Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 60
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Capítulo 60

TARDE O TEMPRANO

E n las horas que llevaba vigilando la urbanización Cosgrove Estate, Jake se había abstenido de hincarle el diente a cualquiera de los aperitivos que lo tentaban.

Pero ahora, cuando el rugido de su estómago alcanzó su punto álgido, aceptó la derrota.

Lo primero en el menú: patatas Walkers de queso y cebolla. Inigualables.

Cogió la bolsa, la abrió y se metió un puñado de patatas en la boca. El sabor intenso le impregnó los labios, saciando su hambre al instante. Luego abrió la botella de Pepsi Max y bebió con avidez para aplacar la sed provocada por la sal.

Mientras dejaba la botella en el asiento de al lado, una figura emergió del interior de la urbanización.

Nervioso al ver a su objetivo, Jake dejó caer la bolsa de patatas en el hueco entre sus rodillas y agarró su cuaderno.

Anotó la hora en que el individuo salió del recinto, esta vez esforzándose por añadir cualquier detalle adicional que pudiera ser de utilidad.

Qué llevaba puesto. Qué sostenía. Su semblante.

Su forma de caminar. Su estatura. ¿Parecía asustado? ¿Orgulloso? ¿Derrotado?

Jake levantó la vista del cuaderno y el corazón le dio un vuelco; su cuerpo se quedó gélido.

En el tiempo que había pasado con la cabeza agachada y concentrado en la página, el hombre se había desviado de su camino original de salida y ahora estaba plantado en mitad de la carretera, con los brazos a los lados, mirando directamente a Jake.

Estaba perfectamente inmóvil, salvo por unos mechones de pelo que le azotaban la cara por la ligera brisa.

Parecía una especie de villano asesino en plena matanza.

Como si estuviera en mitad de un thriller slasher de Halloween.

Pasaron treinta segundos.

Un minuto.

Finalmente, el hombre se acercó con paso pausado hasta la ventanilla de Jake; la farola cercana iluminaba la sonrisa en su rostro curtido y bien cuidado.

El resto de su cuerpo era de complexión robusta, lo que sugería que o bien había servido en las fuerzas armadas, o simplemente era un fanático del gimnasio que vivía por y para las pesas.

Jake no sabía quién era aquel hombre, pero había algo en su rostro que le resultó familiar, como si se hubieran conocido antes.

A regañadientes, Jake bajó la ventanilla un poco.

—Buenas noches —dijo el hombre. Se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en el marco de la puerta. —Qué sorpresa verte por aquí. Espero no estar estropeándote la cena. Señaló la bolsa de patatas a medio comer.

Jake siguió el movimiento del brazo del hombre, pero se detuvo a mitad de camino.

La manga del abrigo del desconocido se había subido por la muñeca, revelando un antebrazo tan grueso como las barras que lo habían moldeado...

y un tatuaje. La mirada de Jake lo recorrió, inspeccionándolo de izquierda a derecha.

Un escorpión.

Y entonces se dio cuenta de dónde conocía al hombre.

—¿Tú? —dijo, pensando en voz alta.

Martin Radcliffe y él se habían visto dos veces anteriormente.

La primera había sido cuando Jake trabajaba en Surrey, durante el último atraco de los Crimsons en una joyería de Guildford.

Habían tomado un rehén y viajado hasta Southampton, donde un crucero se preparaba para sacarlos del país, mientras un grupo de agentes corruptos hacía todo lo posible para ayudarlos a llegar allí.

Martin Radcliffe había sido uno de los oficiales de armas autorizados de la policía de Hampshire que abatió a tiros a Luke Cipriano, el miembro más joven de los Crimsons, con fuerza letal.

La segunda vez que se habían visto fue hacía unos días, frente a la joyería. Martin lo había sacado a tirones de la tienda y lo había empujado lo más lejos posible. Martin era quien estaba encubriendo el asesinato. Martin era quien trabajaba infiltrado para Henry Matheson y su banda.

Jake no quería ni imaginar qué tipo de ascenso profesional se las había ingeniado para conseguir y pasar de Southampton a la Escuadra Volante, pero estaba seguro de que había alguien detrás, ejerciendo su influencia en cada paso del camino.

La Cábala.

Martin apartó el brazo de la vista de Jake. —¿Por fin te has dado cuenta?

—Nunca olvido una cara. Ni un nombre —respondió Jake—. ¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo —replicó Martin—. Tengo una operación encubierta que dirigir. Tu presencia la pone en peligro.

—Eso me cuesta creerlo.

—Bueno, es la verdad. Y si no me equivoco, ni siquiera deberías estar aquí, ¿verdad? Según tengo entendido, tu orden de vigilancia directa fue revocada esta misma tarde.

Jake se quedó en silencio.

—¿No dices nada? —insistió Martin—. Si me equivoco, dímelo, por favor.

¿No? Ya me parecía a mí. Venga, largo. Martin dio una palmada en el interior de la puerta del coche de Jake.

—Aire. No querrás que tu nuevo jefe se entere de tu comportamiento imprudente, ¿verdad?

No queremos que te caiga ningún expediente disciplinario. Otra vez.

Jake se mordió la lengua.

—Encontraremos al asesino —dijo desafiante.

—Tarde o temprano —añadió Martin.

—A los dos.

Jake prendió el contacto y pisó el embrague. Al meter la primera marcha, continuó: —Y me pregunto, cuando descubramos quién es el responsable de lo de Jermaine y del robo de las joyas, dónde encajarás tú en todo esto. —Jake se giró hacia Martin—. ¿En el centro?

Sin darle tiempo a responder, Jake arrancó, se separó del bordillo y salió de la urbanización. Era hora de volver a casa con su mujer y sus hijos y asegurarse de que estaban a salvo.