Capítulo 77
¿ALGUNA IDEA?
E l problema de hacerse mayor, se había dado cuenta, era que las resacas duraban más de lo habitual.
Las peripecias de la noche anterior aún le estaban pasando factura y, por mucho café que se inyectara en vena para intentar espabilarse, no dejaba de bostezar y sentía que una constante niebla mental descendía sobre él.
El veneno del vino barato, una combinación del suyo y el de Lily, seguía recorriendo su organismo, burlándose de él por haberse emborrachado tanto.
Henry se estiró en el sofá junto a ella, rodeándola con el brazo.
Estaban viendo el último documental sobre naturaleza en el Discovery Channel.
Pero Henry no prestaba atención. Su mente estaba en otra parte.
Perdida en pensamientos sobre Frank, Jermaine, Jamal, Deshawn, Reece y Lewis.
Lo de anoche había sido un arrebato, una decisión mal calculada, ilógica y precipitada.
No había habido reflexión ni planificación previa, lo que significaba que quedaban flancos abiertos.
Con el robo de las joyas había un plan, un respaldo, una ruta de escape, una banda de policías corruptos ayudándolos a huir.
Pero con esto… nada. Y mientras estaba allí sentado, con la mirada perdida en los parpadeantes píxeles de la pantalla del televisor, se preguntaba si habrían cubierto todos los ángulos.
Si habrían hecho lo suficiente para asegurarse de que no los pillaran.
Si era necesario involucrar a La Cábala y conseguir que ayudara a encubrirlo.
Y entonces Henry recibió la llamada que tanto temía.
La pantalla se iluminó y el pequeño dispositivo empezó a vibrar sobre la mesa de centro que tenía delante, sacudiéndose violentamente sobre la superficie. El nombre de Rupert Haversham apareció justo encima del botón de respuesta.
Aquí vamos . Henry retiró el brazo de los hombros de Lily, la apaciguó con una sonrisa y salió de la habitación. Al llegar al pasillo y cerrar la puerta tras de sí, respondió a la llamada.
—¿Diga?
—¿Puedes hablar? —preguntó Rupert.
—Depende de lo que tengas que decir.
—No te hagas el tonto. Sabes perfectamente por qué te llamo. ¿Qué cojones ha pasado?
—Le hicimos una pequeña visita a Frank —dijo Henry mientras avanzaba por el pasillo hacia la cocina, en la parte delantera de la casa.
—Por lo que he oído, ha sido algo más que una visita. Sale en todas las noticias. Casi prendéis fuego a todo el lugar.
—¿Mencionan mi nombre?
—No mencionan ningún nombre —respondió Rupert—. Parece que estás limpio. Por ahora.
—La mejor noticia que he recibido en todo el día.
—Debería serlo. Pero ahora estoy a punto de darte la peor noticia de tu jornada.
Henry vaciló, conteniendo el aliento.
—Tienes que marcharte de la ciudad una temporada. Una temporada larga . Hasta que yo diga que es seguro volver.
—¿Has fumado algo? —preguntó Henry—. No pienso ir a ninguna parte. ¿Qué te hace pensar que voy a dejar la propiedad, todo lo que tengo, mi negocio ?
—Porque si no lo haces, tarde o temprano te encontrarán. Tus días están contados, Henry, especialmente con la de mierdas que no dejas de montar. No tengo tiempo ni recursos para elaborar un caso de defensa lo bastante sólido para ti.
Henry se mofó.
—Eres el mejor en lo tuyo. ¿Para qué te paga La Cábala? ¿Para qué te pago yo ?
—La Cábala y yo nos conocemos desde hace mucho. No hace falta que me pague por nada. Tú, en cambio, te estás descontrolando. Estás llamando demasiado la atención.
—¿Eso viene de parte de La Cábala o de Helen? Me dio la sensación de que a esa mujer no le caía bien.
—De ninguno de los dos —respondió Rupert—. Viene de mí . Te alegrará saber que Helen, Martin y su equipo han arrestado a los chicos de Gordon esta mañana. Los van a acusar del robo y del asesinato del atraco. Así que eso es una preocupación menos para ti.
—¿Ves? Para todo hay una solución.
—Tienes a toda esa gente cuidando de ti, asegurándose de que no acabes donde te mereces estar.
—¿Y…?
—¿Y se lo agradeces crucificando a otro hombre en una farola?
Henry no se dignó a responder a eso.
—La policía no se va a detener ahí, Henry —continuó Rupert—. Seguirán yendo a por ti. Por eso necesito que me cuentes lo que pasó anoche. ¿Hay alguien que viera a Deshawn o a Jamal?
Henry se desplazó hasta el otro extremo de la cocina, lo más lejos posible de la puerta, y se apoyó contra el horno.
—Está solucionado. No habrá ningún soplón que pueda volver a llenar sus pulmones de aire.
—¿Estás seguro?
—Sí —eso esperaba él.
—Aun así, me gustaría saber qué ocurrió.
Henry negó con la cabeza. No iba a dejarse intimidar por Rupert. Especialmente después de cómo le acababa de hablar. ¿Quién se creía que era?
—Está zanjado —le dijo Henry—. Yo me he encargado.
Rupert suspiró al otro lado del teléfono.
—Sabes, Henry… —comenzó, y Henry ya supo que no le iba a gustar lo que estaba a punto de oír—.
Sabes, un día no estaré ahí, y ese será el día que más me necesites.
Ya tuviste un anticipo de eso cuando estuve de vacaciones.
Pero cuanto más me cuentes ahora, mejor podré ayudarte.
Cuanto menos decidas contarme, menos querré ayudarte.
No te debo ninguna lealtad. No le debo lealtad a nadie.
Habrá más reyes del mundo criminal, igual que tú, pero no habrá nadie como yo. Al menos, no en mucho tiempo.
—¿Me estás amenazando, Rupert?
—No. Te estoy ayudando, o al menos intentándolo . Si quieres malinterpretarlo como una amenaza, allá tú. Pero si no me cuentas qué pasó, no puedo preparar un caso para defenderte como es debido. Y puede que tenga que dar por terminada nuestra relación.
Parece que alguien ha tomado sus espinacas esta mañana y le han crecido las pelotas.
—¿Harías eso? —preguntó Henry—. ¿Crees que es sensato? Has visto lo que les ha pasado a Jermaine y a Frank, ¿verdad? Así que ya sabes de lo que soy capaz. ¿Quieres que te pase lo mismo a ti, a tu familia?
—¿Ahora quién es el que amenaza? —respondió Rupert—.
Lo único que no has tenido en cuenta, Henry, es la cantidad de información que poseo.
De todas esas veces que he tenido que sacarte las castañas del fuego, tengo un registro.
Guardado bajo llave en algún lugar, además de lo que soy capaz de retener en mi memoria.
Si quieres traicionarme de esa forma, lo filtraré todo a la prensa. Y a la policía.
—Astuto —replicó Henry. No creía ni por un segundo que Rupert fuera a cumplir sus amenazas.
Eran faroles; siempre lo eran—. Pero hay una cosa que tú has olvidado, Rupert: en todo esto, tú tampoco eres un puto santo.
En el momento en que envíes esa información a la policía, suponiendo que Helen o algún otro no la intercepte primero, te estarás condenando a ti mismo por obstrucción a la justicia.
—Si la información cae en las manos equivocadas, sí. Pero en las manos adecuadas… bueno…
¿Las manos adecuadas? ¿Las de quién? Henry había perdido la cuenta del número de maderos corruptos a sueldo de La Cábala. Todos eran tan rectos como una regla hasta que veían una suma lo bastante grande, y una probada de la vida que podrían llevar, para convencerlos de lo contrario.
Todos menos uno.
—¿Tanner? —dijo Henry. Oyó un sonido procedente del salón que lo distrajo momentáneamente.
—No hay nadie mejor. Él es el único que podría llevarlo hasta el amargo final.
—No si llego yo a él primero —dijo Henry por instinto, siendo solo parcialmente consciente de lo que había dicho.
Y entonces su atención volvió a la conversación—.
De todos modos, ¿por qué querrías hacer eso?
Me refiero a nivel moral. Ético. Ese hombre se opone a nosotros en todos los sentidos. Si se lo cuentas todo, él habrá ganado.
Silencio.
Ninguno de los dos quería que Jake Tanner supiera demasiado.
Destrozaría sus carreras y sus vidas, así como las de quienes trabajaban para ellos.
Y sin duda se enfrentarían a una cadena perpetua.
Jake Tanner era la personificación de las manos equivocadas y, si cierta información caía en ellas, no se sabía hasta dónde llegaría.
—¿Cómo seguimos a partir de aquí? —preguntó Rupert finalmente. Había reticencia en su voz y Henry lo admiró por ello, incluso lo respetó.
—Seguimos como siempre. Como si no hubiera pasado nada —Henry vaciló antes de tragar saliva—.
No sabes nada de lo que pasó anoche porque no lo necesitas.
Y no vas a enterarte. Ya nos hemos encargado.
Y eso es todo lo que cualquiera necesita saber.
Y si llega el momento, te llamaré y juntos solucionaremos el problema.
Sea el que sea. Esto es todo, Rupert, no habrá más asesinatos así. Al menos en un futuro próximo.
—No digas cosas que no puedas garantizar, macho.
Macho. Esa palabra. La odiaba. Especialmente cuando venía de alguien como Rupert. Un socio de negocios. Un colaborador. Alguien que no tenía derecho a llamarlo amigo. Henry no sabía casi nada del hombre, salvo que tenía dos hijas y una mujer despampanante, y pretendía que siguiera siendo así.
Henry preguntó:
—¿Eso es todo?
—Por ahora. Estaremos en contacto si te necesito.
Henry colgó, sintiéndose agraviado. La conversación no había salido como esperaba.
Justo cuando estaba a punto de guardarse el teléfono en el bolsillo, el dispositivo volvió a vibrar. Quizá era Rupert llamando para disculparse. Error. Era una notificación de La Cábala.
Henry miró la pantalla y desbloqueó el teléfono con el dedo. Era una notificación de Kingdom of Empires . Abrió la aplicación, pulsó en la notificación del mensaje en la esquina superior derecha y leyó:
Sal de ahí. Vienen a por ti. Demasiado tarde para que Helen o Martin te salven.
La última frase lo golpeó. En el pasado, había podido confiar en Liam, Pete o Drew para que lo sacaran de situaciones difíciles.
Pero ahora, las personas cuyo trabajo consistía en mantenerlo fuera de la cárcel ni siquiera podían hacer lo que se suponía que debían.
¿Qué estaba pasando? Henry recordaba una época en la que los policías corruptos de la Policía Metropolitana eran capaces de proteger a cualquiera, de evitar que cualquiera acabara de por vida entre rejas.
Ahora estaban empezando a desmoronarse, su infraestructura se caía a pedazos.
Y todo era gracias a un hombre.
El puto Jake Tanner.
Mientras estaba allí de pie, mirando la pantalla, se abrió la puerta de la cocina.
—¿Va todo bien? —preguntó Lily—. No oía nada y he pensado que te habías desplomado o algo.
—Tengo que irme —Henry se dirigió hacia la puerta—. Lo siento.
—Eso es… —Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar—. No pasa nada. ¿Adónde?
Henry atravesó el pasillo y se detuvo al pie de la escalera. Su mente no razonaba con claridad ni coherencia. Tenía que largarse de allí. ¿Pero adónde? ¿Con qué? ¿Y con quién?
Se palpó los bolsillos buscando sus objetos de valor. Teléfono. Cartera. Y sus llaves. Lo tenía todo.
—¿Adónde vas a ir? —volvió a preguntar Lily.
Henry la miró a los ojos con la mente en blanco.
—Sinceramente, no lo sé. ¿Tienes alguna idea?