Capítulo 71
SIMPLE Y LLANAMENTE
J ake salió de su coche, inhaló el aire tibio y contuvo el aliento antes de cerrar la puerta tras de sí.
Se había tomado la libertad, con la aprobación relativa de Darryl, de visitar la urbanización Cosgrove, bajo la condición de que estaba allí para intentar detener de nuevo a Reece Enfield en nombre de la policía de Essex.
Tras la información que le había proporcionado la señorita Graham, ahora estaban convencidos de que el fallecido era Frank Graham, de que un hombre llamado Henry era el responsable y de que dos individuos más jóvenes los acompañaban.
Y Jake estaba casi seguro de que Lewis Coyne y Reece Enfield estaban implicados.
Tanto que estaba dispuesto a jugarse su pensión a que era así.
Ahora todo lo que Jake tenía que hacer era hablar con cualquiera de los chicos y esperar que se entregaran sin oponer resistencia.
El primer destino: la casa de Lewis Coyne.
Jake llegó a la verja, la apartó, se acercó a la casa, llamó al timbre y esperó.
Unos segundos después, apareció una vecina por su derecha, asomando la cabeza por el lateral del edificio.
Tenía la espalda ligeramente encorvada y los ojos se le veían enormes tras los cristales de alta graduación de sus gafas.
—¿Va todo bien, cielo? —preguntó ella con tono acusador, como si él no tuviera derecho a estar allí.
—Buenas tardes, señora —dijo Jake, sacando su placa y enseñándosela—. Soy de la Policía Metropolitana. Estamos investigando algunos incidentes ocurridos recientemente por la zona y buscaba hablar con Lewis o Aiden, si alguno está disponible. —Pulsó el timbre de nuevo—. ¿Los ha visto?
—Han ido al hospital esta mañana.
Oh, Dios. Aiden. Su estado.
—¿Se encuentra bien el señor Coyne?
—No era el padre del chico, encanto. Era el muchacho.
El pequeño Lewis. No estoy muy segura de qué ha pasado, pero estaba desmayado y cubierto de sangre cuando lo vi.
Los paramédicos se lo han llevado al hospital esta mañana temprano.
Uno de los amigos de Lewis acaba de pasarse por aquí; se ha ido por los pelos. Creo que venía a recoger algunas cosas.
—¿Reece?
Ella asintió.
Perfecto. Las piezas estaban encajando. La intuición de Jake, uno; el resto del mundo, cero.
—Excelente —dijo Jake, dándose ya media vuelta—. ¿Sabe a qué hospital?
—A Whipps Cross.
—Perfecto.
Jake le dio las gracias, se despidió y volvió corriendo al coche. Al bajar a la calzada, un coche pasó a toda velocidad, rozándolo por poco. Pero no tenía tiempo para procesar lo que acababa de ocurrir. Tenía prisa, y un muchacho joven esperaba en una habitación de hospital como un blanco fácil.
Al entrar en su Mini, Jake cerró la puerta, se abrochó el cinturón e introdujo la llave en el contacto.
Miró a través del parabrisas.
Se quedó helado.
—¡Hola! —llegó la voz distante desde fuera del coche.
Jake suspiró. Tensó el cuerpo. Bajó la ventanilla.
—¿No te dije que esta era una zona prohibida? —preguntó Martin Radcliffe, acercándose hacia él con paso tranquilo, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo, como si el menú de la cena de esta noche fuera el asunto más urgente que tuviera en mente.
—¿Qué haces aquí, Martin?
—Podría preguntarte lo mismo.
Jake puso los ojos en blanco, puso la mano izquierda en la palanca de cambios y pisó el embrague, preparado para dar un pisotón al acelerador si fuera necesario.
—No vamos a tener la misma conversación otra vez, Martin.
—Empieza a parecer el día de la marmota. ¿Quizá hay algo en el aire?
Jake enarcó una ceja. —¿Restos humeantes, quizá?
—¿De qué hablas?
—¿No te has enterado? —preguntó Jake—. Alguien que creemos que es Frank Graham fue quemado vivo anoche. De la misma forma que Jermaine Gordon.
El rostro de Martin permaneció inexpresivo. Si sabía algo de lo ocurrido, no dejó traslucir nada. O bien era un buen mentiroso, algo de lo que Jake aún no había visto pruebas, o se había quedado al margen de las últimas hazañas de Henry Matheson.
—El misterio se complica —dijo—. Pero estoy seguro de que tú lo resolverás. El gran Jake Tanner. —Entonces le dedicó a Jake una sonrisa de suficiencia y condescendencia—. Lástima que no vayas a poder resolverlo antes que nuestra investigación.
—¿Tu víctima de asesinato fantasma?
Martin consultó su reloj. —Hace cinco horas que hemos detenido a siete individuos en relación con el robo y el asesinato, y a todos los están interrogando y pasando por el aro en este mismo instante. Curioso cómo salen las cosas, ¿verdad?
—Increíble. ¿A quién se lo habéis encasquetado?
—A un par de compinches de Jermaine Gordon.
Tal como yo lo veo, y tal como lo ven mi jefe y la Fiscalía, después de que su pequeño líder muriera, necesitaban algo de efectivo.
Quizá no había nadie para tomar las riendas tras Gordon y necesitaban dinero rápido, así que se diversificaron y atracaron la joyería para aguantar hasta fin de año.
Sin éxito, debo añadir. Pero lo hicieron todo sin su venerado líder.
Un poco como lo que estás intentando hacer tú ahora, Jake.
Un solo hombre contra un ejército inmenso.
Jake ignoró el comentario y se centró en alimentar su intuición con información. Tomaba notas mentales de todo lo que salía de la boca de Martin, almacenándolo para un uso futuro. No sabía cómo ni cuándo lo necesitaría, solo que inevitablemente lo haría.
—¿Qué os llevó hasta ellos?
—Oh, ya sabes —respondió Martin—. Esto y aquello. Pruebas aquí y allá. No puedo contarte cómo lo hicimos todo. No quiero ayudarte con tus investigaciones, ya que estás tan empeñado en poner en peligro la mía.
—Si ya se están encargando de ellos, ¿qué haces aquí entonces? No habrás venido para vigilarme, ¿verdad? No cuando hay criminales de verdad ahí fuera.
—A veces son ellos los que te miran fijamente a la cara.
Qué gran verdad.
—Tú no tienes hijos, ¿verdad? —preguntó Jake, sin darse cuenta de que lo había dicho con una sonrisa perversa—. ¿Familia? ¿Esposa?
La expresión de Martin cambió. La imagen del hombre que no tenía nada que temer desapareció y fue reemplazada por la de alguien que, de repente, como por una intervención divina, se había dado cuenta de que tenía mucho que perder.
—¿Por qué?
—Solo me lo preguntaba. Podría ser útil saberlo.
—No tengo a nadie a quien puedas hacer daño, Jake.
—¿Quién ha dicho nada de hacer daño a nadie?
Solo era una pregunta. Simple y llanamente.
Bastante inofensiva. ¿A menos que tengas algún motivo para sospechar?
¿Quizá te estás volviendo un poco paranoico?
Ahora que vamos a vernos mucho más a menudo, he pensado que sería buena idea conocerte.
Eso ha sido todo. No hace falta que busques segundas lecturas.
Además, probablemente sea mejor que no me lo digas, porque ya sé lo que es que invadan mi vida doméstica, que me arrebaten la intimidad y la seguridad de mi familia.
Y si te pareces en algo a mí, sabrás que hay cosas que simplemente son sagradas.
Y que, si se cruzan esas líneas, estarías dispuesto a hacer cualquier cosa para asegurarte de que no vuelva a ocurrir.
Jake se encogió de hombros con aire despreocupado y arrancó el motor. Metiendo la marcha, dijo: —Solo algo para que reflexiones, Martin. Cuídate. Estoy seguro de que nos veremos pronto.