Capítulo 70
SIN PRISA
Caminaba con la cabeza agachada mientras atravesaba la urbanización Cosgrove, decidido, sin prestar apenas atención a lo que le rodeaba.
No le importaba si había un chaval tonteando con otro en el campo de fútbol.
Tampoco le molestaba que hubiera una vieja desconocida al otro lado de la urbanización, arrastrando su carrito de la compra.
Estaba concentrado. En una misión. Y no iba a fallarle a Henry.
Reece sabía lo que tenía que hacer y sabía exactamente cómo iba a hacerlo.
Cruzó el paso subterráneo bajo el bloque de la torre norte, giró a la izquierda y se dirigió hacia la casa de Lewis, en la calle de enfrente. Una vez allí, apartó la verja delantera y caminó hasta el peldaño de la entrada. Cerrando el puño, llamó a la puerta.
No hubo respuesta.
Esperó unos instantes antes de volver a llamar.
A su lado, una figura salió de la casa de al lado.
—¿Todo bien, Reece?
Era Debbie, conocida coloquialmente como Deb por él y el resto de los chavales.
Era una de las personas más agradables que había conocido.
Atenta, cariñosa, buena persona; a menudo alimentaba a algunos de los chicos si andaban apurados de comida.
Y nunca pedía nada a cambio. Pero los chicos siempre se lo devolvían cuando podían.
Jamás se decía una mala palabra contra ella, todo el mundo en The Pit la adoraba.
Se enteraba de todo, y Reece siempre bromeaba con que, si a Henry le pasaba algo, ella sería quien lo sucedería.
—Todo bien, gracias, Deb —respondió Reece—. Aquí esperando, ya ves.
Un momento de incomodidad bailó entre ellos mientras Reece se balanceaba de un lado a otro esperando a que ella volviera a entrar. Al ver que no lo hacía, se planteó preguntarle qué le pasaba. Pero ella fue la primera en romper el punto muerto.
—¿Es que no te has enterado?
Reece no dijo nada, esperando que su silencio provocara una respuesta de Deb.
—Lewis... —comenzó ella—. Se lo han llevado al hospital esta mañana. Se desmayó y su padre lo encontró. ¿Nadie te ha dicho nada?
Reece decidió que lo mejor era no hacerse el tonto.
—¡Ah, te refieres a eso! Sí. Claro que lo sabía.
Me lo dijo su padre. Me dijo que necesitaba que viniera a por unas cosillas para Lewis.
Creo que dijo que se lo iban a quedar el resto del día, quizá también la noche.
Aiden dijo que se pasaría algún familiar que pudiera ayudar. ¿Has visto a alguien?
Debbie negó con la cabeza. —Por aquí no ha venido nadie. He estado pendiente, echándole un ojo a la casa por si acaso.
Claro que lo has hecho.
Aparte de ser cercana a los chavales y a los niños de la urbanización, el otro motivo por el que Debbie lo sabía todo de todos era porque era la metomentodo oficial de The Pit; se instalaba en los asuntos ajenos, asegurándose de saber qué pasaba en su zona antes que nadie.
—No importa —añadió Reece—. A lo mejor están de camino y llegan dentro de un rato. En fin, ¡que tengas un buen día, Deb!
Mientras volvía a centrar su atención en la puerta principal, tuvo un último pensamiento. Algo para tenerla contenta y asegurarse de que no sospechara nada.
—Por cierto, ¿quieres que le diga algo a Lewis cuando lo vea?
—Oh, sí, por favor. Esto... —vaciló—. Dale recuerdos y un abrazo de mi parte. Dile que tiene un plato de galletas esperándole cuando vuelva.
Reece le aseguró que así lo haría y luego se agachó. Bajo sus pies había un felpudo. Debajo, una llave de repuesto. Metió la mano, la cogió y la usó para entrar en la casa, sumida en un silencio sepulcral.
Se quedó petrificado. Vaciló. Escuchó.
Nada.
Reece avanzó por el pasillo, rozando la pared con los dedos. Sostenía la navaja en la otra mano, apretándola con tal fuerza que la palma le empezó a sudar.
Al final del pasillo estaba el salón donde Reece había pasado muchas tardes viendo la televisión en silencio con Lewis y el padre de este. Fingiendo que le interesaba la tele matinal. Haciendo que pareciera que estaba allí para jugar, en lugar de para salir y recoger la droga que tenían que vender.
Justo antes del salón, Reece subió las escaleras y se metió en el dormitorio de Lewis, al final del rellano.
En medio de la habitación estaba la cama de Lewis.
Reece se arrastró hacia el otro lado, manteniendo el cuerpo por debajo del nivel de la ventana y apoyándose con las manos en la pared.
Allí, se permitió soltar la navaja. Sacó la mano del bolsillo y buscó debajo de la cama. No tardó en encontrar lo que buscaba.
La caja de zapatos con la droga le pesaba en las manos.
Quitó la tapa y miró dentro. Ante él había un puñado del veneno de Frank Graham.
Al lado, encajado en un costado, había un montón de bolsitas de plástico.
Reece cogió una y vertió parte del polvo en ella.
Luego cerró la tapa y deslizó la caja de zapatos de vuelta a su posición original.
Pero al retirar la mano, sus nudillos rozaron algo más.
Otra caja. Intrigado, tanteó hasta agarrarla y la sacó; luego se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
No sabía por qué, pero esa caja tenía un atractivo que la otra no poseía.
Reece conocía la existencia de la primera.
Pero esta... era casi como si estuviera destinada a ser un secreto.
Retiró la tapa. Entonces se le agrandaron los ojos y una sonrisa se dibujó en su rostro de forma involuntaria.
Envueltos en pequeños rollos apretados, sujetos con gomas elásticas, había fardos gruesos de billetes.
Mucho dinero. Demasiado. Era inconcebible que hubiera tanto.
Reece apenas podía creérselo. Era muchísimo más de lo que jamás había obtenido trabajando con Henry, Des, Jamal y el resto.
¿Qué cojones? ¿Cómo podía Lewis ganar tanto dinero cuando aún andaba suplicando que lo tuvieran en cuenta para sus planes importantes?
Encolerizado, Reece agarró el dinero y empezó a metérselo en los bolsillos hasta que estuvieron a reventar.
Cargado con miles de libras, la droga y la navaja en su sudadera, Reece salió de la casa e inició la larga caminata hacia el hospital, preguntándose qué tipo de cosas podría comprar con su nueva riqueza.
Y preguntándose después cómo iba a hacer sufrir a su amigo por haberle mentido durante todo ese tiempo.
Por suerte, tenía lo que durara el trayecto para decidirlo. No tenía que estar en ningún sitio con prisa.