Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 61
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Capítulo 61

CORRIENDO

L ewis no tenía ni idea de dónde estaba. Ni de a dónde iba.

Su amigo le había enviado un mensaje pidiéndole que se vieran, sacándolo de los espaguetis a la boloñesa que se había preparado para cenar.

Su padre estaba en medio de otro episodio y, tal como habían quedado las cosas la última vez, Lewis estaba más que encantado de salir de casa.

Tras encontrarse con Reece en el paso subterráneo, habían deambulado hasta el otro lado de la urbanización y luego se habían subido al Range Rover de Henry Matheson.

Iban tres detrás: Lewis, Henry y Reece; y dos delante: Deshawn y Jamal. Había un silencio sepulcral en el coche, salvo por el sonido de la respiración furiosa de Henry a través de la nariz.

—¿Estáis listos, chavales? —preguntó Henry después de un largo rato de nada.

—Claro, tío —dijo Reece—. Lo tenemos controlado.

Lewis caló de inmediato la falsa valentía de Reece. Cuando lo había visto en el paso subterráneo, su amigo temblaba de nervios, y cuando le preguntó si estaba bien, Reece le echó la culpa al frío. Solo que Reece llevaba un jersey y la temperatura no bajaba de los quince grados.

—Vais a aprender unas cuantas cosas esta noche. A ver unas cuantas cosas.

—Tranqui —dijo Reece—. Lo tenemos controlado.

—¿Y tú, Lewis? —Henry giró la cabeza hacia él—. No te he oído abrir el pico. No estarás cagado, ¿verdad? Estáis a punto de convertiros en hombres. Tenéis que estar preparados.

Lewis tragó saliva con dificultad. —Sí —respondió—. Estoy bien. Solo me estoy concentrando, ¿sabes?

—¿Asegurándote de no mearte encima?

Lewis resopló. —No. El único sitio donde me meo es en casa de tu madre.

Surgió un vitoreo unánime del resto de los ocupantes del coche, seguido de una cacofonía de carcajadas. Había sido una reacción instintiva y un mecanismo de defensa. Afortunadamente, no le acarreó la paliza que esperaba.

—Eres un mozalbete gracioso, ¿eh? —dijo Henry.

Estiró el brazo por encima de la cabeza de Lewis y se lo puso sobre el hombro—.

Esta vez te la paso. Pero no vayas de listo, chaval.

Hombres más grandes que tú lo han intentado, y a la gente no le gusta.

Jermaine se creía más listo que yo y mira cómo acabó.

A ese sitio al que vamos, el tío implicado se cree más listo que yo, y ahora le va a pasar algo parecido.

Lewis no dijo nada en lo que quedó de trayecto.

Condujeron otros quince minutos hacia el norte, dejando atrás el brillante perfil de los rascacielos del centro de Londres hasta que se detuvieron en Walthamstow.

El territorio de Frank Graham. A su izquierda había un gran bloque de pisos.

Más bajo pero más ancho que los de Cosgrove Estate.

Unos niños en bicicleta zigzagueaban por la carretera antes de desaparecer finalmente de la vista.

Mientras tanto, un grupo de adolescentes estaban sentados en un muro de ladrillo a lo lejos, con sus chaquetas negras y capuchas teñidas de naranja por las farolas.

Henry silbó, haciendo un gesto para que todos bajaran del coche.

—¿Cómo quieres hacer esto, Hen? —preguntó Jamal mientras se reunían junto al capó.

Tenía las manos en los bolsillos y, por un momento, Lewis se preguntó qué llevaría en ellos.

Pero entonces se dio cuenta de que ya sabía la respuesta.

Protección. Lo mismo valía para Deshawn, Henry y probablemente incluso para Reece.

Lo que significaba que él era el único que no llevaba nada.

Lo que significaba que todos sabían algo que él no.

—Quiero que lo encontréis. Que lo saquéis. Y luego me lo entreguéis.

—¿Y nosotros? —preguntó Reece, señalándose a sí mismo y a Lewis.

—Hablad con esos niñatos de allí. Ved si saben algo. Y si se ponen tontos, encargaos de ellos.

—Vale —dijo Reece. Miró a Lewis y añadió—: Vamos, pues. ¿A qué esperamos?

Lewis gruñó como respuesta y siguió a regañadientes a Reece hacia el grupo de chicos sentados en el muro.

No se sentía cómodo allí. Era una traición a la confianza de Frank.

Pero ya no tenía tiempo de echarse atrás.

Estaba demasiado metido. Debía lealtad a Henry.

Pero también a Frank. Y en ese momento se preguntó de parte de quién estaba realmente.

—¿Qué pasa, chavales? —gritó Reece al grupo mientras se acercaban con aire chulesco.

—¿Quiénes cojones sois vosotros? —preguntó el más alto del grupo. Vestía un chándal gris y llevaba unas zapatillas Nike Air Force negras flamantes. Su rostro y cualquier otro rasgo identificable estaban ocultos por la escasa luz y el cuello de su sudadera, que llevaba subido hasta la barbilla.

—Me preguntaba si sabíais dónde está Frank, ¿sabes? Tengo un mensaje para él.

—Frank no quiere saber nada de vosotros. Ni siquiera sabe quiénes sois —dijo el de las Air Force.

—Ya —replicó Reece—, pero sabe quién es este.

Reece le dio un toquecito a Lewis en el hombro. Y en ese instante, él se sintió vulnerable, al descubierto. Su mejor amigo acababa de delatarlo, y si estaba dispuesto a hacer eso delante de unos desconocidos, ¿qué más podría llegar a hacer?

—¿Eres su guardaespaldas o algo así? —preguntó el de las Air Force.

—Se podría decir que sí —respondió Reece, hurgando en sus bolsillos—. ¿Y bien, dónde está? Queremos hablar de negocios.

El de las Air Force se acercó a ellos, y su complexión aumentó drásticamente de tamaño a medida que se aproximaba. Era mucho más corpulento de lo que Lewis había creído, y con solo una navaja entre los dos frente a un arsenal de quizás cuatro piezas, a Lewis no le gustaba cómo pintaba la cosa.

—Largaos de aquí —siseó el de las Air Force—. He dicho que Frank no quiere veros.

Reece soltó un suspiro y dio un paso atrás. —Lewis, enséñale lo que tienes en los bolsillos, hermano.

Lewis vaciló un momento, se dio cuenta de lo que su amigo le estaba pidiendo y sacó la bolsita de cocaína de Frank Graham, asegurándose de mostrar la calavera de la parte delantera.

—¿De dónde has sacado eso? —preguntó el de las Air Force.

—¿No te lo ha dicho? Ahora muevo material para él. Soy uno de los vuestros.

—Ni de coña. ¿Un mierdecilla flacucho como tú? Estás fatal, tío.

—Es su material. No el mío . Ni el tuyo . El suyo. Ahora dile que estoy aquí o dime dónde puedo encontrarlo.

El de las Air Force recorrió con la mirada cada centímetro del cuerpo de Lewis, examinándolo, calándolo, hasta que finalmente chascó la lengua, hizo un gesto de aprobación con la cabeza y dijo: —Vale. Piso veinticuatro. Pero uno de mis chavales va con vosotros.

Lewis asintió, reservando el suspiro de alivio para más tarde. —Tranqui. Haz lo que tengas que hacer, ¿no?

Aún no estaban a salvo.

La escolta era una chica, una quinceañera que no parecía tener mucha fuerza. Su complexión era delgada y menuda, y llevaba pantalones anchos que le colgaban de los muslos. De no haber sido por los pendientes de aro y el pelo, Lewis podría haberla confundido con un chico.

No les dio su nombre.

Tampoco esperaron a que ella los guiara. En su lugar, se dirigieron hacia el bloque y dejaron que ella los alcanzara. Mientras rodeaban el lugar, vio a Des y Jamal siguiéndolos por detrás, manteniendo la distancia como si estuvieran acechando a su presa.

Finalmente, Lewis y Reece se detuvieron ante el piso de Frank. La chica llamó a la puerta y los tres esperaron. Por el rabillo del ojo, Lewis vio a Jamal y Deshawn surgir con destreza de detrás de un muro.

En cuanto se abrió la puerta, los dos mayores cargaron por el pasillo y se abalanzaron sobre Frank, le pusieron una bolsa en la cabeza y le propinaron repetidos puñetazos en el plexo solar para dejarlo sin aliento e incapacitarlo.

Al instante, la chica gritó. Pero sus gritos de auxilio pronto fueron ahogados por Reece, que le rodeó el cuello con el brazo y le puso una navaja en la garganta.

—No digas ni una puta palabra —siseó Reece.

Mientras tanto, Lewis observaba horrorizado. Todo había sucedido tan rápido y con tanto silencio que no podía creerlo.

Antes de que pudiera procesarlo más, Jamal dio la orden y, de inmediato, él, Deshawn y Reece, con sus rehenes a cuestas, bajaron las escaleras hacia el centro de la urbanización, donde tiraron los cuerpos al suelo.

Un sonido detrás de Lewis lo distrajo; Henry, cargando con una garrafa de gasolina en una mano y un trozo de cadena gruesa en la otra.

¡No! , pensó Lewis.

La historia se repetía.

Iban a quemarlos vivos.

La idea le revolvió el estómago.

Tenía que salir de allí. Correr. Huir. Salvarse y dejar que esas personas murieran a manos de Henry Matheson.

Pero estaba bloqueado, con los pies clavados en el sitio por el miedo.

Siguió con la mirada a Henry mientras el hombre se detenía junto a Frank, a quien todavía encañonaban con la navaja.

Allí, de rodillas, con la bolsa aún en la cabeza, Lewis notó lo pequeño que era en realidad aquel hombre, lo flaco e insignificante que parecía en comparación con Henry y los demás.

Notó cómo, en los pocos segundos que llevaba allí tirado, parecía haberse resignado ya a su suerte; no había resistencia, ni quejas, ni represalias verbales.

Nada.

En cuanto a la chica, en ese momento estaba inmovilizada contra el suelo por Deshawn, que la golpeaba salvajemente en la cara en un intento de someterla y ahogar sus gritos, que resonaban por toda la zona.

Lewis no se había dado cuenta, pero eso dejaba a⁠—

Reece . ¿Dónde estaba? Lewis echó un vistazo rápido alrededor y entonces⁠—

Lo primero que notó fue la temperatura de la hoja.

Helada al principio, pero a medida que se hundía en la carne de su cuello, empezó a escocer y quemar como un metal al rojo vivo en agua fría.

Luego sintió a su amigo detrás de él, inmovilizándole los brazos.

Después llegó la respiración agitada y excitada de Reece en la parte posterior de su oreja y en su pelo.

—¡Reece! ¿Qué estás...?

Reece le propinó una patada en la parte posterior de las piernas, haciendo que se doblaran bajo su propio peso.

Lewis cayó de rodillas y su cabeza se hundió de forma natural sobre el pecho.

Entonces Reece le agarró un mechón de pelo y le tiró de la cabeza hacia atrás, obligándole a presenciar lo que ocurría ante sus ojos.

A ver la cadena de ejecución hasta que le llegara el turno.

En el poco tiempo que Lewis había estado incapacitado, las manos y los pies de la chica y de Frank habían sido atados con bridas.

Y ahora que habían terminado, aquello solo podía significar una cosa.

Él era el siguiente.

Caja número tres abierta.

—¡No! ¡No! ¡Por favor, no! —gritó, con la hoja peligrosamente cerca de la garganta—. ¡Por favor! ¡No! No lo...

Otro tirón de cabeza lo interrumpió. Miró hacia la negrura del cielo. Arriba, las estrellas punteaban la noche, y se preguntó cuántas punzadas recibiría él —¿veinte, treinta, cuarenta?— o si su muerte sería como el sol asomando por el horizonte, envuelto en llamas.

Lo siguiente que oyó Lewis fue el sonido de unos pasos. Entonces Henry apareció en su campo de visión, con la maldad grabada en cada rasgo de su cara.

—Puto traidor —siseó con saña. El líder de la E11 le agarró la cara y le apretó las mejillas, aplastándole los labios—. ¿Pensaste que podías joderme vendiendo el género de otro en mi territorio?

Lewis balbuceó, pero su intento de hablar fue silenciado por una bofetada. Henry le dio un empujón y se alejó. Al volver al lado de Frank Graham, silbó, levantó la mano en el aire, giró sobre sí mismo y gritó: —Es hora de que subas tu puntuación en la tabla, Reecey.

El cuerpo de Lewis se quedó gélido, como si acabaran de sumergirlo en un baño de hielo y una fuerza insuperable lo mantuviera bajo el agua, asfixiándolo, con el choque paralizándolo.

Con los ojos muy abiertos, mirando al vacío frente a él, Lewis pensó en su padre, en cómo lo había descuidado y tratado en los últimos meses, en cuánta tensión y presión le había hecho soportar, en lo gilipollas que había sido.

Y luego pensó en Reece. En cómo habían llegado a esto.

Mejores amigos desde niños, jugando juntos, creciendo juntos en las calles, navegando juntos por la política y la traición del estilo de vida de las bandas. ¿Para que todo terminara así?

—¡Reece, por favor! Tú no quieres...

Reece apretó más a Lewis y hundió más la hoja en su piel. Un movimiento en falso y el filo le abriría el cuello y desparramaría el contenido de su cuerpo sobre el pavimento. Un movimiento en falso y moriría.

—Pobre idiota —le susurró Reece al oído. Era la primera vez que Lewis oía hablar a su amigo en mucho tiempo. ¿Se le había quebrado la voz?

—¡Reece, por favor!

—¡Por qué cojones lo has tenido que hacer, tío!

Sí, se le había quebrado. Posiblemente también tuviera una lágrima en el ojo, aunque no la mostraría.

—¡Reece, colega, vamos! ¡Mi padre! Él necesita...

Reece ajustó su agarre, aflojándolo ligeramente. Fue solo un segundo, pero bastó. Una oportunidad que no podía dejar pasar.

Lewis impulsó su parte trasera contra el esternón de Reece y le dio un codazo en las costillas, haciendo que su amigo se encorvara.

El movimiento no fue tan fluido como le habría gustado, pero fue el comienzo.

Y fue suficiente para volverse hacia su amigo, notar la culpa brillante en los ojos de Reece y reconocer que aquello no servía de nada.

Seguía habiendo un deseo de pelear, de vengarse, de matar.

Y Lewis tenía que hacer todo lo posible para asegurarse de ser él quien saliera vencedor.

Reece levantó la navaja en el aire y la descargó con un tajo.

Lewis se hizo a un lado y la agarró, cortándose la piel de la mano y los dedos.

Usando todo el peso de su cuerpo, y con un poco de ayuda de la adrenalina que le recorría las venas, embistió a Reece y empujó a su amigo al suelo.

La gravedad hizo el resto y cayó encima de Reece, inmovilizándolo contra el hormigón.

En la colisión, la navaja se cayó y salió despedida lejos de ellos.

Cerrando el puño, Lewis golpeó a Reece en la cara.

Una vez. Dos. Tres. Hasta que su rostro se convirtió en una masa ensangrentada.

Reece, encogido en el suelo, se protegió, dándole a Lewis una breve oportunidad para decidir qué hacer a continuación: se puso en pie de un salto, cogió la navaja y se giró para ver el resto de la represalia.

Henry y Jamal se cernían sobre Frank Graham, dándole patadas y golpeándolo en el suelo, mientras que Deshawn estaba encima de la chica con los dedos apretando con fuerza su garganta.

Tres contra uno. Ni una oportunidad.

La opción era sencilla.

Darle la espalda a todo y correr.

Y eso fue lo que hizo.

Le dio la espalda a todo aquello y salió corriendo de la urbanización. Tan rápido como sus piernas pudieron llevarlo antes de que fallaran bajo la presión.

—¡Eh, pedazo de mierda! —llegó un grito desde alguna parte.

Distante.

Lejos.

¿Lo bastante cerca como para que lo alcanzaran?

No lo sabía.

Pero siguió corriendo de todos modos.