentes armados. Ni rastro de enfermeras, de médicos, ni de los veinte agentes uniformados que en ese momento corrían hacia él.

Ni rastro de nadie.

Solo ellos dos.

Martin y Jake.

Como había sido en el coche, en las calles. Donde Martin le había llevado la ventaja todas aquellas veces, sabiendo cosas que Jake ignoraba.

Hasta ahora.

Martin rodó para soltarse del cuerpo de Jake y se puso en pie con dificultad.

Cuando empezó a alejarse, Jake estiró un brazo y agarró el pie atrasado de Martin, haciéndole tropezar.

Martin se desplomó contra el suelo y se golpeó la sien contra las baldosas.

Gritó y se giró sobre su espalda, masajeando el dolor, lo que le dio a Jake una pequeña oportunidad para recuperar la postura y la compostura.

Y lo hizo.

Jake se cernió sobre él y se agachó para agarrarlo por la americana.

Al hacerlo, Martin le pilló desprevenido, le dobló la pierna y lo tiró al suelo.

Jake, con demasiada inercia y sin equilibrio, cayó de cabeza contra el suelo, aterrizando sobre su frente.

Otro destello blanco. Otra punzada de dolor.

Otro recordatorio de la avalancha. Girándose sobre un costado, vio una cama de hospital a su lado y la usó como apoyo mientras se incorporaba con esfuerzo.

Para cuando logró ponerse en pie, Martin estaba al otro extremo del pasillo, huyendo hacia la salida; su escape se volvía más probable con cada paso.

Y por un momento Jake contempló la derrota.

Le dolía la cabeza y estaba sin aliento.

Pero entonces sus pensamientos se dirigieron a Lewis, en la habitación que acababa de dejar atrás.

En cómo posiblemente estaba muerto, o tal vez luchando por su vida en aquella cama.

En cómo había pasado por mucho en las últimas veinticuatro horas, y en que Jake no estaba dispuesto a permitir que aquello fuera en vano.

No, Martin era suyo. Y se iba a asegurar de ello.

Veinte yardas los separaban. Y otras diez yardas separaban a Martin de las puertas dobles que conducían a la salida. Si Martin lograba cruzarlas, Jake y el resto de los agentes se enfrentarían a una lucha titánica para alcanzarlo.

Miró la cama de hospital y puso las manos sobre ella.

Entonces echó a correr.

Cargando hacia Martin, gritó hasta que le dolieron los pulmones, haciéndole saber a su oponente que estaba allí y que iba a por él, rápido.

Justo cuando Martin llegaba a las puertas dobles, el pie de la cama de hospital chocó contra su cadera, enviando al hombre de bruces contra la madera y al suelo, donde se quedó incapacitado, sujetándose la cabeza y la cadera.

Afortunadamente, el pasillo estaba concurrido y en un segundo se formó una multitud que lo rodeó, limitando sus rutas de escape.

Jake aprovechó la oportunidad para recuperar el aliento, llenando sus pulmones.

Y entonces llegaron los agentes uniformados.

Todos apareciendo desde diferentes ángulos, con el sonido de sus pesadas botas golpeando el suelo y resonando por todo el edificio.

Uno de los agentes se agachó para levantar a Martin, pero Jake lo detuvo. Nadie más que él tenía permiso para hacer esto. Su ego necesitaba un impulso y quería que se corriera la voz hasta Helen Clements y más allá de que iba a por ellos, sin importar quiénes fueran ni de qué fueran capaces.

—Martin… —jadeó—, Martin Radcliffe, queda usted arrestado…

—Hizo una pausa. ¿Cuándo se había puesto tan en baja forma?

—. Le arresto por intento de asesinato. No tiene obligación de declarar, pero puede perjudicar su defensa si no menciona al ser interrogado algo que luego pretenda utilizar en el juicio.

Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada como prueba. ¿Lo ha entendido?

Martin no dijo nada.

Jake se contuvo de hacer un comentario sarcástico. La situación era demasiado delicada. Pero pensándolo bien…

—No tiene idea de cuánto tiempo he esperado para hacer esto.

—Créame —respondió Martin, pillando a Jake por sorpresa—. Hay gente mucho peor ahí fuera que siente exactamente lo mismo por usted.