Capítulo 65
SEGUNDA CITA
E l coche derrapó al girar la esquina y Deshawn luchó por controlar la parte trasera del querido Range Rover de Henry.
—¡Ten cuidado, cojones! —le recriminó este desde el asiento trasero—. Te he dicho que conduzcas normal, pedazo de lerdo.
—Lo siento, hermano —respondió Des, poniendo ambas manos en el volante en la posición de las diez y diez.
No era habitual que él ocupara el asiento delantero, ese honor solía corresponderle a Jamal, pero apenas habían tenido tiempo de preocuparse por la distribución de los asientos después de que una mujer mayor los viera con el teléfono en la oreja mientras se apoyaba en la valla frente a su piso.
A situaciones desesperadas, medidas desesperadas.
—No pasa nada —respondió Henry. Se frotó la quemadura de su mano causada al prender el combustible sobre el cuerpo de Frank Graham, intentando calmar el escozor—.
Lo que he dicho, ¿sabes? Todo va bien. Esos niñatos no van a volver a molestarnos...
—Se giró hacia Reece, que estaba a su lado—. ¿A que no?
Momentos antes de que apareciera la anciana, Reece había perseguido a un grupo de chavales que habían tenido la mala suerte de interrumpirlos.
—Qué va, tronco —respondió el joven. Su voz sonaba más grave, como si los acontecimientos de los últimos veinte minutos lo hubieran envejecido, convirtiéndolo en un hombre—. Nadie va a decir nada de lo que ha visto. Descuida.
Durante los siguientes cinco minutos, siguieron conduciendo cada vez más cerca de The Pit, los cuatro subidos por la adrenalina de lo que acababa de ocurrir en la urbanización de Frank Graham.
Henry les había ordenado rodear el lado norte de Stratford para luego regresar por el oeste.
Era una precaución que tomaban a veces cuando había algún asunto que requería una solución inmediata.
—¿Dónde quieres que te deje, Hen? —preguntó Des, echando un vistazo al espejo retrovisor.
Henry bajó la mirada hacia su móvil. Navegó por la agenda, buscó el contacto llamado Lily y le envió un mensaje. Recibió respuesta a los pocos segundos.
—Tengo una dirección para ti —dijo y procedió a darle los detalles.
—¿Esperas el segundo asalto? —preguntó Jamal, girándose en su asiento y guiñándole un ojo.
—Si tengo que dejar bien atada mi coartada, sí.
Tras otros diez minutos conduciendo por la ciudad para despistar a cualquiera que pudiera seguirlos, Deshawn detuvo el coche en una calle residencial tranquila, un poco apartada de la carretera que atravesaba el corazón de la ciudad. Al otro extremo de la calle había una tienda de licores.
Cuando Henry saltó fuera del coche, se detuvo y volvió a asomarse al interior.
—No lo olvidéis —empezó—. Tened vuestras coartadas preparadas. Reece, vete a Essex, escóndete en la finca, pero mantén un perfil bajo. Des, enciérrate en The Den un día o dos. Echa a Elijah y al resto de los chicos. Y Jamal... ¿qué hay de tu tía? ¿Puedes ir a verla?
—Sin problemas, hermano —respondió Deshawn, levantando el pulgar hacia Henry—. ¿Qué quieres que hagamos con Lewis?
Henry reflexionó un momento. —Dejadlo hasta la mañana. El ambiente está demasiado caldeado para que nos acerquemos a él ahora mismo. No hagáis nada hasta que sepáis de mí. Y me refiero a nada .
—Vale. —Jamal se reclinó en el asiento para estrechar la mano de Henry. Mientras tanto, los otros asintieron confirmando que lo habían entendido y se despidieron con la mano.
En cuanto el coche se perdió de vista, se dirigió a la tienda de licores.
Dentro, compró una chocolatina y dos botellas de vino.
Tras pagar al dueño y dejar una propina generosa por sus servicios, algo que añadir a la coartada por si alguna vez la necesitaba, se guardó el chocolate y se encaminó hacia la casa.
Número noventa y dos. El año en que había nacido Danielle.
La casa se perdía entre la hilera de edificios adosados, y a sus ojos les costaba encontrar el número correcto. Finalmente, tras deambular calle arriba y calle abajo, luchando contra la tentación de llamar a Lily para pedirle ayuda, encontró la puerta principal.
Unos instantes después, se encendió la luz del pasillo y la puerta se abrió.
La persona que tenía delante era menuda, llevaba el pelo recogido y vestía un jersey que le colgaba holgado de un hombro, revelando el tirante del sujetador y un adorable y solitario lunar en el brazo.
Lo recordaba con cariño de la otra mañana, cuando lo acariciaba mientras yacían envueltos en los brazos del otro.
Ligeramente elevado, suave, tierno, una pequeña mancha en una piel por lo demás perfecta.
En ese momento, mientras ella estaba frente a él, se dio cuenta de que no se parecía en nada a la de la otra noche, con la cara llena de maquillaje y vestida con unos vaqueros ajustados y una camisa de lino; pero no le importó.
Seguía siendo atractiva sin toda esa mierda en la cara. De hecho, decidió, estaba mejor así.
¿Acaso no era esa la verdadera prueba del amor?
—Me preguntaba cuánto tardarías en llegar —dijo ella, cruzando una pierna sobre la otra e inclinando la cabeza a un lado con timidez.
—¿Ya me echabas tanto de menos?
—Ya te gustaría.
—¿Vas a dejarme entrar? El chocolate se me está derritiendo contra el culo y este vino se va a echar a perder si no tienes cuidado.
La decisión no se hizo esperar.
Ella sonrió con sorna. —Supongo que puedes pasar. Pero más vale que no esperes nada de eso de «Netflix y relax» —dijo, echándose a un lado para dejarlo pasar.
Henry soltó una risita. —¿Tienes Amazon Prime en su lugar?
Al pasar a su lado, ella le miró con fingido enfado y le dio un codazo juguetón en las costillas.
—Lleva tu culo a la cocina y cállate. ¿Qué haces despierto a estas horas de la madrugada, de todos modos?
Henry se detuvo en medio del pasillo. —No creo que eso sea propio de una segunda cita.
—¿Ah, sí? ¿Eres demasiado peligroso? ¿Un hombre de misterio internacional? «Si te lo cuento, tendré que matarte», ¿algo de ese estilo?
Él se encogió de hombros. —No se aleja mucho de la realidad.
Lily se rió para sus adentros. Al cerrar la puerta, se dio cuenta de lo que él había dicho y exclamó: —¡Espera! ¿Cómo que segunda cita ?
—Pensaba que el significado era obvio. Te dije que traería el chocolate y el vino. Y yo siempre cumplo mi palabra.
Tímida y pensativa, ella bajó la mirada hacia sus pies.
Henry alzó el vino y dijo: —¿Quieres que meta una en la nevera por ahora, o no merece mucho la pena?