Capítulo 68
MALA INFLUENCIA
C uando Henry se giró hacia el otro lado de la cama, el mundo entero continuó rotando otros noventa grados.
Ni siquiera había abierto los ojos todavía y ya sentía el dolor incipiente e implacable concentrándose en su cabeza, preparándose para apretar el gatillo como un asesino que apunta a su objetivo.
La Doble H, lo llamaba él. El dolor de cabeza del infierno.
Gruñendo, se quitó las mantas de encima y dejó caer los pies por el lateral de la cama, usando el cabecero para no perder el equilibrio.
Alguien se movió detrás de él. Y entonces se dio cuenta de dónde estaba. Y con quién estaba. Y de lo que había pasado la noche anterior. Y de cuántas veces.
—Buenos días —dijo Lily, subiéndose el edredón hacia el pecho. Su sonrisa le iluminaba el rostro y tenía motivos para estar tan feliz. Él le había dado uno. Varios, de hecho.
—¿Qué narices te pasa? —preguntó Henry con brusquedad, ocultando cualquier emoción o rastro de juego en su voz. Parpadeó varias veces; pensó en sacudir la cabeza, pero enseguida descartó la idea; la alfombra parecía nueva y no necesitaba una mancha de vómito.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella, con tono preocupado.
—¿Eres una extraterrestre? Tienes demasiado buen aspecto por la mañana. Eres de otro mundo. Todo el mundo parece un puto desastre a estas horas. Yo incluido. Y me siento como tal.
Lily le dedicó una sonrisa y los ojos de él se desviaron hacia su boca. Esos labios… Esos labios suaves, cálidos y apetecibles lo estaban llamando. Tuvo que contenerse para no abalanzarse sobre ella y comérsela a besos.
—No tienes tan mala cara —le dijo ella—. Tienes el pelo hecho un desastre, pero aparte de eso, nadie diría que acabas de pasar aquí la noche.
Henry se encogió de hombros. —No me importa que la gente lo sepa. ¿Quieres que subamos a la azotea y lo gritemos a los cuatro vientos?
Lily soltó una risita y se incorporó sobre el codo, apoyando la cabeza contra el cabecero. —¿Qué te pasa esta mañana? La última vez no estabas así. Y esta vez tampoco puedes echarle la culpa al alcohol.
—Simplemente me alegro de verte, eso es todo.
No era una mentira piadosa. Por mucho que hubiera intentado negarlo, lo cierto era que empezaba a sentir algo por Lily.
Era divertida, interesante, inteligente, capaz de mantener una conversación por sí sola, y era fantástica en la cama.
Pero también le entusiasmaba verla por una razón fundamental: ella podía proporcionarle una coartada de hierro para las últimas doce horas.
Y aquello valía más para él que cualquier otra cosa.
Henry dirigió su atención a la mesilla de noche. Encima estaban su reloj, su cartera y su collar. Pero faltaba algo: su móvil. —¿Has visto mi teléfono?
Ella se giró hacia el otro lado de la cama, alargó el brazo hacia el suelo y cogió algo. —¿Te refieres a esto? —agitó el dispositivo en el aire—. Te lo quité anoche después de que empezaras a entrar en pánico.
El cuerpo de Henry se tensó. Forzó una sonrisa, mientras su mente enturbiada por el alcohol intentaba averiguar qué había hecho. —¿Por qué… por qué estaba entrando en pánico ?
¿Cuánto había bebido? ¿Cuánto de la noche había borrado el alcohol?
—¿No te acuerdas?
Henry negó con la cabeza. Si me acordara, no te lo habría preguntado.
—Frank Graham. Tu hermana. Me lo contaste todo.
Tragó saliva con dificultad. Oh, joder. Joder, joder, joder .
¿En qué demonios estaba pensando? ¿A qué estaba jugando?
Se había pasado años perfeccionando el arte de mantener la boca cerrada, manipulando, mintiendo, traicionando la confianza de la gente para que él, Des y Jamal pudieran seguir con lo suyo.
Años de engaño se habían desmoronado en una sola noche. Había roto su regla de oro.
—Yo… yo… —tartamudeó.
—No pasa nada —dijo Lily—. Tu secreto está a salvo conmigo. —Se acercó más y le puso una mano sobre la suya—. No le diré nada a nadie. Hiciste lo que tenías que hacer. Me lo explicaste durante prácticamente toda la noche. Por Dios, yo habría hecho lo mismo si alguien hubiera matado a mi hermana.
Hizo una pausa y le apretó la mano. —¿De verdad pensabas que no sabía quién eres y a qué te dedicas, Henry?
No eres el enigma que crees ser. Y yo no soy ingenua como todas tus novias anteriores.
Tengo la cabeza un poco mejor amueblada.
Pero, ¿sabes qué? No me molesta ni de lejos lo que debería.
Porque me gustas y, si alguien viene por aquí preguntando dónde estabas, le diré que estuviste conmigo toda la noche. De siete a siete.
—Yo… yo… —empezó a decir, pero su cerebro iba con unos segundos de retraso.
—Por cierto, también he puesto tu ropa a lavar.
Viniste apestando a humo y gasolina, y estabas cubierto de sangre.
En serio, era asqueroso. Con suerte, esto debería eliminar cualquier prueba que tuvieras encima.
Aunque no sé cómo no te diste cuenta, o por qué pensaste que yo no lo notaría.
Quizá debería formar parte de la banda. Para manteneros a raya.
Tenéis demasiada testosterona ahí metida ahora mismo.
Necesitáis a una mujer por allí. Alguien que os dirija mejor de lo que sabéis hacerlo vosotros.
Por primera vez en su vida, Henry Matheson se quedó sin palabras. —Yo… la verdad es que no sé qué decir —le confesó. Era un concepto nuevo para él. Tener a alguien como ella en quien poder confiar, en quien poder apoyarse. Era única en un millón. —¿Te quieres casar conmigo?
Lily se rió y se sonrojó. —Ya te gustaría. Vas a tener que esforzarte mucho más que eso. Me debes una. Y de las grandes.
—Cierto. De verdad que sí. Pero primero tengo que hacer una llamada.
Sin necesidad de pedírselo, Lily le pasó el teléfono. Desbloqueó la pantalla y comprobó las notificaciones. Quince mensajes. Veintiún WhatsApps. Treinta y cinco llamadas perdidas. Todas de Deshawn y Jamal.
Maldita sea . A veces se comportaban como niños, necesitando atención constante y mimos. Probablemente solo era que estaban paranoicos. Llamándole para pedirle consejo y guía.
Intentó contactar con Jamal primero.
—¿Dime? —dijo al teléfono en cuanto Jamal descolgó—. ¿Qué pasa?
—Tío, estoy perdiendo la cabeza aquí. No dejo de pensar en esa mujer, tío. Y en los secuaces de Frank, colega. ¿Y si Reece la ha vuelto a cagar?
—Baja la voz, ¿quieres? Me va a estallar la cabeza.
¿Qué os dije? Creía haberos dicho a los dos que mantuvierais la boca cerrada hasta que yo me pusiera en contacto con vosotros.
Tengo un montón de llamadas perdidas vuestras y, ¿sabes de quién no he oído ni pío, colega?
De Reece, el mismo chaval por el que estás preocupado.
Imagínate, un crío siguiendo órdenes mejor que dos de mis mejores hombres. Vergonzoso.
—Hen, yo…
—Nada —dijo Henry—. Cállate. Si te necesito, te llamaré. No hagas ninguna estupidez mientras tanto.
Antes de que Jamal tuviera oportunidad de responder, Henry cortó la llamada. Sin perder tiempo, y prestando poca atención a Lily, buscó el número de Reece y marcó.
—¿Dígame? —dijo Reece. Su voz sonaba distinta a la de la noche anterior, como si las horas transcurridas desde el incendio la hubieran devuelto a la inocencia de la pre-pubertad.
—Soy yo, colega. ¿Puedes hablar?
—Sí, hermano. Claro.
—Buen chico. Necesito que hagas algo por mí.
—¿El qué?
—Es hora de encargarse de tu amiguito. Hay que hacer algo con él. De forma definitiva esta vez. ¿Crees que puedes encargarte de eso?
—¿Qué tienes en mente, Hen?
Henry levantó la vista. Sus ojos se posaron en Lily. Reflexionó antes de responder. —Dejaré que tú decidas. Sé todo lo creativo que quieras. Solo asegúrate de que no vuelva a ser un problema. Le conoces mejor que nadie. Así que ya sabes dónde le puede doler más.
—Tengo una idea. Déjamelo a mí. ¿Qué pasa con los demás?
—Si necesitas ayuda, llama a Jamal. Necesita calmarse, algo que lo distraiga.
—¿Y entonces habremos terminado?
Volvía a haber esa madurez en su voz, la que a Henry le gustaba; casi hacía que perdonara al joven por haber sido arrestado.
—¿Con esto saldaré mi deuda para que pueda empezar a obtener beneficios de verdad?
Henry vaciló antes de responder. —No voy a hacer promesas, pero diría que es un trato justo.
—Te tomo la palabra —dijo Reece y colgó.
Henry se apartó el teléfono de la oreja y lo sostuvo contra su pierna.
—¿Todo bien? —preguntó Lily, deslizándose por la cama. Se detuvo a la altura de las rodillas de él, sujetando el edredón en su sitio con una mano sobre el pecho.
—¿Alguna vez te has preguntado si las cosas que haces en la vida están mal?
Amnesia, conoce a la Doble H; Doble H, conoce a la crisis existencial.
—Creo que tienes que mirar por ti mismo. No puedes ser responsable de las acciones de los demás. Cada uno tiene su propia elección, o elecciones, que tomar.
—¿Pero qué pasa si yo soy quien les ha dicho que tomen esas decisiones?
Ella le puso las manos en los hombros, dejando que el edredón cayera de su cuerpo.
—Son adultos. Son capaces de tomar sus propias decisiones. Si no les gustara, harían algo al respecto.
Estaba a escasos centímetros de su cara. Con los labios listos.
—¿Es eso lo que estás haciendo tú? —preguntó él, mirándolos con disimulo—. ¿Tomando tu propia decisión?
Ella asintió, manteniendo sus ojos clavados en los de él. —Estoy tomando mis propias decisiones. Igual que lo está haciendo ese chaval. Y solo yo puedo ser responsable de mis actos.
—Oh, Lily —dijo Henry mientras se acercaba—. Me parece que vas a ser una mala influencia para mí.