Capítulo 81
CONSECUENCIAS
E l teléfono móvil sonó, sacándolo de su sueño.
En todos los años que llevaba en el oficio, responder a las llamadas de madrugada nunca se le había hecho más fácil, especialmente porque a su cuerpo, ya de por sí privado de sueño, a menudo le costaba horrores sumergir los pies en la laguna de la inconsciencia en primer lugar.
Para él, dormir era un artículo de lujo, y sus horarios estaban completamente jodidos como consecuencia de su elección profesional.
Rupert Haversham se dio la vuelta, estiró los brazos y las piernas a lo largo de la cama de matrimonio vacía y cogió el teléfono.
—¿Diga? —respondió con los ojos todavía cerrados.
—¿Rupert?
La voz de La Cábala lo despertó del susto.
—¿Puedes hablar?
—Sí. Karen ha salido en una de sus noches de chicas. ¿Qué pasa? —Se sentó en el borde de la cama, cogió su bata de la silla que tenía enfrente, donde solía leer antes de acostarse, y se la puso.
—Tienes que presentarte en Bow Green.
—¿Por qué? —preguntó, fingiendo que no había visto ya las cuatro llamadas perdidas de la comisaría.
—Ha ocurrido.
—¿El día del juicio final de Matheson? —preguntó Rupert mientras se anudaba la bata al cuerpo, haciendo malabarismos con el teléfono entre las manos.
Hubo una larga pausa.
—¿Sabías que esto pasaría? —preguntó La Cábala.
Rupert se encogió de hombros, aunque sabía que La Cábala no podía verlo—. Le advertí que tuviera cuidado. No lo tuvo. Esto es lo que pasa.
—¿De qué estás hablando?
—Intenté advertirle. Le dije que me contara qué le había pasado a Frank Graham para poder ayudarle. Pero no quiso. En lugar de eso, dijo que no había nada de qué preocuparse. Nada por lo que yo tuviera que inquietarme. Así que no lo hago.
—¡Te necesita allí con él, defendiéndolo ahora mismo!
Un ramalazo de ira proveniente de La Cábala; era la primera vez que oía tal emoción en la voz del hombre.
—Lo sé —dijo Rupert, acomodándose en su silla, disfrutando de aquello de forma un tanto sádica—. He recibido todas las llamadas de la comisaría. Llevan horas intentando localizarme. No ha parado de sonar.
—¿Perdona? ¿Ha preguntado por ti y lo has rechazado?
—Le advertí...
—¿Quién te está pagando? ¿Cuánto te pagan? Sabes que yo puedo...
—Ya no se trata de dinero, D. Se trata de respeto. No me tiene ninguno. Y ya he tenido bastante. Solo me utiliza cuando me necesita.
—¡Porque ese es tu puto trabajo!
—Pero no me lo pone nada fácil. Se podría pensar que a estas alturas ya habría aprendido a borrar sus huellas un poco mejor.
Lleva tanto tiempo en esto que debería conocer todos los entresijos.
Los vacíos legales por los que puedo sacarlo.
Pero solo hay un número limitado de situaciones de las que puedo librarlo.
Era inevitable que llegara una que fuera demasiado grande, demasiado monumental incluso para que yo la superara. Y es esta.
El día del juicio final de Henry Matheson.
—¿Se acabó para él? —La emoción en la voz de La Cábala había pasado de la ira a la angustia.
—Por lo que me dicen mis fuentes, sí. Tengo a uno de mis buenos amigos allí dentro con él.
Al parecer, hay grabaciones de vídeo de él matando a Graham.
También tienen otro vídeo de tres de sus hombres de confianza asesinando a Jermaine.
Su unidad de informática forense se las arregló de algún modo para recuperar el vídeo después de haber sido borrado. Así que están todos doblemente jodidos.
—Idiota —suspiró La Cábala—. Le dije que no se acercara a Graham.
—Ya, pero cuando tienes delante al hombre que acaba de matar a tu hermana, haces lo que te dicta la rabia, sin importar el resultado.
La Cábala volvió a vacilar. Fue un silencio pensativo. ¿Del uno al diez?
—¿La probabilidad de que salga?
—Sí.
—Uno —respondió Rupert sin dudarlo. Era un número arbitrario, una suposición, sin garantía de que fuera a ser tan malo como eso—. Con las pruebas que tienen contra él, se enfrenta a la cadena perpetua. Y sin mí como abogado, intentarán ir a por él por todo lo demás también.
—¿Incluyendo el atraco?
Hubo un cambio repentino en la voz de La Cábala. De la ira a la angustia y, de ahí, al desapego. Como si ya no quedara emoción alguna. Toda la preocupación y el afecto hacia Henry Matheson se habían esfumado. Ahora todo era cuestión de negocios.
—¿Pensaba que ya se había limpiado todo? —preguntó Rupert.
—Yo... tendré que enterarme.
—Ese es un cabo suelto que podría complicar seriamente todo lo que tienes entre manos. Si Helen y Martin no han hecho su trabajo correctamente, vas a tener un problema.
—Nosotros, Rupert. Nosotros vamos a tener un problema. Estás metido en esto tanto como todos los demás.
—Sí. Pero yo solo puedo ayudar a posteriori. No hay nada que pueda hacer ahora, excepto daros instrucciones sobre cómo proceder.
—Pues dínoslas de una puta vez en lugar de soltarme tus mierdas de acertijos y mantener tu polla a salvo.
Rupert suspiró. Rupert el oráculo. Rupert el superhéroe. Rupert el que tiene todas las respuestas. Al rescate.
—Mi recomendación sería hablar primero con Martin y Helen —dijo sin hacer ningún esfuerzo por ocultar el desdén en su voz—. Averigua en qué punto están, qué han hecho y qué no. Luego vuelve a hablar conmigo. Hasta entonces, me vuelvo a dormir.
Cuando Rupert colgó y tiró el teléfono sobre la cama, una semilla de duda se coló en su mente y le hizo preguntarse si habría hecho todo lo que se esperaba de él.
Si habría hecho todo lo posible por proteger a La Cábala, a Henry y sus intereses mutuos.
Porque, de no ser así, y si los hubiera dejado vulnerables de algún modo, conocía de sobra las consecuencias.
Todos los que trabajaban para La Cábala las conocían.