Capítulo 55
PILLADO
N ervioso y sin aliento, Jake se coló en la sala de operaciones y volvió a su mesa.
Como de costumbre, Brendan llevaba puestos los auriculares y asentía siguiendo un ritmo silencioso.
Mientras tanto, Ashley hablaba por teléfono, con la cabeza inclinada hacia un lado, garabateando en un trozo de papel.
Stephanie estaba sentada en su mesa, cabizbaja, terminando de rellenar un formulario.
Ninguno le prestó atención. Milagrosamente.
Por una vez, todos estaban concentrados en su trabajo y no parecía que estuvieran vigilando cada paso que daba.
Y entonces la paranoia llamó a la puerta. ¿Y si todos estaban fingiendo que trabajaban cuando en realidad intentaban corromperlo? ¿Y si podían oler la droga y el dinero en sus manos, en su persona? ¿Y si uno de ellos había sido el responsable de colocar los paquetes en su coche?
Absurdo. Por supuesto que no. Era imposible; vivía tan lejos que apenas habrían tenido tiempo de volver a la comisaría antes que él. Era obra de un hombre y solo de un hombre.
Jake movió el ratón del ordenador y despertó al sistema operativo de su letargo.
—Muy buenas, tío —dijo Brendan, distrayéndolo de la pantalla—. Por fin has vuelto. ¿Dónde te habías metido?
Jake ignoró a Brendan y recorrió la sala con la mirada.
—¿Dónde está Darryl? —preguntó.
—De camino de una reunión.
—¿Con quién?
Brendan se encogió de hombros. —Secreto sumarial. Información reservada.
Antes de que Jake pudiera reflexionar mucho sobre lo que aquello significaba, las puertas dobles de la sala de operaciones se abrieron y entró Darryl. Parecía solemne y abatido, como si acabara de enterarse de la muerte de un ser querido pero aun así se viera obligado a cumplir con su turno.
—¿Podéis dejar lo que estéis haciendo, por favor?
—dijo; más una orden que una pregunta—. Acabo de tener una reunión con la inspectora jefa Clements en la Brigada Móvil.
El resumen es que, a partir de ahora, no debemos acercarnos a la urbanización Cosgrove.
Bajo ningún concepto. Eso incluye nuestras órdenes de vigilancia vigentes.
Jake se quedó boquiabierto; no encontraba las palabras. Primero el paquete, ahora esto.
De alguna manera, el Cónclave y Henry Matheson estaban apretando la soga alrededor de la investigación, cortándole el suministro de oxígeno. Muy pronto no quedaría nada y el caso estaría muerto.
—Cualquier interferencia con la urbanización, y con quienes la rodean, sería perjudicial para su operación y podría resultar fatal.
La inspectora jefa Clements ha hecho hincapié en ese punto.
Sé que no es lo que queríais oír, pero estoy seguro de que todos comprendéis las complejidades que rodean a esta investigación.
Nadie dijo nada, cada uno se tomó su tiempo para procesar la noticia. Tras una breve pausa, Jake levantó la mano.
—¿Puedo hablar con usted, jefe?
Darryl miró al resto de la oficina como si esperara alguna objeción. Al no haber ninguna, dijo: —¿En mi despacho?
—Perfecto.
Jake se levantó de su asiento, siguió a Darryl a su despacho y cerró la puerta tras de sí.
—¿Qué tienes en mente, Jake? —preguntó Darryl mientras se dirigía a su mesa.
Jake calmó su respiración, se controló. Tenía que tener cuidado con cómo planteaba esto. Andar con pies de plomo no era su fuerte. Tampoco lo era seguir las normas, por lo que se veía.
—Muchas cosas —empezó.
—Eso nunca es bueno. ¿Cuál es el problema?
¿Por dónde empiezo?
—Para empezar, jefe, el informe forense de Jermaine Gordon.
—¿Qué pasa con él?
Jake hizo una pausa antes de responder. Despejó sus pensamientos. Apartó a Elizabeth, el paquete y a las chicas. Se centró en el trabajo. —¿Cómo lo digo? Hubo... hubo una omisión.
—Continúa...
—En la escena del crimen, vi una hebilla de cinturón en el suelo. Le pedí a uno de los de la científica que la recogiera para examinarla. Vi cómo la cogían y la añadían al catálogo. Pero en el informe forense no se menciona por ninguna parte.
—¿Crees que alguien del equipo de Poojah la omitió? No creo que hicieran algo así, mucho menos algo tan descarado.
—Yo tampoco creo que fueran ellos —continuó Jake—. Pero creo que alguien sabía lo de la prueba, y alguien o bien borró esa parte del informe o se deshizo de la prueba antes de que llegara a ser examinada.
—¿Eso es solo una conjetura o tienes pruebas sólidas? —preguntó Darryl.
Jake sonrió con sorna. —Me alegra que lo pregunte. Me da la oportunidad de demostrar que tengo razón, que no estoy siendo paranoico.
—Sigue...
—La hebilla ya no está en el almacén de pruebas. Ha desaparecido.
El color de las mejillas de Darryl se desvaneció ligeramente. Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa. —¿Eres consciente de que tienes que sustanciar todo esto?
—Naturalmente. No haría bien mi trabajo si no comprendiera que eso es un requisito previo.
—Entonces te sugiero que vayas e investigues, pero no quiero que te quite demasiado tiempo. Coméntaselo también a Stephanie para que ella pueda supervisarlo. Dado su historial, ella podría ayudar, ofrecer algunos consejos.
—Gracias, jefe.
La conversación había llegado a un final natural, pero Jake permaneció donde estaba, convenciéndose para poner a Darryl al tanto de los paquetes, de cómo su familia estaba sufriendo las consecuencias de sus actos.
Pero, al final, decidió dejar a Darryl fuera de esto.
Podía solucionarlo por su cuenta. No necesitaba ayuda. Todavía no.
Cuando Jake salía del despacho, Darryl le llamó. —Un momento, Jake. Cierra la puerta.
Jake hizo lo que le decía.
—Antes de que te vayas, ¿quién?
—¿Perdón, jefe?
—Estoy seguro de que tus células grises están trabajando a fondo y ya estás empezando a elaborar una lista de sospechosos. Quiero saber quién encabeza esa lista.
Jake se lamió los labios. La semilla de la duda se había plantado definitivamente en la mente de Darryl. —Lo siento, señor. No podría suponer nada, no sin haber obtenido las pruebas necesarias.
Jake cerró la puerta tras él y se apresuró a volver a su mesa. Mientras cruzaba la oficina, sorteando las mesas, el televisor de la pared le llamó la atención. Noticias de última hora en la BBC.
CUERPOS HALLADOS EN EL TÁMESIS
Jake se acercó y subió el volumen.
—Esta mañana se han hallado los cuerpos de dos mujeres jóvenes en la orilla del estuario del Támesis, cerca de Kent.
Y hace tan solo unos instantes, los cuerpos han sido identificados y sus imágenes se han hecho públicas.
La policía insta a cualquier persona que tenga información a que se ponga en contacto con ellos.
La pantalla se dividió en dos y aparecieron dos imágenes. A la izquierda había una chica a la que Jake no reconoció. Joven, llena de vida, vibrante, mirando a cámara con toda la vida por delante. En cuanto a la imagen de la derecha, Jake la reconoció al instante.
—Danielle Matheson —susurró. Reconoció la foto de sus investigaciones en las redes sociales de Danielle como parte de la investigación más amplia sobre su hermano—. No me lo puedo creer.
—¿El qué, Jake? —preguntó Stephanie, girándose en su silla.
—Esto. —Señaló el televisor.
—Sí, lleva todo el día en las noticias —respondió Stephanie.
—Terrible —añadió Ashley—. Aunque ahora es problema de la policía de Kent.
—No me refería a eso —dijo Jake, señalando esta vez la imagen de Danielle en la pantalla.
—¿Es quien yo creo que es? —preguntó Stephanie.
—Sí.
Stephanie se impulsó fuera de la silla y corrió hacia él. —¿Crees que él lo sabe?
—No me imagino que el oficial de enlace con las familias haya tenido el valor de decírselo.
—No me extraña —exclamó Brendan desde el otro lado de la oficina, con los dos auriculares en las manos.
—¿Cambia esto algo en nuestra investigación? —preguntó Ashley inocentemente. Miraba a Jake buscando la respuesta, como si él lo supiera todo.
Él se volvió hacia Stephanie, que parecía tan confundida como él.
—Espero que no —respondió—. En todo caso, nos da más motivos para vigilar sus actividades.
La muerte de su hermana podría resultar ser un accidente fortuito, o podría ser una venganza por Jermaine.
La banda de Gordon ha estado muy callada sobre todo el asunto hasta ahora.
Me imagino que cuando Henry se entere se pondrá furioso, y puede que haga algo que le incrimine.
Tenemos que estar preparados para cuando ocurra.
—Acabas de oír lo que ha dicho el jefe, ¿verdad? Que no debemos acercarnos al Pit bajo ninguna circunstancia.
Jake se encogió de hombros. La muerte de Danielle significaba que la dinámica de la investigación había cambiado. —No recuerdo haber oído eso. —La audición selectiva era algo maravilloso. Dio la espalda al televisor y se dirigió hacia la salida.
—¿Adónde vas? —le gritó Stephanie.
Jake se detuvo, apretando su tarjeta electrónica en el puño. —Fuera.
No llegó muy lejos. Justo cuando salía del ascensor en la planta baja de Bow Green, tanto Darryl como Stephanie le alcanzaron.
—¿Adónde crees que vas? —le preguntó Darryl. Tenía la cara congestionada por el rápido descenso de tres plantas y estaba sin aliento.
—Iba fuera.
—Necesito que vengas conmigo.
Darryl dio un paso atrás y señaló el pasillo a la izquierda de Jake.
Con cautela, sintiéndose como si estuviera bajo arresto por algo, comenzó a caminar por el pasillo.
Unos segundos después, Darryl le indicó que entrara en la primera sala de interrogatorios y le pidió a Stephanie que esperara fuera.
—¿Jefe? —preguntó Jake mientras Darryl cerraba la puerta tras ellos—. ¿Va todo bien? Aunque sabía que no era así.
—Creo que tienes algunas explicaciones que dar... —Darryl dio un paso hacia Jake. Tenía el ceño fruncido y Jake empezó a darse cuenta de que había confundido sus mejillas sonrosadas con falta de forma física cuando en realidad era por la ira.
—No le sigo, jefe. ¿Qué ha pasado?
—Después de que salieras de mi despacho, comprobé mis correos electrónicos. ¿Qué crees que encontré allí, Jake?
Las fotos. De él y Henry Matheson, al aire libre, en medio de ninguna parte, llevándose a las mil maravillas.
—No lo sé, jefe. Sinceramente, me he perdido.
A veces hacerse el tonto era la mejor opción.
Darryl perdió la paciencia, echó mano al bolsillo y sacó su teléfono. Ya cargada en la pantalla había una imagen de Jake entrando en su coche. La foto había sido tomada en pleno día, frente a su casa. Hacía poco más de una hora y media.
—Jefe... —comenzó Jake, pero no supo qué más decir.
—Tengo que registrar tu coche, Jake.
—Darryl...
—Tengo que registrar tu coche. Dame las llaves.
—¿Para qué? ¿Por qué?
Pero ya sabía la respuesta. Solo quería oír a Darryl decirla, confirmar que alguien, en algún lugar, intentaba tenderle una trampa y que las amenazas tenían ahora una dimensión extra.
Eran reales, eran peligrosas, y todo lo que amaba estaba en riesgo porque, si no actuaba con rapidez o se deshacía de los paquetes a tiempo, habría consecuencias terribles.
—Lo siento, Jake —respondió Darryl, sonando como si realmente lo sintiera—, pero tengo que hacerlo. Alguien parece creer que tienes droga en el coche.