Capítulo 69
TANTA GLORIA LLEVE
J ake aporreó con los nudillos la madera del número cincuenta y seis.
Era solo el tercer piso que visitaba, pero ya sabía que le esperaba un día muy, muy largo.
De camino a la primera casa, había hecho un recuento rápido.
Seis plantas en el edificio. Cada planta constaba de diez pisos.
Eso significaba que había sesenta viviendas que visitar.
Al menos sesenta individuos. Lo cual se traducía en un montón de papeleo por completar.
Y la gente dice que el trabajo policial parece divertido.
Unos instantes después, la puerta principal se abrió y apareció una anciana.
Tenía el pelo canoso, con rizos apretados contra la cabeza, y llevaba unas gafas que descansaban sobre la punta de su nariz.
Llevaba puesta una dentadura postiza y un delantal grueso de color azul oscuro le colgaba del cuello.
El olor penetrante a pollo especiado emanó por la puerta e hizo que el estómago vacío de Jake rugiera.
—Buenos días —Jake sacó su placa y la sostuvo ante sus ojos—. Soy de la Policía Metropolitana. Estamos investigando el incidente que tuvo lugar anoche. Me preguntaba si podría hacerle algunas preguntas sobre cualquier cosa que haya podido ver.
—Quince veces... —empezó la mujer.
—¿Perdone?
—Quince veces les he llamado el mes pasado y nadie se ha molestado en devolverme las llamadas. Nadie quiere escucharme.
De repente, Jake tuvo la sospecha de que él se vería obligado a hacerlo.
—Lo siento, señorita...
—Graham.
—¿Por qué clase de cosas llamaba usted, señorita Graham?
—Los chicos de ahí abajo. En medio de la calle. Poniendo música hasta tarde. Yendo en bicicleta. Gritando obscenidades a nadie. Vendiendo droga.
—¿Los vio vendiendo droga?
—Claro que los he visto. Sé qué aspecto tiene eso. Puede que sea vieja, pero no soy tonta.
—Por supuesto que no, señorita Graham —dijo Jake, calculando cómo iba a abordar la situación—. ¿Sabe los nombres de alguno de los chicos que vendían droga?
—Sí. Incluso los he encontrado en Facebook y todo.
Jake pasó a una página nueva de su libreta y empezó a garabatear.
—¿Tiene alguna información para mí respecto a lo que ocurrió anoche? ¿Algo que haya podido ver? ¿Alguno de los chicos que haya visto por la urbanización, esos de los que sabe los nombres?
—Lo vi todo —dijo la señorita Graham, con el rostro gesticulando animadamente mientras se preparaba para soltar un torrente de información acumulada—.
Empecé a oír esos ruidos en plena noche, así que eché un vistazo por la ventana y vi un coche parado fuera.
Era una cosa grande. Ya sabe, como uno de esos coches negros grandes.
Range Rover, creo que se llaman. Un momento, anoté la matrícula. Deme un segundo.
La señorita Graham le dio la espalda y regresó unos segundos después con un Post-it en la mano.
Jake se lo quitó y echó un vistazo a la caligrafía irregular.
Reconoció la matrícula al instante. La misma que le había seguido a las afueras de la escuela Rivermeade, la que había avistado en innumerables ocasiones, la que había consultado en la base de datos, la que estaba inequívocamente asociada a Henry Matheson.
De repente, Jake sintió un nudo invisible apretándose alrededor del cuello de Henry, y él era quien ejercía la presión desde ambos extremos.
—¿A quién vio salir del vehículo, señorita Graham?
—Tres tíos y dos niños pequeños.
—¿Niños? —interrumpió Jake, haciendo ya la conexión en su mente.
—Sí —dijo ella—. Había dos. Con los tíos mayores.
Ninguno era de por aquí. No reconocí ninguna de sus caras.
Bajaron del coche y empezaron a deambular por la calle, por donde estaban jugando algunos de los chavales de esta urbanización.
Ya sabe, haciendo ruido y manteniéndome despierta.
Al principio pensé: «Oh, no. Allá vamos. Va a haber lío».
—¿Habían causado problemas antes?
—Nunca los había visto por esta zona, ya sabe.
—¿Oyó algún nombre?
—Henry, creo que se llamaba uno. Se gritaban unos a otros en la calle. Creo que él era el grande, sabe, el que mandaba. Pero todos llevaban capuchas sobre la cabeza, así que no pude verles bien las caras.
—¿Qué más?
—Se acercaron al grupo de chavales que estaba junto a la farola. No pude oír qué decían, pero luego uno de esos chavales los llevó al interior de la urbanización. Era una chica. Era más alta que los niños pequeños.
La señorita Graham hizo una pausa para recobrar el aliento y tragar saliva.
—Desaparecieron durante un rato. No sabía a dónde habían ido.
Mientras no estaban, pensé que se habían marchado de la urbanización.
Pensé que tal vez se habían ido a otra parte.
A casa. Al cementerio. No me importaba. Siempre que estuvieran fuera de mi vista y no me mantuvieran despierta.
—Pero no se marcharon, ¿verdad, señorita Graham?
Ella negó con la cabeza.
—Volvieron. Y esta vez traían a un hombre con ellos, gritando. Dos de los tipos del coche lo llevaban sujeto por los brazos. Corrí a mi otra ventana para mirar.
—¿A qué hora llamó a la policía?
—No lo sé. Deben de tener constancia de ello en algún sitio. Intenté hablar con alguien, pero nadie contestó. Creo que tal vez me han bloqueado el número. Lo ven y piensan: «Vaya, ya está aquí otra vez. Llamando para quejarse de otra cosa».
Jake intentó ocultar su sonrisa lamiéndose los labios. —Le aseguro que ese no es el caso en absoluto. Valoramos cada llamada de emergencia que recibimos, sin importar lo grave que sea o deje de ser.
La señorita Graham se mofó. —Eso mismo me dijo el otro agente la última vez que lo mencioné, pero no me lo creo.
¿Saben por qué? Porque volví a llamar y tuve que fingir que era otra persona.
Ni siquiera di mi nombre. Simplemente actué como si fuera una desconocida.
Es curioso que a esa persona sí la escucharan en lugar de a una ciudadana preocupada.
Jake era consciente de que la conversación se estaba desviando. Y no por un buen camino. Así que, en cuanto ella se detuvo, dijo: —Como iba diciendo...
—Sí. Los dos tipos. Sujetando a ese hombre. No les vi las caras, pero a él sí lo reconocí...
Jake aguzó el oído. —¿Reconoció a la víctima? ¿Al hombre que murió quemado?
—Claro que sí. Era mi sobrino, mi sobrino nieto, en realidad.
No había hablado con él en meses, incluso años.
Desde que murió su hermano y él empezó a vender droga, no quise saber nada de él.
Pero ahora, de repente, viene por aquí necesitando un sitio donde quedarse, algún lugar donde esconderse.
No podía decirle que no, ¿verdad? Tuve que fingir que éramos de nuevo una familia feliz.
Ese chico siempre ha sido un problema, igual que su hermano, metiéndose en peligros y en cosas en las que no deberían haber estado.
Mi sobrina no fue criada así. No sé dónde se torcieron las cosas para ellos, de verdad que no lo sé.
Debió de hacer algo malo para que le pasara eso, pero cuando le pregunté qué estaba pasando, no quiso decírmelo.
Pero tanta gloria lleve como paz deja, si me pregunta a mí.
Estoy segura de que hizo algo para merecerlo.
Todas esas vidas que ha destruido fomentando sus sucios vicios...
está mal, y la gente como él no debería existir.
Para no parecer maleducado, Jake se había estado mordiendo la lengua mientras esperaba a que ella terminara. Cuando lo hizo, preguntó: —¿Cómo se llamaba, señorita Graham? —Aunque ya sabía la respuesta.
—Frank. Frank Graham. Esos bastardos lo quemaron vivo. Tanta gloria lleve.