Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 85
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Capítulo 85

PILLADO CON LAS MANOS EN LA MASA

Esa actitud de indiferencia. La confrontación.

La intimidación, las discusiones que habían mantenido en el coche, en la calle.

No había nada sutil ni brillante en sus movimientos.

Daba la impresión de que se creía invencible, intocable por contar con el respaldo de La Cábala.

Pero lo mismo les pasaba a Garrison, a Drew y a Liam, y mira cómo habían acabado todos.

Martin era un verso suelto, un poli ansioso por labrarse un nombre, por asegurarse de que ciertas personas supieran quién era, de que una persona en concreto supiera quién era.

Martin ya había demostrado que no estaba dispuesto a meditar sus acciones y decisiones, ni era capaz de ello, y eso significaba que podría haber dejado un rastro de pruebas tras de sí.

Y Jake tenía la idea perfecta sobre cómo desenterrarlas.

Con la idea zumbándole en la cabeza como una avispa dentro de una botella, sacó la silla de debajo del escritorio, se dejó caer en ella y activó la pantalla. Al principio de su bandeja de entrada había un correo electrónico de Roland.

Aquí tienes, Jake, tal como pediste. Además, no ha habido suerte con la dirección. Está encriptada más allá de mi capacidad de comprensión, lo cual me ha sorprendido. Lo siento. Por ahora tendremos que dejarlo aparcado, pero avísame si persisten.

PD: por favor, no intentes volver a ver porno en tu ordenador. Nos deja en mal lugar a los demás.

Buenas y malas noticias, todo en uno. No obstante, al menos ya tenía acceso a los archivos de las cámaras de seguridad que había solicitado media hora antes del interrogatorio.

Jake se desplazó hasta el final del correo, descargó el archivo adjunto y pulsó el botón de reproducción, viendo el vídeo al doble de velocidad.

Ante él apareció la imagen fija de una pared con una puerta a la izquierda.

Junto a la puerta había un sistema de cerradura con tarjeta.

En la esquina inferior derecha de la pantalla, los dígitos del reloj subían y subían a medida que pasaba el tiempo.

Jake se acercó más a la pantalla, clavando la vista en el panel de la tarjeta.

Pasaron cinco minutos de tiempo real y seguía sin ocurrir nada.

Luego otros cinco.

Y otros cinco.

A medida que transcurría el tiempo, era vagamente consciente de los ruidos de fondo, del barullo de la oficina.

El monótono murmullo de las conversaciones, el estridente chirrido de la impresora expulsando papel antes de ponerse en huelga.

El equipo trabajaba para encontrar al resto del ejército de Henry Matheson.

Jake estaba demasiado absorto en su tarea como para prestarles atención.

Ni siquiera se dio cuenta de que la oficina estaba prácticamente vacía.

Pasaron otros veinte minutos y seguía sin haber ni rastro de lo que buscaba.

Alguien silbó en la oficina, distrayéndolo. Apartó la vista de la pantalla un momento, se dio cuenta de que nadie le llamaba y volvió a centrar su atención en el monitor.

Y entonces lo vio.

Allí, plantado frente a la puerta del depósito de pruebas forenses, estaba Martin Radcliffe.

Vestía una americana gris y una corbata más oscura, con el pelo caído hacia un lado.

Se echó la mano al bolsillo y sacó una tarjeta, la deslizó por el lector y, antes de entrar, echó un vistazo a un lado y a otro del pasillo, ofreciendo a la cámara un plano nítido de su rostro.

Te cogí, pensó Jake.

Visto para sentencia. Pillado con las manos en la masa.

Habían cazado al gilipollas ese tan estirado.

Capullo.

Sin perder tiempo, Jake hizo una captura de pantalla, la imprimió antes de que la impresora dejara de funcionar y corrió al despacho de Darryl. Golpeó la puerta con el puño y esperó ansioso e impaciente.

Al final, la puerta se abrió.

Darryl se sorprendió de verle. —Jake, ¿qué pasa?

Jake agitó el documento ante su cara. —Tenemos que hacer algo con esto.