Capítulo 80
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E ran las cuatro de la madrugada y, tras horas de agónica espera, Henry Matheson por fin había recibido el alta hospitalaria y había sido enviado a comisaría con varias costillas fracturadas y un esguince en el hombro. Unas lesiones mucho menos graves de lo que se merecía, pensó Jake.
Cuando Henry llegó a las dependencias policiales para su registro en el área de custodia, le informaron de su derecho a recibir asistencia legal.
Para sorpresa de nadie, había solicitado los servicios de Rupert Haversham, pero tras varios intentos, el oficial de custodia no había logrado contactar con el abogado y, en su lugar, recibió instrucciones de asignarle defensa de oficio por cortesía del Servicio de Defensa Criminal.
Menuda caída en desgracia. En un segundo eras el rey del mazo en la planta superior de tu propiedad y, al siguiente, estabas en el fondo del montón de mierda como todos los demás.
Kevin Rowney era un hombre de aspecto idiota; alguien que parecía incapaz de atarse sus propios cordones, y mucho menos de asesorar con éxito a alguien sobre cuándo hablar y cuándo no.
Ataviado con una camisa desaliñada de color rosa pálido que parecía no haber sido lavada en semanas, permanecía de pie con los hombros hundidos y la espalda encorvada.
Llevaba el cuello desabrochado y la corbata negra le colgaba hacia un lado como una bandera que ondea lánguida al viento.
Cerca de la entrepierna, el extremo del cinturón le colgaba flojo, de forma fálica, y portaba una botella de agua en una mano y una mochila en la otra, como un escolar listo para su primer día de curso.
A simple vista, parecía que Jake y Brendan lo tendrían fácil.
Los cuatro entraron en la sala de interrogatorios.
Estaba iluminada artificialmente y era espaciosa y cálida.
La mesa se encontraba en el centro, apoyada contra una de las paredes laterales, con un magnetófono encima.
También había una cámara de vídeo en la esquina superior de la habitación, sobre el hombro derecho de Jake.
Habían decidido entre ellos que Jake dirigiría el interrogatorio y Brendan prestaría asistencia cuando fuera necesario.
Al haber ascendido por la vía rápida al rango de sargento, Brendan no tenía tanta experiencia en interrogatorios como Jake, por lo que se sentía cómodo dejándole llevar las riendas.
—Interrogatorio iniciado a las cuatro y veintitrés de la madrugada en la comisaría de Bow Green, Stratford. Presentes en la sala el detective Tanner, el sargento Lafferty, Henry Matheson y su abogado, Kevin Rowney. Por favor, ¿podrían decir sus nombres para la grabación?
Uno por uno, fueron identificándose.
—Henry Matheson —continuó Jake—, me gustaría recordarle que está bajo caución y que no tiene obligación de decir nada, pero puede perjudicar su defensa si no menciona al ser interrogado algo en lo que pretenda basarse posteriormente ante el tribunal.
Todo lo que diga podrá ser utilizado como prueba.
Ya ha ejercido su derecho a la asistencia letrada y, en el mostrador de custodia, ha renunciado a su derecho a realizar una llamada telefónica.
—También quiero recordarle que se le imputan los siguientes cargos.
—Cogió un trozo de papel que contenía la lista de delitos asociados—.
Dos cargos de asesinato con premeditación.
Conspiración para cometer asesinato. Blanqueo de capitales.
Tráfico y suministro de drogas de clase A, B y C.
Obstrucción a la justicia. Y, por último, posesión de un arma ofensiva.
Hay otros asuntos de los que nos gustaría acusarle, y podrían añadirse más cargos una vez que concluyan nuestras investigaciones en curso.
Jake se tomó un momento para recuperar el aliento, saborear el instante, digerir y empaparse de la atmósfera tras haber pronunciado las palabras que nunca pensó que diría, seguidas de la expresión vacía en el rostro de Henry al verse obligado a escucharlas.
Una vez convencido de que la pausa había sido lo suficientemente larga como para que Henry se removiera con un poco más de incomodidad, Jake apoyó los brazos sobre la mesa y continuó: —Nos gustaría que corroborase ciertos datos, que nos ayudara a comprender mejor qué ocurrió.
—Si están tan seguros de que los he cometido, ¿para qué me necesitan?
—Por la misma razón que acabo de exponer. Pero recuerde que no tiene que decir nada si considera que perjudicará su defensa.
—Ya me lo ha dicho bastantes veces.
—Solo quiero asegurarme de que el mensaje quede claro, cristalino como un diamante.
Al mencionar esa última palabra, Jake notó un cambio repentino en la expresión de Henry. Pequeño, casi minúsculo, pero real. Un leve movimiento de ceja provocado por la alusión al robo de la joyería del otro día.
Te pillé .
—No hay necesidad de menospreciar a mi cliente, detective —dijo Kevin, alargando el brazo sobre la mesa y revelando un antebrazo velludo, casi como el de un oso—. Es consciente de sus derechos y no hace falta que se los repitan cada cinco segundos. Hemos hablado de esto largo y tendido.
—Perfecto. Entonces creo que estamos en condiciones de empezar, ¿no cree?
Jake ni siquiera se molestó en esperar respuesta. No le importaba si estaban listos o no. Había sido una noche muy larga y estaba agotado. El café que recorría su organismo no podía hacer mucho más a esas horas.
—Me gustaría empezar con el primer elemento de la lista de pruebas.
Jake dirigió su atención a la mesa. Delante de él había una pila de papeles, una carpeta y, debajo de todo, una tableta.
Jake cogió el dispositivo, lo desbloqueó y abrió la galería de imágenes.
Cargó el archivo más reciente y deslizó el aparato por la mesa de forma que quedara frente a Henry y Kevin.
Intrigado, Henry se inclinó hacia delante. —¿Se la comparten entre todos? Seguro que se pelean mucho por usarla. Mis chicos y yo tenemos una cada uno.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo se las arregló para pagarlas? —Jake arqueó las cejas.
—Hay secretos que se irán con nosotros a la tumba.
—Esperemos que no sea el caso de todos, ¿verdad? —continuó Jake, agilizando la conversación lo máximo posible—. Como iba diciendo, la prueba que tengo aquí nos fue entregada hace unas horas y ha sido examinada forensemente. Voy a reproducirla ahora.
Jake pulsó el botón de reproducción.
El vídeo comenzó.
Al principio se veía todo oscuro mientras Lewis maniobraba la cámara para colocarla en posición, y luego se quedó fija.
La luz dominaba el vídeo. En el centro de la pantalla aparecía Frank Graham, colgando de la farola.
Frente a él estaba Henry, sosteniendo un encendedor por debajo del pie de Frank.
A su derecha estaban Jamal y Deshawn, sujetando a Frank en la farola.
En el suelo había una chica, encogida, gritando, inmovilizada contra el hormigón.
Y entonces, en el siguiente fotograma, el zapato del hombre que colgaba prendió en llamas.
En cuestión de segundos, su cuerpo era una furiosa bola de fuego que iluminaba la plaza y los rostros de quienes habían quedado atrapados en la toma.
Jake hizo una pausa en el vídeo. Levantó la vista y examinó el rostro de Henry: el hombre tenía los ojos muy abiertos y el color se había esfumado de sus mejillas. Giró la cabeza hacia su abogado, pero no dijo nada.
—¿Sabe quién es el hombre del vídeo? —preguntó Jake—. Es usted, ¿no?
Kevin asintió hacia Henry, indicándole en silencio lo que debía hacer.
—Sin comentarios —dijo Henry, recostándose en su silla y cruzándose de brazos.
Jake se maldijo internamente. Había jugado su baza demasiado pronto y mostrado sus cartas antes de tener oportunidad de saber contra qué se enfrentaba. Sabía que, a partir de ahora, sería una lucha cuesta arriba conseguir que Henry dijera algo que no fuera «sin comentarios».
—¿Es capaz de identificar a alguien en este vídeo?
¿No? ¿Y el hombre que está siendo quemado vivo?
¿Le reconoce? ¿Los dos tipos que están a su lado?
¿O qué me dice del muchacho que encañona con un cuchillo a una chica en el suelo?
¿Quién es él, Henry? ¿Y dónde está esa joven?
Según nuestras investigaciones, nadie la ha vuelto a ver desde la última vez que estuvo con usted y el resto de su banda.
—Jake hizo una pausa de un segundo, preparándose para asestar un derechazo contundente—.
¿Es usted el responsable de lo que le haya pasado a ella también? ¿Lo es?
—¡Detective! —espetó Kevin, interponiendo su sudorosa figura en la línea de visión de Jake—.
Por favor, deje de acosar a mi cliente de esta manera.
Francamente, encuentro su actitud abyecta y vengativa.
Esto empieza a parecer una sesión de acoso escolar.
O le hace una pregunta adecuada o pasamos a otra cosa.
¿Una sesión de acoso? Como si el hombre que asesinó a uno y ordenó la muerte de otro no se lo mereciera. El mundo era realmente un lugar de mierda.
Se merece todo lo que le pase.
Echando aire con fuerza para calmar su sangre, Jake inclinó la cabeza hacia el sospechoso: —Henry... ¿nada que añadir?
—Sin comentarios.
Bien. Así iban a ser las cosas.