Capítulo 86
PALAbrA CLAVE
A Lewis le dolía cada parte de su cuerpo.
El cuello. Los hombros. La espalda. El estómago.
Las piernas. Se sentía casi paralizado. Por el miedo, la falta de sueño, la ira, el resentimiento.
Las sinapsis de su cerebro estaban fritas por el trauma y se sobresaltaba ante el más mínimo sonido que viniera del pasillo.
Incluso el crujido de un muelle de su cama al moverse era suficiente para cubrirle la piel con una capa de sudor.
Y los agentes armados situados fuera de su habitación del hospital tampoco hacían nada por calmarle.
Había visto morir a su padre, lo había sostenido en sus propios brazos, y nada le ayudaría a recuperarse de aquello. Nada. Por muchos profesionales que lo intentaran.
Los acontecimientos del último día lo habían dejado exhausto.
Todo lo que quería era dormir, pero cada vez que cerraba los ojos le recibían las imágenes de Jermaine Gordon y Frank Graham ardiendo, gritando, consumidos en una explosión de llamas, suplicando ayuda, pidiendo perdón, y luego suplicando una muerte instantánea; de su padre desplomado en el suelo, exhalando su último suspiro mientras le apretaba la mano; de Reece sosteniendo un cuchillo contra su garganta.
En el espacio de unos pocos días, la vida se había convertido en muerte; una oscuridad pesada, irrevocable e insalvable se había asentado sobre su existencia, y sus pesadillas acechaban cada momento en que estaba despierto.
Lewis apoyó la cabeza en la almohada y se giró hacia la silla vacía donde debería haber estado sentado su padre.
Quería abrazarlo. Pedirle perdón. Decirle todas las cosas que debería haberle dicho.
Que le quería. Que lo sentía , que debería haberlo dicho más a menudo, que sentía haber traicionado su confianza, haberse involucrado en cosas que no debía, que deberían haberse mudado antes, que debería haberle ayudado más con su enfermedad y con el dolor, que debería haber ayudado más en casa. Que lo borraría todo si pudiera.
La muerte, esa maestra de los remordimientos, tenía una forma curiosa de hacerte ver en qué habías metido la pata en la vida.
Una parte de él se preguntaba qué sentido tenía seguir adelante.
No tenía a nadie a quien cuidar, nadie que cuidara de él, y la culpa de los últimos años lo estaba ahogando, arrastrándolo cada vez más hacia las profundidades de la desesperación.
Entonces, ¿para qué servía todo aquello?
¿Qué pasaría si simplemente acabara con todo aquí y ahora?
Pero, por alguna razón, mientras estaba allí sentado, mirando fijamente el cojín de plástico, pensó en Jake Tanner.
La única persona que velaba por él. La única persona que hacía que la vida valiera la pena en ese momento.
La única persona en la que podía confiar ahora mismo.
Llamaron a la puerta.
Lewis giró la cabeza despacio. Era la enfermera de nuevo. Emilia. La que le había abrazado y consolado cuando nadie más podía hacerlo. Ella, junto con Jake, le había ayudado, y le había dejado llorar en su hombro mientras le acariciaba el pelo. Emilia, la madre temporal que nunca había tenido.
Solo que esta vez estaba con otra persona.
Alguien a quien reconoció.
—Lewis… —empezó Emilia con una expresión de preocupación dibujada en la cara—.
Este es el agente Radcliffe. Está aquí para hacerte unas cuantas preguntas ahora que los agentes armados se han ido un momento.
Ha dicho que trabaja con el detective Tanner.
—Levantó la mano y mostró una placa—. He comprobado sus credenciales y dice la verdad, ¿de acuerdo?
Es un agente de policía de verdad, Leg. No va a hacerte daño.
El cuerpo de Lewis se quedó gélido en cuanto oyó a Emilia pronunciar su apodo. Entre ellos, después de que la habitación se hubiera vaciado y siguiendo el consejo de Jake, habían decidido elegir una palabra clave que pudieran usar si alguno de los dos sentía alguna vez que estaba en peligro.
Y ella acababa de pronunciarla.
—Puedes confiar en mí, Lewis —dijo el hombre. Lucía una sonrisa sucia; una que a Lewis le recordó al viejo Bill, de su barrio, que solía sentarse en el banco a ver pasar a los chicos que iban al colegio cada día antes de que desapareciera de repente y nadie volviera a verle.
—¿Te parece bien, Leg ? —preguntó Emilia. Sus ojos se agrandaron aún más con cada segundo que pasaba; la repetición de su apodo le indicaba lo preocupada que estaba.
Ahora todo lo que él tenía que hacer era corresponder y utilizar la respuesta que habían acordado.
—Sí —respondió Lewis con timidez—. Está bien. ¿Podrías arroparme antes de irte?
Ella cerró los ojos y bajó un poco los hombros, como si se hubiera quitado un peso de encima. Sabía lo que tenía que hacer a continuación. Lewis solo esperaba que pudiera hacerlo a tiempo.
—Claro que sí, Lewis. Será un placer.