Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 84
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Capítulo 84

OTRAS VACACIONES

Y este era el afortunado favor número siete.

Llegaban cinco minutos tarde y empezaba a frustrarse; no le gustaba que le hicieran esperar. Y menos aún le gustaba que le hicieran esperar en estas circunstancias, cuando no le importaba lo más mínimo estar allí. Le estaban haciendo perder el tiempo y, según su criterio, aquello era inaceptable.

La reunión la había organizado Helen para planear sus próximos pasos y los de Martin.

Estaban muertos de miedo a medida que el control que tenían sobre las cosas —Henry, el atraco a Royal Hallmark— empezaba a flaquear.

Para Rupert, la solución era sencilla: correr, esconderse y rezar para que nunca los pillaran.

Pero sabía que eso no los calmaría, que querrían oír algo distinto.

Martin y Helen querrían una alternativa a vivir en las sombras y a mirar constantemente por encima del hombro.

Ellos, como tantos otros, dependían enormemente de su intuición, su pericia y su guía.

Como un dios moderno.

Y él iba a actuar como tal. El poder de darles el consejo preciso, de ayudarlos a ponerse a salvo, estaba en sus manos, y aún no había decidido si iba a concedérselo.

Dos coches entraron en la obra justo delante de él y aparcaron a escasos palmos del morro de su Mercedes. Demasiado cerca para su gusto.

—Buenos días —dijo Martin con indiferencia tras acercarse, tendiendo la mano para que Rupert se la estrechara; Rupert no se la dio y disfrutó un poco viendo cómo Martin la dejaba caer a su costado.

—Me habéis hecho esperar —dijo Rupert, dirigiéndose a Helen. Ella era la de mayor rango de los dos, así que sufriría las consecuencias correspondientes.

—Teníamos que asegurarnos de que no nos seguían —respondió Helen.

Su corte bob se veía desaliñado esta mañana y dos enormes nubarrones negros asomaban bajo sus ojos.

Parecía no haber dormido en días; parecía que había pasado aún más tiempo desde la última vez que comió.

Pero algo le decía que no era por tener mala conciencia.

—¿Y os seguían?

Helen asintó con la cabeza. —De momento, no.

—Pronto lo sabremos —añadió Martin, incapaz de ocultar la sonrisilla de suficiencia.

—Esto no tiene ninguna gracia, Martin —gritó Helen y levantó una mano como si fuera a darle un bofetón—. No es un chiste. Es una puta mierda muy seria con la que tenemos que lidiar. Tú eres parte de la razón por la que estamos en este barrizal, así que cambia de actitud de una puta vez y cállate.

Respiró hondo y se volvió hacia Rupert, ahora más calmada. Él intuyó que ella llevaba mucho tiempo deseando hacer eso. —Por eso necesitamos que tú nos ayudes.

—¿Cómo?

—Supongo que te has enterado de lo de Henry y Deshawn, ¿no? —preguntó Martin.

Rupert confirmó que así era.

—Entonces sabrás que tenemos que intentar sacarlos de allí. Tienes que encontrar la forma.

Rupert abrió la boca para responder, pero luego se frenó. —¿Es que no os habéis enterado? —empezó—. Esto se ha acabado. Ha terminado. No quiero tener nada más que ver con Matheson. Para él no hay salida. ¿Sabéis qué pruebas tienen contra él?

Tanto Martin como Helen negaron con la cabeza.

—Imágenes de vídeo de Frank y Jermaine siendo quemados vivos, con Henry, Deshawn y Jamal apareciendo en escena.

No hay forma de sacar a ninguno de la cárcel por eso.

Ni el mayor de los sobornos podría arreglar la situación en la que nos encontramos.

La única forma de sacarlo sería destruyendo hasta el último rastro de las pruebas —de las cuales estoy seguro de que ya hay varias copias porque no son tan estúpidos—, o la alternativa es matar a todo aquel que las haya visto.

Imposible. Ni siquiera vale la pena considerarlo.

Por eso he terminado. Estoy fuera. Lo dejo aquí.

El rostro de Martin se crispó en un ceño fruncido de decepción. —¿Así como así? ¿Ya has terminado? ¿Nos dejas tirados?

«Nos». Esa palabra, ese concepto. Rupert soltó una risita interna. Una cosa que había aprendido es que nunca existía un «nosotros»; siempre eran «ellos» o «él».

—Cuando el barco empieza a hundirse, Martin, lo más inteligente es saltar.

—¿Así que ahora eres filósofo además de abogado?

Rupert se esforzó por reprimir una sonrisa. Imbécil engreído . —Solo un hombre inteligente y con experiencia que sabe cuándo dar un paso atrás y largarse antes de que la mierda salpique.

—¿Y qué hay de nosotros ? —preguntó Helen, acercándose a él.

Ahí estaba esa palabra de nuevo. Y también había una mirada de desesperación en sus ojos que nunca le había visto en todos los años que la conocía.

Aquello le hizo sonreír. No porque fuera una mala persona, sino porque era la primera vez que ella demostraba ser capaz de tener miedo, de que algo lograra traspasar su exterior duro y resistente.

Durante mucho tiempo, él había pensado que era una fuerza de la naturaleza, una dictadora, alguien que no aceptaba nada de nadie.

Pero ahora se daba cuenta de que era igual que los demás.

Nosotros .

Y no podría importarle menos.

—¿Qué pasa con vosotros ? —preguntó Rupert—. ¿Necesitáis que os lleve de la manita? ¿Que os limpie el culo cuando estéis cubiertos de mierda?

—Es lo menos que podrías hacer.

Rupert suspiró. No lo era, pero en ese momento se dio cuenta de que, si quería tener alguna posibilidad de pasar página de Henry Matheson y de estos dos, tendría que hacer lo mínimo indispensable para sacarlos de su vida para siempre.

Lo mínimo, y luego dependería de ellos. Si no podían llegar hasta ahí, entonces realmente no había esperanza para ellos.

—Cabos sueltos —dijo finalmente—. Atadlos.

Ahora mismo parece que tenéis dos. Primero, el chaval que grabó el vídeo.

Me han dicho que era uno de los chicos del barrio.

Tengo contactos en el hospital y dicen que ya está allí metido, ingresado porque tomó drogas.

Al parecer, Jamal ya se ha encargado del padre del chico, pero eso ha fastidiado algunas cosas para vosotros, ha puesto el lugar en estado de alerta, así que tenéis que tener cuidado con cómo jugáis vuestras cartas.

Y lo segundo de lo que tenéis que preocuparos es del dinero del atraco que hicisteis el otro día.

—Eran joyas —corrigió Martin.

Rupert le lanzó una mirada furibunda. ¿Por qué la gente se creía con derecho a interrumpirlo mientras los estaba ayudando? Debería haber cobrado por esta información, eso los habría mantenido callados. El dinero habla, pero el dinero también silencia.

Continuó: —Joyas. Dinero. Bolsos… Podría haber sido un puñado de dildos, me daría exactamente igual. Ese es vuestro último vínculo con Matheson y el E11. Tenéis vuestra coartada lista con la investigación encubierta, ¿verdad? ¿Lo habéis estado haciendo como os dije?

Helen respondió a esto. —Las estadísticas han subido, tenemos a un par de los camellos jóvenes del barrio entre rejas, así que eso es lo único que les importa. La gente está contenta.

—Bien. Entonces deberíais estar a salvo. A menos que haya algo más que deba saber.

Martin reflexionó un momento y luego negó con la cabeza.

—Perfecto. Entonces ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Martin y Helen lo miraron con la mente en blanco, como un par de perros esperando a que les dijeran que podían comer.

—¿Necesitáis que también os lo deletree?

—No podemos permitirnos fallos ahora, Rupert.

Él suspiró. En momentos como este empezaba a cuestionarse por qué había decidido trabajar con polis corruptos en primer lugar.

La mayoría eran unos inútiles, unos incompetentes y, la mayor parte del tiempo, unos paranoicos redomados; Liam y Drew eran ejemplos perfectos que solo agravaban los dos primeros defectos.

Si tuvieran cerebro propio, serían peligrosos.

—Bien. Es sencillo. Los dos sabéis que lo es, pero quizá tenéis demasiado miedo para admitirlo.

—Vaciló—. Uno de vosotros tiene que matar al chico y el otro tiene que deshacerse de las joyas; y no me refiero a vendérselas a algún prestamista; me refiero a deshaceros de ellas de verdad, para que no vuelvan a aparecer.

Enterradlas. Ahogadlas. Convertidlas en arena otra vez de alguna manera.

Lo que sea necesario. Solo aseguraos de que no vuelvan para atormentar a nadie.

Todos tenemos ya bastantes esqueletos en el armario.

No necesitamos añadir nada más. ¿Creéis que podéis hacer eso?

Helen y Martin se miraron antes de responder. Las expresiones de sus rostros no le infundieron mucha confianza, pero entonces dijeron «sí» simultáneamente y eso fue todo lo que necesitaba oír. Él había cumplido con su parte, ahora era el momento de olvidarse de ellos y seguir adelante.

—Buena suerte —dijo con una sonrisa antes de regresar a su coche. Voy a necesitar otras putas vacaciones después de esto.