Capítulo 72
UNA CHARLA
L o primero que Lewis sintió al abrir los ojos fue dolor: los fluorescentes del techo le abrían la brecha del cráneo aún más; la presión sofocante que le aplastaba el pecho empeoraba con cada extenuante bocanada de aire; el entumecimiento incesante de las piernas; los tubos clavados en la piel, que le escocían como quemaduras de cigarrillo en lo más profundo de los músculos.
Había conocido el dolor anteriormente: las palizas, las peleas, incluso la herida superficial que se había hecho en un pequeño duelo de navajas con uno de los más jóvenes mientras jugaban a pelearse, pero, por primera vez en su vida, le dolía todo , y jamás había experimentado nada tan agonizante.
Lewis despertó entre gemidos, moviendo la cabeza de lado a lado, parpadeando para que la realidad volviera a cobrar forma.
—¿Papá? —susurró. Aún veía borroso y necesitó parpadear un par de veces más para recuperar la visión normal—. ¿Papá?
A medida que sus ojos se ajustaban y se posaban en su padre, que dormía plácidamente en una silla a su lado, con la cabeza inclinada hacia delante y aferrando el bastón contra el pecho, el dolor del cuerpo de Lewis se disipó.
Estaba a salvo. Protegido. Se tenían el uno al otro, se cuidaban mutuamente.
Como un caddie y un golfista. El uno necesitaba al otro, su relación era simbiótica.
Lewis estiró un brazo y tocó a su padre para despertarlo. En cuestión de segundos, Aiden se despabiló e intentó incorporarse para ponerse de pie. Pero fue inútil. El dolor de espalda era demasiado intenso.
—No pasa nada —dijo Lewis con suavidad—. Quédate ahí. Estoy bien. No te muevas.
—¿Estás…? —Su padre volvió a hacer una mueca de dolor mientras se dejaba caer de nuevo en el asiento—. ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? Estaba tan preocupado, Leg. Pensé que te estaba dando un ataque al corazón o algo parecido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Lewis. Notaba la voz débil y sentía que el nudo de la garganta empezaba a crecer—. Lo único que recuerdo es que abrí el armario y encontré toda la ropa que me compró mamá en una maleta.
—Fuiste a tu habitación. Empezaste a hacer la maleta.
Unos segundos después oí un ruido. Cuando te encontré, estabas en el suelo con un ataque.
El cuerpo te daba sacudidas como si estuvieras poseído o algo así.
Nunca te había visto así. Me he asustado mucho.
Llamé a la ambulancia y te trajeron aquí. Has estado inconsciente toda la mañana.
Su padre se inclinó hacia delante, a pesar del dolor, y le cogió la mano a Lewis. —¿Cómo te sientes?
Lewis sintió un apretón. —Estoy… estoy bien. Solo… dolorido.
Los ojos de su padre empezaron a brillar bajo la luz. Lewis solo había visto ese cambio en él una vez —hacía ya tantos años, cuando le contó que su madre los había abandonado y que a partir de entonces serían un equipo por su cuenta—.
Se ha ido, Leg. Solo estamos tú y yo. Y voy a asegurarme de que no te falte de nada en la vida.
—Lewis… —comenzó su padre—. Necesito que me cuentes qué ha pasado. ¿Qué hacías con esas drogas? ¿Qué le ha pasado a tu mano? ¿Qué le ha pasado a tu pecho?
—Yo… —la voz de Lewis se apagó. Se le formó un nudo en la garganta que creció hasta alcanzar el tamaño de una nuez—. Yo…
—Lewis, si me escuchas, puedo ayudarte. Podemos superarlo juntos. Como un equipo. Como siempre hemos hecho. —Hizo una pausa para limpiarse el moco de la nariz con un dedo—. ¿De dónde has sacado las drogas?
—De un amigo.
—¿De Reece?
—¡No! ¡No! Se llamaba… se llamaba Frank. Es uno de los camellos de la ciudad. Me dio material para vender. La hierba era solo para mí, una pequeña muestra por si la quería.
—Dios mío —susurró su padre entre dientes—. ¿Y qué ha pasado aquí? —Al señalar los vendajes de la mano y del pecho, las heridas se encendieron con un fogonazo de dolor, como una versión chapucera de la cicatriz de Harry Potter—. ¿Te has metido en una pelea por las drogas?
Lewis bajó la vista hacia su caja torácica y las imágenes de Reece empuñando la hoja pasaron por su mente.
Decidió que, por ahora, era mejor mantener la verdadera causa en secreto.
—Sí —comenzó—, no ha sido más que uno de mis compradores.
Iba puesto de algo. Se volvió loco cuando le dije que el precio había subido. Me sacó una navaja.
Su padre suspiró y volvió a agachar la cabeza; ahí estaba ese gesto por segunda vez. Solo que ahora estaba cargado de una decepción paralizante. —Deberías habérmelo contado todo. Podría haberte ayudado. ¿Por qué no acudiste a mí? ¿Sentiste que no podías?
—¡No! —dijo Lewis, y su voz se quebró en un grito—. Sí. No. Sí. Me dijiste que no podía hacerlo, así que… era lo único que quería hacer.
—En esta familia no guardamos secretos. Yo nunca te he ocultado nada.
Te lo he contado todo sobre todo. Tu madre.
Yo. Lo que he hecho. Todo. No guardamos secretos, ¿vale?
Quizá cuando salgas de aquí podamos plantearnos mudarnos a otro sitio.
A otra parte de la ciudad. Más al norte, tal vez. ¿Te gustaría eso?
Lewis asintió tan rápido como pudo.
Y entonces le entró el pánico.
—¿Dónde está mi móvil? ¿Papá? ¿Tienes mi móvil? ¿Papá? El iPhone.
Aiden no dijo nada, pero metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el dispositivo. —Me preguntaba de dónde habías sacado esto. ¿Lo has comprado con el dinero de la droga?
Al ver el aparato, Lewis soltó un profundo suspiro de alivio. La exhalación profunda le provocó un dolor en las costillas, pero lo ignoró. Las pruebas que contenía el móvil valían la pena.
—No importa de dónde lo he sacado.
—Sí, Lewis, sí que importa. Recuerda, nada de secretos. Cuéntamelo. ¿De dónde lo has sacado? ¿Y qué hay en él que sea tan importante?
Lewis apartó la vista de su padre y miró directamente al frente, a la pared gris y desnuda que le devolvía la mirada. Su cuerpo se tensó y se dio cuenta de que estaba apretando la mandíbula. Relajó la boca y cerró los ojos mientras se obligaba a decir la verdad.
—Lo robé. A una mujer cualquiera. Necesitaba un móvil nuevo. El viejo estaba roto. Y yo… quería tener uno bueno como los que tienen los demás veteranos.
—Vale —dijo su padre con voz pausada y llana. No había emoción en su voz. Ni ira. Ni frustración. Ni resentimiento—. ¿Y qué hay de lo que contiene? ¿Qué hay en el teléfono que sea tan importante, Lewis?
—Yo… pues… nada.
No podía hacerlo. No podía llegar a contarle a su padre toda la verdad.
Que él estaba allí cuando murieron tanto Jermaine Gordon como Frank Graham.
Que había documentado ambos asesinatos con la cámara.
Que era cómplice de ambos actos. Que, como resultado de su pasividad, era como si él mismo hubiera prendido el fuego.
No podía hacerlo.
—Te lo voy a preguntar una vez más. Dime qué hay en este teléfono.
—Vídeos —susurró Lewis, apenas audible, con una presión que le resultaba insoportable.
—¿Vídeos de qué?
Justo cuando Lewis abría la boca para explicarse, llamaron a la puerta. Los dos giraron la cabeza hacia el origen del ruido.
Antes de que ninguno pudiera responder, la puerta se abrió.
—Reece… ¿qué haces aquí? —preguntó Lewis, sorprendido de ver a su mejor amigo. Solo unas horas antes, se habían peleado en el suelo con la intención de matarse el uno al otro.
Reece entró con una sonrisa despreocupada en el rostro. Llevaba la misma ropa que anoche y, para sorpresa de Lewis, no estaba cubierto de sangre. Lo único que parecía diferente en él era que los bolsillos y el jersey abultaban de formas extrañas.
—He venido a ver a mi mejor colega, ¿no? —dijo—. ¿Es que no se puede o qué?
—Sí… yo… —empezó Lewis.
—Me alegro de verte, Reece —dijo su padre con una sonrisa amable—. ¿Quieres sentarte? ¿Os traigo algo de beber a los dos? Os dejaré un rato a solas.
—Pero, papá, ¡tu espalda! Tienes que tener cuidado.
Sin decir nada, Aiden se levantó pesadamente de la silla, hizo un esfuerzo y caminó hacia la puerta.
—Charlad un rato, chicos. Volveré en un minuto.