Capítulo 54
ELIMINACIÓN
J ake entró de golpe por la puerta principal y se dirigió de inmediato a la cocina, donde encontró a Elizabeth dándole de comer a Ellie en su trona. Su aparición repentina y el fuerte estruendo de la puerta al golpear contra la pared la sobresaltaron.
—He venido en cuanto he podido —dijo Jake, apresurándose hacia ella para abrazarla—. ¿Estás bien? ¿Y las niñas?
—Sí, sí, estamos todas bien. ¿Qué está pasando, Jake?
Jake dio un paso atrás y echó un vistazo a la cocina y por la ventana trasera que daba al jardín; sus ojos mostraban una alerta salvaje cargada de adrenalina.
Dando la espalda a la cocina, se puso a recorrer la casa a zancadas; corrió hacia los ventanales del salón para correr las cortinas, volcó cojines, revisó los cajones del dormitorio y el interior de la cisterna del váter.
Tenía la mente anegada de preocupación y miedo.
Las imágenes de alguien irrumpiendo en su casa y tocando sus cosas, moviéndolas, colocando droga, dinero y advertencias en los lugares más inocuos, se repetían en su cabeza como una escena de una película de suspense.
Si él fuera un criminal y estuviera intentando colocar droga en casa de alguien, ¿dónde la... ?
—¡Jake! —gritó Elizabeth detrás de él. Estaba de pie en el umbral del dormitorio con los brazos cruzados. Su estado de ánimo había pasado del pánico y el miedo al enfado y la frustración—. Dime de una maldita vez qué está pasando.
—Lo siento, Liz. Lo siento. Venga, bajemos. Te lo explicaré todo.
En su ausencia, Ellie había tirado el cuenco de la comida al suelo. Jake se agachó para recogerlo.
—No —le dijo Elizabeth—. Eso puede esperar. Explícamelo. Ya .
Jake suspiró, giró sobre sus talones y se apoyó en la isla del centro de la cocina.
—No quiero que te preocupes, ¿vale? Pero... no te lo conté todo anoche.
Esto no pareció pillarla de sorpresa, como si ya se lo hubiera esperado. Hasta él mismo se habría mostrado escéptico ante lo poco que le había contado: que solo se trataba de un matón de poca monta con un asunto pendiente que venía a por él.
—Es por el caso en el que estamos trabajando. Hay gente muy seria y peligrosa involucrada. Hablamos de grupos de crimen organizado. Bandas.
—¿Tienen armas?
Jake no respondió.
—¿Estamos en peligro?
Jake negó con la cabeza. —Claro que no. Nunca permitiría que os pasara nada a ninguna de vosotras. Solo necesito que me cuentes todo lo que has visto. Deja que yo me encargue.
Ellie empezó a llorar. Jake reaccionó primero, agachándose para sacarla de la trona. Pero en cuanto la tuvo en brazos, Elizabeth se abalanzó y se la arrebató.
Jake la miró con incredulidad y abrió la boca para protestar, pero no fue capaz de decir nada.
En ese instante, ella acababa de destrozarle el corazón.
No confiaba en él para sostener a su propia hija, para protegerla.
No confiaba en que estuviera cerca de ella.
No confiaba en que pudiera protegerla. ¿Por qué lo miraba con tanto miedo, como si él fuera la amenaza?
—Elizabeth...
—Un Range Rover. He visto un Range Rover.
—¿Y?
—Un hombre se ha bajado. Ha venido hacia nosotras.
—¿Has podido verle bien la cara?
Ella negó con la cabeza mientras acunaba a Ellie contra su cadera.
—¿Recuerdas qué ropa llevaba?
Otro gesto negativo.
—¿Algún rasgo distintivo?
Y otro más.
—¿Nada de nada?
—No. —Se le formó un nudo en la garganta.
—¿Y el coche? ¿Te has fijado en la matrícula?
—No. Lo siento.
Jake suspiró y se pasó los dedos por el pelo. —¿Qué es lo que te he dicho siempre? Presta atención a los detalles. Sé observadora. Todo eso está pensado para protegerte.
—Lo sé, Jake. No soy idiota. He entrado en pánico.
—Está bien.
No estaba bien. Primero, ella le había quitado a su hija, tanto literal como figuradamente, y ahora no había sido capaz de recordar las pocas pautas de entrenamiento que él le había dado para asegurar la casa si pasaba algo malo. Menuda forma de aprovechar aquella tarde de domingo.
—Tengo que irme —declaró Jake.
—No —dijo ella—. Por favor... ¿qué va a ser de nosotras?
Jake le dijo que fuera a casa de su madre, y ella aceptó. Era lo mejor. Mientras Elizabeth reunía frenéticamente sus cosas y las de las niñas, él llamó a su madre, confirmó que podían ir y luego fue a ayudar con las maletas.
—Solo será por un par de horas —le dijo a Elizabeth—. En cuanto termine de trabajar podréis volver. ¿De acuerdo?
Ella asintió con la mirada desencajada, casi como si estuviera bajo los efectos de algún estupefaciente.
Él le puso las manos en los hombros. —Vais a estar bien. Tanto tú como las niñas, ¿entendido?
—¿Pero qué hay de ti?
—Yo estaré a salvo. Estoy con una docena de agentes todo el día, encerrado en un edificio la mayor parte del tiempo. No me va a pasar nada malo.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo —mintió él.
—Y no vayas buscando el peligro como hiciste el otro día frente a la joyería.
A eso no tuvo respuesta. Los acontecimientos de los últimos días no le habían enseñado nada.
Seguía cometiendo errores, mintiendo, actuando de forma egoísta.
No había sido sincero sobre la gravedad de la situación, algo de lo que ahora se arrepentía.
Pero se justificaba diciéndose que solo intentaba protegerlas.
Cuanto menos supiera ella, menos se preocuparía.
Pero ahora se daba cuenta de que no podía mantener ambas cosas separadas.
Henry Matheson y La Cábala estaban cada vez más cerca, y Elizabeth y las niñas ya estaban irremediablemente vinculadas a todo aquello.
Tardaron otros diez minutos en empaquetar todo para la breve estancia de su familia en casa de su madre.
Tras despedirse de ellas con la mano, Jake regresó a la casa y empezó a revisarlo todo de nuevo.
Cada rincón y cada escondite. Cada lugar donde alguien pudiera haber ocultado algo.
Por supuesto, no sabía con seguridad si alguien había entrado en la casa mientras estaban fuera, pero no quería dejarlo al azar.
Equipos de audio, de vídeo, droga, dinero; lo buscó todo.
Al cabo de una hora, no había encontrado nada.
Cuando regresó a su coche, inspeccionó todos y cada uno de los vehículos estacionados a lo largo de la calle, incluidos los de las entradas de sus vecinos. Los reconoció todos. No había nada fuera de lugar. Nada resultaba sospechoso.
El trayecto de vuelta a Bow Green estuvo lleno de desesperación y paranoia.
¿Y si le pasaba algo a Elizabeth o a alguna de las niñas, o a todas?
Recordó cómo se había sentido al saber que Liam había fotografiado a su familia en el parque y se les había acercado en su propia casa.
Se sintió avergonzado, asustado, un fracasado, y sintió una ira pura hacia Liam.
Una rabia tan fuerte que había querido arrancarle la cabeza al hombre y hacerle sufrir el mismo destino que a aquellos que había matado.
Jake entró en el aparcamiento de Bow Green, pasó su acreditación por la barrera, encontró su plaza habitual y aparcó de culo.
Luego se quedó allí sentado un rato, inmóvil.
Pensando, calculando, preparándose. La actividad en la comisaría era escasa.
Muy poco movimiento por la zona. Pero eso no impedía que se sintiera observado.
Como si una docena de ojos estuvieran vigilando cada uno de sus movimientos.
Jake cerró los ojos y apoyó la cabeza en el reposacabezas. Pensó. Evocó imágenes del interior de su casa. ¿Dónde se le había olvidado mirar? ¿Qué había pasado por alto?
Y entonces, le llegó el olor.
Fresa.
La respuesta había estado en el coche todo el tiempo.
Abrió los ojos y giró lentamente la cabeza hacia la guantera. Resultaba casi poético que encontrara algo allí, cerrando el círculo desde la primera vez que halló un paquete.
Alargó el brazo, metió la mano bajo el asa y liberó el cierre. La tapa de la guantera se abrió y un zarcillo helado envolvió a Jake por el cuello y empezó a estrangularlo.
El contenido de la guantera había sido vaciado y reemplazado por una botella de Pepsi, un kilogramo de cocaína sellado herméticamente en plástico y una bolsa de papel marrón de la que asomaban fajos de billetes.
Alguien había estado en su casa al mismo tiempo que él estaba allí. Y se le había pasado por alto.
Alguien le había tendido una trampa otra vez.
Pero esta vez se sentía distinta. Esta vez sentía que faltaba más por venir. La intuición, el instinto, el nudo en la boca del estómago se lo estaban confirmando.
Por primera vez en mucho tiempo, recordó el consejo de Liam y decidió seguirlo. El único problema que quedaba ahora era dónde deshacerse de aquello.