Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 51
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Capítulo 51

HASTA QUE YO LO DIGA

L a respiración de Henry Matheson era pesada; un peso le oprimía el pecho y un nudo se le formaba en el estómago, apretando más con cada minuto que pasaba. El inicio del miedo. Una sensación ajena para él.

Danielle, su hermana, su hermana pequeña, la chica a la que había ayudado a criar y a la que había moldeado hasta convertirla en un ser humano perfecto, no respondía al teléfono.

Y cada vez que lo intentaba, saltaba el buzón de voz: —Hola, soy Dani.

Ahora mismo no me puedo poner porque seguramente esté ocupada, o porque no quiero hablar contigo—.

Aquello le preocupaba. Ese estúpido aparato solía estar pegado a sus manos y era difícil conseguir que se concentrara en otra cosa.

Era una estudiante universitaria de diecinueve años y solo llevaba poco más de un año en el mundillo de las discotecas.

En ese tiempo, Henry se había propuesto como misión vital asegurarse de que estuviera a salvo, y de que cualquier chico cargado de testosterona —porque, hasta que le demostraran lo contrario, todo el que se acercaba a ella era considerado un chico — supiera quién era su hermano.

En cuanto oían su nombre o incluso reconocían su cara, sabían lo que él les haría si alguna vez le hacían daño.

Ella era lo que más le importaba en el mundo.

Ojalá ella comprendiese que todo era por su bien. En los últimos meses, había empezado a rebelarse. A desafiarle. A cuestionar todo lo que él le pedía, a fingir que estaba en un sitio cuando estaba en otro. Y estaba casi seguro de que ella también había empezado a consumir.

Por mucho que intentara mantener separados sus negocios de su vida personal, sabía que algunas cosas se filtrarían por las grietas. Las drogas eran una de ellas. Primero había sido la bolsa de hierba que le había robado de su mercancía en The Den. Luego había sido la bolsa de MDMA…

No quería pensar en lo que significaba la progresión natural de las cosas.

Henry intentó llamarla de nuevo.

Seguía sin respuesta.

Ahora empezaba a preocuparse de verdad.

Tiró el teléfono sobre el sofá y le dio un puñetazo a un cojín que tenía al lado.

La puerta se abrió. Era Des, lo que significaba que era hora de pensar en otras cosas y centrar su atención en los negocios.

Adiós a la vida privada. Por ahora.

—Lo siento, hermano —dijo Deshawn, plantado en el umbral—. He recibido tu mensaje. ¿Qué pasa? Los chicos acaban de ver a los maderos presentarse en el piso de Reece. Han entrado a saco y han registrado el lugar.

Henry apretó el puño. Otro problema con el que lidiar. Respiró rítmicamente, metódicamente, y vaciló antes de responder.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Ha sido Reece, tío. Ha dicho que ha salido de allí en cuanto los ha visto.

—¿Se ha ido por patas?

—Puede que después de la movida de Southend.

—¿Crees que por eso están aquí los maderos?

Deshawn se encogió de hombros y siguió esperando en la puerta. Henry no apartó la mirada del otro hombre ni un segundo. —No sé cómo habrían sabido que éramos nosotros tan pronto. Y si se trata de eso, ¿por qué no vienen por mí, tirando mi puerta abajo?

—¿Han confiscado algo? —preguntó Henry.

—No lo sé, colega. Como te he dicho, ha salido de allí pitando. No quería quedarse mucho rato, ¿me entiendes?

—¿Dónde está ahora? Quiero hablar con él.

—Está fuera esperando. Lo buscaré.

Deshawn salió de la habitación y dejó que la puerta se cerrara sola.

No era la peor noticia que Henry había recibido en todo el día, pero tampoco era ideal.

La situación en Southend estaba empezando a ponerse en marcha.

Todo estaba preparado. Y lo último que quería era que algún detective de mierda insignificante cortara el grifo antes de que aquello cobrara vida.

Jake, como seas tú, te juro que haré públicas esas fotos.

Henry apartó sus pensamientos de los negocios y de Jake Tanner y los devolvió a Danielle por un breve momento. El breve intervalo en el que Deshawn no estaba en el piso le dio una oportunidad. Sacó su teléfono, marcó el número de Rupert Haversham y se llevó el aparato a la oreja.

—¿Diga? —preguntó Rupert con su quintaesencia de acento británico.

—Soy yo. Necesito que hagas algo.

—Me alegra ver que no nos desviamos de lo habitual.

—Conoces a Leanne, ¿verdad?

—¿A quién?

—¿Leanne?

—¿Te refieres a Helen ?

—Nunca me dio su nombre real. Pero gracias por el dato. Necesito un favor. Es mi hermana. No responde a mis llamadas. Salió anoche y no ha vuelto a casa.

—Es una adolescente. Tiene vida propia. Seguramente esté en casa de alguna amiga.

—No después de la cantidad de veces que se lo he advertido.

—Mi Erica es igual, y solo tiene quince años.

—No necesito consejos de paternidad —dijo Henry—.

Solo necesito que la encuentres. Necesito que Helen la encuentre, ¿entendido?

Quiero que rastree el número de móvil de Danielle.

Que averigüe dónde está. Que me informe en una hora en cuanto esté hecho.

Y dile que me mantenga al tanto durante el resto del día.

Henry colgó antes de que Rupert tuviera oportunidad de protestar. En cuanto terminó la llamada, la puerta se abrió de par en par. Ante él entraron Deshawn y Reece.

Olvídate de Danielle. Volvamos a los negocios.

Reece llevaba una gruesa chaqueta negra de Adidas, con las manos en los bolsillos y el cuello subido hasta la nuca. Estaba erguido, con la espalda recta y la cabeza alta. Orgulloso. Casi desafiante.

—¿Todo en orden? —dijo Henry, apoyándose contra el brazo del sillón.

—De tranquis —respondió Reece.

—¿Tienes alguna noticia para mí?

—Sí.

—¿Vas a decirme algo o nos vamos a quedar aquí mirándonos?

—Son los maderos, tío. Han venido y han registrado el piso de mi madre, ¿a que sí? Pero no van a encontrar nada. Me deshice de la hoja que usamos, ya lo sabes. Y me deshice de la ropa. Des puede dar fe de ello.

—He oído lo que has hecho. Estoy impresionado. Has conseguido una nueva puntuación en la tabla de clasificación.

Reece se encogió de hombros con aire despreocupado. —Es lo que hago. No tiene misterio.

—Aunque ahora nos plantea un problema. Te has convertido en una carga. No podemos tener a los maderos llamando a las puertas a todas horas del día buscándote.

—¿Qué estás diciendo, Hen? —de pronto, el chico parecía a punto de llorar.

—Creo que vamos a tener que sacarte de la ciudad. Te mandaremos a Hightower Estate para que lleves el cotarro allí abajo.

—¿Y qué pasa con mi madre?

Henry se tomó un momento para reflexionar y sopesar su respuesta.

Tenía delante a un chico que había pasado su vida sin una figura paterna, pero con una madre que lo había dado absolutamente todo por él.

En cierto modo, le recordaba a su propia situación.

Pero las cosas tenían que cambiar. El amor de su madre era incondicional, así que lo querría sin importar lo que hubiera hecho, igual que la de Henry.

Ahora era el momento de que Reece diera un paso al frente y fuera el hombre de su familia.

—Todos tenemos que hacer sacrificios, chaval. Ella puede quedarse aquí. Tú te irás solo.

—¡No! No quiero.

Henry entreabrió los labios. Admiraba al chico por hablar claro, pero pronto iba a aprender por qué tan pocos lo hacían.

—Tú no tienes voz ni voto en este asunto —respondió.

—¡Pero dijiste que si hacía algo por ti, dejarías en paz a mi madre y te olvidarías de mi arresto! —La voz de Reece alcanzó un tono agudo, oscilando en la escala entre la prepubertad y la pubertad.

Henry rebuscó en su memoria. Sacudió la cabeza.

—No sé de qué hablas, canijo. No hubo ningún trato conmigo.

—Hizo un gesto hacia Deshawn ladeando la cabeza—.

Puede que fuera un trato que hiciste con Des y J, pero conmigo no has hecho ninguno.

Tú no puedes hacer ese tipo de tratos conmigo.

Así que tu castigo, colega, por haber sido arrestado el otro día, es bajar a Southend.

Reece chasqueó la lengua, echó los hombros hacia atrás y se puso más erguido, más fuerte. Dio un golpe con el pie en el suelo y Henry pudo ver que el chico contenía las lágrimas.

—Te soy más útil aquí, ¿a que sí? —dijo Reece, intentando ocultar el nudo en la garganta.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

Reece sorbió con fuerza y luego se limpió los mocos de la nariz con el dorso de la mano. —Porque vi llegar a los maderos.

—Eso no va a cambiar el mundo, tío.

—Aún no he terminado —replicó Reece—. Puedo ser tus ojos y tus oídos por la urbanización. Puedo avisarte cuando vuelvan a pasar mierdas así, ¿me entiendes? Yo veo cosas. Y también las oigo.

Mucha gente negociaba por tener más poder en E11, pero solo se les concedían esos permisos si cumplían su palabra. Y muchos, si no la mayoría, no lo hacían.

—¿Ah, sí? —Henry se acercó a la mesa de café, sacó un cigarrillo del paquete entreabierto que había allí y lo encendió. Inhaló, retuvo las toxinas en el pecho y luego exhaló profundamente—. Sorpréndeme…

Reece volvió a sorber, esta vez manteniendo las manos a los costados. —Los maderos no estuvieron mucho tiempo allí. Yo diría que unos diez minutos, si acaso. Después de pensar que no había peligro, volví a la urbanización. Y entonces vi a uno de los polis, el que me arrestó, hablando con Lewis.

—¿El más joven, el del padre lisiado?

—Sí.

—¿Qué más viste?

—Vi que el poli le daba algo a Lewis. Como una tarjeta de visita. Era pequeña.

Henry asintió, asimilando lo que Reece le había contado. —¿Eso es todo?

—No —espetó Reece—. Yo estaba con él antes de que llegara la poli. Estábamos esperando a su comprador. Me dijo que fuera porque era importante. Dijo que tenía algo que quería enseñarme.

El interés de Henry fue aumentando gradualmente.

—¿Qué? —preguntó.

—No lo sé. No tuve oportunidad de verlo. Tampoco quiso decírmelo. Pero su comprador no apareció.

—¿Qué crees tú que quería enseñarte?

Reece se encogió de hombros. —Creo que estaba moviendo material nuevo.

—¿Y qué te hace pensar eso, Sherlock?

—Dijo que tenía una propuesta de negocio. Para los dos. Quería que yo me involucrara.

La mente de Henry funcionaba a mil por hora. Pensó en las oportunidades que aún existían en el mercado en las que Lewis podría haberse involucrado. Y entonces se decidió por una.

Frank Graham.

Henry suspiró profundamente. —Estoy impresionado. Realmente tienes buenos ojos y oídos. —Dejó caer el cigarrillo en el cenicero y se frotó la barba incipiente que le cubría la barbilla—. Quizá sí que tengamos algún uso para ti después de todo.

—¿Y cuál es?

—Necesito que hagas un poco de reconocimiento. Vigila a tu amiguito y ven a contarme qué hace.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que yo lo diga.

—¿Y entonces habré terminado? ¿Habré saldado mi deuda contigo?

Henry sacudió la cabeza y se rió. —No, no. No. Nadie termina hasta que yo diga que ha terminado.