Capítulo 78
EL TÉ
H enry no tenía ni idea de dónde estaba. Salvo que era una casa. La casa de una amiga. Una de las de Lily. Ella lo había dejado allí y, tras una breve discusión, seguida de su primera pelea como pareja, lo había dejado a solas con la amiga.
La amiga, que había averiguado que se llamaba Zara, estaba en ese momento en la cocina, preparándole una taza de té, a pesar de que él la había rechazado educadamente y le había dicho que detestaba su sabor.
Que le diera una Coca-Cola o una cerveza.
Pero té no. Le daban ganas de orinar cada diez minutos, cinco si ya se había bebido un vaso de agua.
No ayudaba en nada a tener un día productivo.
Estaba en el salón, engullido entre los cojines del sofá de polipiel negra de Zara.
En una esquina de la habitación, la televisión estaba encendida, pero no le prestaba atención.
En su lugar, escudriñaba su entorno, observando las hileras de libros y los marcos de fotos que reposaban en la estantería.
El espejo colgado en la pared sobre su cabeza.
El bosque de plantas de interior que oxigenaban la estancia.
Las puertas acristaladas que daban al pequeño, cuidado y cuadrado jardín exterior.
Su mirada volvió a la estantería. Algo le había llamado la atención.
Una foto. Henry hizo un esfuerzo por salir del sofá, se acercó arrastrando los pies y cogió el portarretratos.
Sonriéndole desde la imagen estaban Zara y su hijo.
Junto a ellos en la foto aparecía Mickey Mouse, con el castillo de Disneyland alzándose al fondo.
El niño no tendría más de diez años, once a lo sumo, y la inscripción en la parte inferior izquierda fechaba la imagen hace dos años.
Lo que significaba que su hijo tenía aproximadamente doce o trece años.
Una edad idónea. Convirtiéndose en un hombre.
Forjando su confianza en el mundo, siendo cada vez más consciente de cómo funcionan las cosas.
El colegio, las clases, las estructuras sociales.
Las drogas, el dinero, las mujeres. Los videojuegos en el suelo — Call of Duty, Grand Theft Auto — sugerían que ya tenía un pie metido en el Juego de la Vida.
El pensamiento le hizo darse la vuelta para ver si Zara estaba detrás de él. No estaba. Seguía preparando el té. Por alguna razón. Él no era un experto, pero no se tardaba diez minutos en hervir un hervidor, ¿verdad?
Ignorando ese pensamiento, volvió a centrar su atención en el muchacho.
Se preguntó si tal vez le gustaría ganar algo de dinero.
Con Lewis fuera de la ecuación, a Henry le vendría bien tener a algunos jóvenes más por la urbanización para que le ayudaran, encargándose de parte del negocio para que él pudiera mantenerse bien alejado por el momento.
Cuantos más cuerpos tuviera Henry entre él y Jake Tanner, y el resto de la policía, mejor.
Los jóvenes eran los soldados de infantería, los héroes de primera línea enviados a la guerra para ser diezmados y aniquilados en la primera fila de...
—Aquí tienes —dijo Zara, interrumpiendo sus pensamientos con una taza en cada mano.
Por fin. El té.
Henry aceptó la bebida y le dio las gracias. Zara se sentó en el sillón a su lado y cogió el mando a distancia. Tras dejar el portarretratos de nuevo en la estantería, Henry regresó al centro del sofá.
Mientras observaba a Zara pasar de canal incesantemente, intentando encontrar algo que aliviara el silencio, su entorno conjuró de repente imágenes de una vida familiar que nunca había tenido.
Una esposa antaño cariñosa que ahora lo despreciaba.
Un adolescente desobediente que pasaba todo el tiempo encerrado en su dormitorio jugando a videojuegos.
Una vida de vulgaridad y banalidad sentado frente a la caja tonta, consumiéndose hundido en el sofá.
Era un concepto ajeno para Henry, y lo asustaba de cojones.
—Lily me ha dicho que habéis pasado la noche juntos.
Henry dio un sorbo al té para retrasar su respuesta. ¿Por qué se sentía como si estuviera a punto de ser reprendido e interrogado por una mujer a la que no conocía de nada sobre una relación que acababa de empezar?
—Sí, así es —respondió él.
—Esa chica ha pasado por mucho. Además, tiene buen corazón. Uno muy grande. Haría cualquier cosa por cualquiera. Quiero decir, mira lo que ha hecho por ti ahora.
Enviarme a la boca del lobo para que me despedacen, para poner a prueba si doy la talla como novio.
—Y se lo agradezco —dijo Henry, evitando que su voz sonara terca.
—Deberías. Se lo estoy haciendo como un favor a ella , no a ti. Esto es solo temporal mientras intento encontrarte un sitio más permanente. Sé quién eres y no quiero que te quedes ni cerca de mi hijo. ¿Entendido?
Lo entendía. Pero eso no significaba necesariamente que fuera a hacerle caso.
—¿Dónde está él, por cier...?
—No. No vamos a hablar de él. No quiero que sepas nada sobre él.
Sorprendido, Henry levantó las manos en señal de rendición. —Por supuesto —dijo a regañadientes—. Esta es tu casa. Tus reglas.
—Si por mí fuera, en cuanto le cerré la puerta a Lily, te habría dejado ir por tu cuenta. A la intemperie. Que lo que sea que te mereces viniera a buscarte.
Henry dio otro sorbo. —Si de verdad quisieras eso, ya habrías llamado a la policía.
En cuanto terminó de hablar, sonó el timbre.