Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 52
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Capítulo 52

MARCACIÓN RÁPIDA

H abían pasado dieciocho horas desde que había matado accidentalmente a Danielle Matheson y a su amiga, y la adrenalina todavía recorría sus venas, causando estragos en su corazón y provocándole múltiples palpitaciones.

Cada vez que sentía un dolor en el pecho, se convencía de que aquel era el final, de que había llegado su hora.

Probablemente era una forma de morir más rápida y menos dolorosa que lo que Henry le haría.

Sus sentidos también estaban en alerta máxima, en total sintonía con su entorno, lo que significó que, en cuanto su tía puso las tiras de pollo al estilo jerk en la sartén y empezó a freírlas, olió aquel aroma dulce desde el otro lado del piso.

Empezó a salivar al instante, pero eso no sirvió de mucho para que olvidara el motivo por el que estaba allí.

La tía Janice, o Janny, como la llamaba desde que pronunciara mal su nombre por primera vez, le había permitido entrar en su casa a regañadientes.

Desde que se enteró de su elección de carrera y de lo que hacía con la vida de los demás, lo había repudiado.

Pero después de suplicar en el umbral, con alguna que otra pequeña amenaza de por medio, ella le había dejado quedarse.

Janny vivía en la misma urbanización que él, y su piso estaba a solo unas puertas de distancia.

No era el mejor escondite, pero pensó que bastaría de momento mientras organizaba su salida de la ciudad.

Dudaba que este fuera el primer sitio donde Henry buscaría.

De hecho, ni siquiera sabía si Henry había descubierto ya lo que le había pasado a su hermana; sus ojos y oídos en la calle no respondían, pero esta era su mejor oportunidad de mantenerse a salvo por ahora.

Dos minutos. Eso era todo lo que había hecho falta para que su negocio se viniera abajo.

Un error imperdonable. Los agentes químicos de la droga que les había dado a Danielle y a Anabelle eran demasiado fuertes, estaban demasiado cortados.

Joder, ni siquiera sabía qué había en la mezcla.

¿A cuántas personas más habría matado sin querer?

A docenas, estaba seguro. Repartiendo los mismos paquetes de muerte a los de la urbanización. Incluso a los clientes de Henry… Lewis…

La calavera resultaba ser más literal de lo que había previsto en un principio.

—¿Puedo traerte algo?

Al oír la voz de Janny, Frank se sobresaltó y apartó la mirada de la ventana del salón.

La tía Janny estaba de pie bajo el marco de la puerta con el delantal al cuello.

Él la llamaba tía, aunque era su tía abuela.

No sabía su edad exacta, pero estaba convencido de que iba a vivir para siempre.

Mientras crecía, le constaba que ya era vieja, pero ahora que él ya había cumplido los treinta, ella seguía pareciendo exactamente la misma.

—Estoy bien —le dijo él—. Ya has hecho suficiente.

—Puede que no me guste tenerte aquí, pero no voy a dejar que te vayas a ningún sitio con el estómago vacío —dijo ella—. No sabes cuándo volverás a comer.

Con suerte, en cuanto ponga un pie en Ámsterdam .

El ferri debía salir a la mañana siguiente, era el billete más próximo que había podido conseguir.

Muchos habrían visto su desaparición como el signo definitivo de lo que era: un cobarde.

Pero ante la perspectiva de escapar o enfrentarse a Henry Matheson, la elección era dolorosamente sencilla, y desafiaría a cualquiera que no estuviera de acuerdo a que se enfrentara a la alternativa.

Pocos eran lo bastante valientes como para plantarle cara a Henry, y menos aún vivían para contarlo.

—La comida huele de maravilla —dijo él.

—También era la favorita de tu hermano.

—Su última cena —respondió Frank, deseando inmediatamente no haberlo dicho.

En su familia rara vez se hablaba de lo que le había pasado a Tony.

Su propia existencia, sus decisiones en la vida y sus elecciones eran una mancha para el apellido Graham.

Pero no para Frank. Él idolatraba a su hermano mayor, lo veía como el epítome de todo lo que quería ser cuando fuera mayor.

Y entonces ocurrió el incidente, el día que lo cambió todo.

Se preguntaba qué pensaría Tony de él ahora, de cómo había destruido el legado de su hermano y de cómo había arruinado el nombre de la familia todavía más.

—Tengo que ir pronto al piso a recoger algunas cosas más. Iré cuando oscurezca.

—¿Qué cosas? —preguntó Janny.

—Cosas —dijo él, mostrándose vago a propósito mientras se preguntaba si la pistola que guardaba bajo la cama tendría una bala reservada para él.

Janny se puso las manos en las caderas.

—¡No se te ocurra traer nada de esa inmundicia aquí, ¿me oyes?! No lo permitiré. ¡Como vea aunque sea una bolsa de droga o sienta el olor en mi casa, llamo a la policía, y no dudes de que tengo su número en marcación rápida!