Capítulo 76
EMPEZAR POR EL PRINCIPIO
S i había algo que Jake odiaba más que no poder ver a sus niñas, era decirles que no estaría en casa para arroparlas. El sentimiento de culpa que le invadía era profundo. Estaban creciendo muy rápido; Ellie ya empezaba a hablar y él no quería perderse nada. Pero tenía un trabajo que hacer.
La peor parte de la llamada era decírselo a Elizabeth.
Claro que había veces en las que ella se mostraba comprensiva, pero también había momentos en los que él podría haberle mentido diciéndole que tenía una aventura y ella se habría indignado menos.
El único problema era intentar calibrar qué reacción iba a encontrarse.
Lamentablemente, los indicios nunca eran claros, así que se metía en una lotería cada vez que tenía que darle la noticia.
Esta vez, sin embargo, ella decidió lanzarse al cuello. A fondo.
—Desde que te pusiste delante de aquella pistola, Jake, no te hemos visto —había dicho ella—.
Ahora Maisie tiene miedo cada vez que sale a la calle.
Cada vez que la llevo a la guardería, cree que alguien va a salir a su encuentro y va a empezar a disparar.
Le preocupa que te maten. Se inquieta cada vez que ve un coche negro.
Es una niña, Jake. No debería preocuparse por cosas así.
Debería tener una infancia normal. Una en la que no se despierte temiendo que algún loco vaya a por su papá con una pistola.
Jake exhaló profundamente después de que ella le hubiera apuñalado repetidamente en el estómago con sus palabras.
Cortaban hondo. Esa no era vida para una niña de tres años.
No era vida para nadie. Se había vuelto demasiado temerario, demasiado chovinista, demasiado miope en sus esfuerzos.
Ajeno al dolor y al sufrimiento que les estaba causando a ellas, a su familia política y a sus colegas.
Su única explicación, su única justificación, era que era su trabajo y, como un perro tras un hueso, iba a conseguir lo que quería, sin importar la destrucción causada.
Raramente le asaltaban momentos de una reflexión tan profunda, y esta revelación era algo a lo que iba a prestar atención.
Eso esperaba.
—Escucha —empezó Jake—, Liz, lo siento. Maisie dejará de tener miedo algún día.
Las pesadillas cesarán y luego serán sustituidas por otra cosa.
Mientras yo tenga el trabajo que tengo, siempre vas a estar preocupada.
Es natural. Pero es algo a lo que te comprometiste.
Sabías en lo que me metía desde hace mucho tiempo.
Sabías los riesgos. Los dos los sabíamos.
Y nos la jugamos. Y sé que al final valdrá la pena.
Te prometo que esto no será así para siempre.
Cuando las niñas sean lo bastante mayores, lo entenderán y serán mucho más fuertes por ello.
—Te guardarán rencor.
Aquellas tres palabras se sintieron como un cuchillo en la garganta, cortándole el aire.
Ella podría haberlo planteado como una pregunta, un contraargumento, pero en su lugar, había decidido girar y girar y girar hasta que su esófago quedó cercenado y enredado alrededor de la hoja que ella sostenía en la mano.
Había optado por el enfoque de los hechos consumados y, como resultado, hizo que él le guardara un poco de rencor también.
—No digas cosas así. Por favor. Cuando termine lo de esta noche, con suerte, tendremos a uno de los mayores criminales de la ciudad entre rejas, donde debe estar, y nadie nos molestará.
—¿Y después qué?
—Vuelvo a casa y entonces podremos pasar tiempo juntos. Tiempo de calidad. Como una familia. Podemos ver una película, quizá. Acaba de salir en DVD Cómo entrenar a tu dragón . Puede que a las niñas les guste.
Una pausa. Jake se preparó para otra ráfaga de verdades como puños: que sus problemas no se podían arreglar en un día, que haría falta algo más que una película y comida para llevar para solucionar sus asuntos, que él iba a tener que comprometerse plenamente a trabajar en su relación.
Todo lo que ya sabía, pero nada de lo que hubiera tenido el valor de admitirse a sí mismo.
La reacción de ella le sorprendió.
—Vamos, Jake. No finjas que será por las niñas. Sé que en el fondo tienes más ganas de verla tú que ellas.
—Jay Baruchel tiene la voz de un ángel —respondió él.
Elizabeth soltó una risita, y el cálido sonido de su risa le devolvió la sonrisa a la cara. Así, sin más, su pequeña riña quedó olvidada. Por ahora, volvían a la normalidad.
—Seguro que podemos encontrar algo más adecuado —dijo Jake.
Terminó la conversación, le dijo que la quería, envió saludos para Ellie y Maisie y colgó. Luego salió de la sala de reuniones y regresó a la Unidad de Investigación de Incidentes (MIR).
La sala rebosaba vida y energía. El sonido del tecleo y el zumbido de los ventiladores de los ordenadores reverberaban por las paredes.
Jake empezó a hacer un recuento rápido de las personas que había en la sala y desistió enseguida.
Había demasiadas. Fácilmente treinta o cuarenta personas, a todas las cuales habían reclutado.
Los agentes especiales, así como el personal civil, estaban situados en una esquina de la habitación, completando y archivando el papeleo necesario.
Incluso Lindsay Gray estaba echando una mano, aunque operativamente poco podía hacer.
Toda la operación había sido elevada a estatus de prioridad oro.
Jake divisó a Stephanie, que estaba inclinada sobre el escritorio de Ashley, señalando su pantalla.
—¿Qué me he perdido?
—Hemos desplegado agentes de uniforme y algunos de paisano en las direcciones más frecuentadas por Henry Matheson: la de su madre, su hermana, la urbanización. Pero no hemos tenido noticias desde entonces.
—¿Y el almacén de Tilbury?
—Los de uniforme están de camino ahora mismo. Van a reconocer el lugar. Es fuera de horas de oficina, así que no habrá nadie dentro.
—Creo que uno de nosotros debería estar allí permanentemente. Por si acaso aparece alguien más.
—¿A quién esperas que aparezca?
Jake se encogió de hombros. —Cualquiera que sea de interés. —Lo cual, en la mente de Jake, se extendía hasta Martin Radcliffe y el grupo de agentes corruptos con los que trabajaba.
—Está bien —dijo Stephanie, aceptando la derrota—. Tiene sentido. Solo porque no encontráramos nada la primera vez no significa que no lo hagamos ahora. Me encargaré de organizarlo.
—¿Alguna otra novedad? —preguntó Jake.
—Estamos pasando el aviso sobre la desaparición de Matheson y su conexión con los asesinatos. Si alguien lo encuentra, ya tienen el número al que llamar.
—¿Su teléfono móvil?
—Ya he solicitado la orden para el rastreo. Va a tardar un poco en llegar. Darryl se la va a entregar al juez en persona. Mira qué cosas, el jefe haciendo tu trabajo sucio.
—Y el tuyo —dijo Jake con una sonrisa pícara.
Dirigió su atención a un trozo de papel sobre el escritorio.
En él había una lista de los amigos más cercanos de Henry Matheson, familiares, conocidos, cualquiera que hubiera estado asociado con él alguna vez y cualquiera que se hubiera cruzado en su camino, por breve que fuera.
Elaborada por Ashley y otro detective, la lista ocupaba casi toda la página, por delante y por detrás.
Jake observó los nombres.
—¿Quién está trabajando en esto?
—Los de uniforme —añadió Ashley, quitándose las gafas de la nariz para hablar con él—. Van poco a poco con ello. La última actualización que he tenido es que llevaban diez direcciones y no había ni rastro.
—¿Empezando por el principio?
Ashley confirmó que así era.
—Estupendo —dijo él—. Yo empezaré por el final e iré subiendo.