Capítulo 73
JAKE
—¿ Q ué haces aquí, Reece? —Lewis intentó incorporarse en la cama, pero sus músculos estaban demasiado débiles para sostenerlo.
—Quería asegurarme de que estás bien, ¿no? Eso es lo que hacen los colegas. No se abandonan, ¿verdad? Y menos si son mejores amigos…
—Intentaste ma—
Reece se abalanzó hacia él y le puso una mano en la muñeca, inmovilizándolo. —No iba a matarte, hermano. En serio. Tenías que saberlo. Todo fue puro teatro. Tenía que parecer que lo hacía. Querían darte una lección, ¿sabes? Querían que vieras lo que pasa cuando traicionas a Hen.
Reece apretó el agarre y una breve sonrisa asomó a su rostro al empezar a excitarse con la idea de infligir dolor. Algo en la expresión de su amigo hizo que Lewis desconfiara de todo lo que salía de su boca.
—Tendrías que haberlo visto, tío. Jodidamente magnífico, ver cómo su cuerpo ardía en llamas de esa manera. Nunca había visto nada igual.
—Ahora estamos a uno cada uno —dijo Lewis con debilidad. Decidió dejar de resistirse y de malgastar la poca y preciada energía que le quedaba.
—Creo que mi puntuación en el Marcador dice lo contrario.
Las puntuaciones. El Marcador.
El recuerdo que Lewis tenía de lo ocurrido la noche anterior era, en el mejor de los casos, vago.
Pero había una cosa que recordaba con total claridad: Henry Matheson diciéndole a su mejor amigo que lo utilizara como medio para subir su puntuación en el Marcador.
No lo había logrado entonces, así que ahora estaba aquí para terminar el trabajo.
Los músculos del cuerpo de Lewis se tensaron preparándose para una agresión.
Pero era inútil. Estaba demasiado débil para hacer nada, demasiado débil para defenderse, como un cachorro de león perdido en la naturaleza, vulnerable y expuesto al ataque de Reece, Henry, Des y Jamal; la manada de hienas que en ese momento buscaba su sangre.
Lewis empezó a sudar y una fina película de líquido se le formó en la frente. El pecho le subía y bajaba rápidamente, las vendas aparecían y desaparecían de su campo de visión. —¿Vas a matarme?
Las comisuras de la boca de Reece se elevaron lentamente en una sonrisa malvada. —Qué va, tío. No vales el esfuerzo.
Si no estaba allí para matarlo, ¿entonces para qué estaba?
—¿Qué me vas a hacer? —Una fuerza invisible aplastó el pecho de Lewis y se extendió al resto de su cuerpo, atrapándolo bajo las sábanas de lino blanco. A su lado, era consciente del pitido que emitía el monitor del ECG al registrar su ritmo cardíaco acelerado.
—Solo tengo que asegurarme de unas cosillas.
—¿De qué?
—De que no vas a volver a poner un pie en el barrio. Y de que no vas a contarle nunca a nadie lo que pasó, ¿vale?
—Como si fuera a hacerlo —mintió él, esperando que la bravuconería de su voz fuera suficiente para engañar a su mejor amigo.
—Las palabras ya no significan mucho saliendo de tu boca, hermano. Quieren que me asegure de que no vas a hacer ni a decir nada.
Lewis abrió la boca, pero tenía la garganta seca, y cada vez que tragaba sentía como si mil cuchillas le rasparan la piel. ¿Dónde estaba su padre con las bebidas?
—¿Cómo? —preguntó.
—Hay un par de formas. —Se dio unos golpecitos en la sien con aire de complicidad—. Pero primero quiero saber lo del vídeo que me enseñaste el otro día. Es lo único que vincula a Deshawn y a Jamal con el asesinato de Jermaine, y ninguno de nosotros quiere que eso caiga en las manos equivocadas.
—No, yo…
—¿Dónde está el móvil, Lewis?
Lewis no respondió. El miedo le había cerrado la garganta por completo.
—¿Lewis? No me obligues a hacerte daño, tío.
—¡Que no! Ya no tengo el vídeo. Tampoco tengo el móvil. Se me cayó anoche.
Reece giró la cabeza hacia la silla donde el padre de Lewis había estado sentado unos momentos antes. El teléfono, tan evidente y obvio como la fractura en su relación, descansaba en el asiento justo delante de ellos, reluciendo bajo las luces del techo.
Mierda.
Con una sonrisa burlona, Reece se abalanzó sobre el teléfono. Lewis intentó alcanzar a su amigo para quitárselo, pero fue inútil. Estaba demasiado lejos y el movimiento brusco le provocó un espasmo de dolor cegador que recorrió su columna de arriba abajo, rodeó su pecho y subió hasta la cabeza.
—¡Reece! —gritó, luchando contra las estrellas que bailaban en su visión—. ¡Devuélvemelo!
Reece no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando acceder al móvil.
—¿Cuál es tu contraseña, hermano?
—No te lo voy a decir.
—¿Cuál es tu contraseña?
—No voy a—
Reece se abalanzó sobre él de nuevo. Esta vez agarró la mano de Lewis, tiró de él hasta dejarlo a medio camino de caerse de la cama del hospital, dejándolo indefenso, y empezó a pulsar la pantalla.
—¿Cuál es el código?
—No lo digo.
Reece introdujo la fecha de cumpleaños de Lewis. Nada.
—¿Y la de tu padre? —preguntó Reece, pensando en voz alta.
—No la sabes.
—Claro que la sé. La de veces que he tenido que ir a tu casa a por ella, no me jodas.
Y entonces lo consiguió. Había entrado. Bingo.
—Tío… —dijo Lewis con un susurro ronco mientras colgaba boca abajo—. Venga ya.
Reece guardó silencio. Su amigo estaba demasiado concentrado, y lo único que Lewis pudo hacer fue ver cómo buscaba en la galería de fotos, encontraba el vídeo de Jermaine Gordon quemándose vivo y luego lo borraba.
—Ya está —dijo, haciendo girar el teléfono entre los dedos con orgullo—. Todo listo, colega. Y también lo he borrado de la carpeta de eliminados. Nadie lo encontrará jamás. Ha desaparecido para siempre.
Lentamente, sumido en una oleada de incredulidad ante las acciones de su amigo, Lewis utilizó toda su energía para volver a subir a la cama.
Pero antes de que pudiera abrir la boca y rogarle a Reece que se marchara y no volviera jamás, su padre irrumpió en la habitación, seguido de cerca por una enfermera.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Aiden, que sostenía una bandeja de cartón con vasos de plástico.
—Nada —dijo Reece.
—Nada —repitió Lewis, intentando ocultar la exasperación de su rostro—. Solo le estaba enseñando una cosa a Reece en mi móvil, papá.
Su padre dejó la bandeja en una silla a su lado y, bajo la tensión de la situación, le dio un espasmo en la espalda. Soltó un grito de dolor y se encogió.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó la enfermera.
Lo rodeó con los brazos, lo ayudó a rodear la cama y a sentarse en el asiento junto a Lewis.
A Lewis le dolía ver a su padre así. Y la sensación se magnificaba al darse cuenta de que no había nada que pudiera hacer al respecto.
Que su padre estaba a merced de las enfermeras y los médicos, personas que no conocían los métodos que él había utilizado para que se sintiera mejor.
—Papá… —dijo Lewis débilmente.
—Creo que Reece debería irse. Devuélvele el móvil a Lewis.
Durante un buen rato, Reece se quedó allí, mirando fijamente a Lewis, y Lewis le devolvió la mirada con una expresión de derrota que decía: «Venga. Ya has hecho todo lo que habías venido a hacer. Ahora vete».
Pero no se movió. No fue hasta que la enfermera le dijo algo cuando por fin prestó atención. Quizá fue porque había hablado la única voz maternal de la habitación. O quizá porque Reece sabía que estaba en minoría. Fuera como fuese, Lewis se sintió aliviado al ver que su amigo soltaba el teléfono.
—Me largo —dijo Reece, dándose media vuelta—. Pero solo quería que supieras que algunos de los chavales del barrio vendrán luego a verte. Les he dicho que estás aquí.
A Lewis no le gustó nada cómo sonaba aquello. Nada de nada.
Cuando Reece se hubo marchado, nadie dijo ni una palabra. El único sonido que quedaba era el ruido de la respiración agitada de Aiden.
—¿Estás bien, papá?
Aiden se volvió hacia la enfermera y dijo: —Estoy bien. ¿Podría darnos un par de minutos?
Tras tomarle el pulso, la enfermera asintió con brevedad y empezó a salir de la habitación.
Al llegar a la puerta, una figura imponente apareció a su lado, vestida con equipo de protección negro, con charreteras fluorescentes en los hombros y la palabra POLICE bordada en el pecho.
Los ojos de Lewis siguieron a la enfermera y se detuvieron de inmediato en el rostro de la figura.
Los tatuajes. La fina barba de unos días a los lados de la cara.
Su altura descomunal, con la que casi no cabía por el marco de la puerta.
Jamal.
Algunos de los chavales del barrio vendrán luego a verte.
Les he dicho que estás aquí.
Lo que Reece no había mencionado era que vendrían disfrazados de agentes de policía, el escondite perfecto.
—¿Ocurre algo, agente? —comentó la enfermera, retrocediendo un paso.
—Todo está bien, señorita. ¿Sería posible hablar con el paciente? Tengo unas preguntas que hacerle sobre un incidente ocurrido anoche. —Jamal habló con su voz más elocuente, la mejor que Lewis le había oído nunca, lo cual le inquietó enormemente.
—Por supuesto. Estaré aquí mismo en el pasillo.
Sin hacer más preguntas, sin interrogar a ese hombre que tenía delante —porque ¿por qué iba a hacerlo?—, la enfermera salió, dejando a Lewis y a su padre a solas con Jamal.
—Buenas tardes a los dos. —Jamal entró en la habitación y mostró una identificación que Lewis no había visto nunca.
Parecía falsa, pero el padre de Lewis no estaba en condiciones de prestarle mucha atención.
—Me preguntaba si podría hablar con Lewis sobre un incidente en el que tenemos motivos para creer que estuvo implicado anoche.
—¿En serio? —preguntó Aiden, haciendo una mueca de dolor y apretando los dientes—. ¿Es necesario? ¿Es urgente? Ya ve que no se encuentra muy bien.