Capítulo 48
EL CHAVAL
E l hombre sentado frente a Jake desprendía un olor bastante ofensivo.
—¿Quiere beber algo? —preguntó Jake mientras miraba el vaso de agua que se había traído para sí mismo.
Rykard negó con la cabeza. —Estoy bien por ahora.
—Debo admitir que no pensé que yo sería el primero en su lista de personas con las que hablar.
Imaginé que querría hablar con su hija. Pero espero que nuestra charla de esta mañana pueda ser un poco más productiva que la primera que tuvimos — dijo Jake con una sonrisa forzada, esperando de verdad que así fuera.
—¿Podemos empezar o solo va a hablar para perder el tiempo?
Jake se estiró sobre la mesa, puso en marcha la grabación y bebió un sorbo de su agua. El líquido helado le alivió la garganta. Por alguna razón, esta mañana la había sentido bastante irritada.
—¿Y bien? —empezó—. Tengo entendido que tenía algo que quería contarme…
—Depende de cuánto valga la información para usted.
Jake ladeó la cabeza y miró a Rykard con suspicacia. —No creo que esto funcione así, amigo. ¿Cómo voy a saber si vale algo si no sé qué es?
—Quiero algunas garantías.
—¿Garantías?
—Una condena más suave. Menos tiempo de cárcel.
Jake resopló. —Sabe que yo no tomo esas decisiones.
—Pero conoce a la gente que las toma. Puede decir una buena palabra.
—No depende de mí. Depende del juez. Si decide darnos información y esta resulta vital para el resultado del caso, entonces el juez lo tendrá en cuenta cuando decida su sentencia. Pero como le digo, si no sé cuál es la información, no sé cuánta ayuda puedo prestarle yo .
Rykard se removió en su asiento, se quitó el jersey por la cabeza y lo colgó en el respaldo de la silla.
Jake se fijó en que dos lunas oscuras colgaban bajo las axilas de Rykard.
Y dos manchas de sudor se asentaban bajo sus pezones, pareciendo un par de ojos en su pecho.
Lo único que le faltaba ahora era una línea de sudor en uno de los pliegues de su estómago para completar el dibujo de «pintar por números», solo que con sudor.
—Essex —dijo finalmente Rykard.
—He oído hablar de ello. Aunque nunca he estado —respondió Jake.
—Southend.
—¿Se limita a decir nombres de lugares?
—El barrio de Hightower Estate.
Jake vaciló. El nombre le resultaba familiar. Algo reciente. Pero no conseguía recordar por qué.
—Hubo un asesinato allí el otro día, ¿verdad?
Jake asintió lentamente al recordar dónde había oído el nombre.
Y entonces recordó los detalles. Se había producido un brutal apuñalamiento en uno de los barrios de viviendas sociales de Southend, una de las ciudades costeras más populares de Essex.
Se había descubierto el cadáver de un traficante de drogas, apuñalado más de veinte veces, abandonado en un charco de sangre.
Los informes iniciales sugerían que no había indicios de entrada forzada, ni señales de que hubieran robado nada.
Las pruebas eran casi mínimas, y lo único que daba algún tipo de indicio sobre lo ocurrido era el alijo de drogas que habían dejado sobre la mesa del café, a pocos centímetros de la persona fallecida.
No hacía falta ser un genio para deducir que un desacuerdo sobre los artículos de la mesa podría haber sido la causa del asesinato.
Sin embargo, la única pregunta que le quedaba a Jake era: ¿cómo lo sabía Rykard?
—El asesinato tuvo lugar el otro día. Usted ha estado bajo nuestra custodia todo este tiempo. ¿Cómo se ha enterado?
Rykard se encogió de hombros. —Eso no es importante. Lo que importa es si me va a ayudar o no.
—Ya se lo he dicho, no puedo hacer ese tipo de promesas. No puedo garantizarlo.
—Entonces, ¿qué puede garantizar?
Jake observó el ligero movimiento de las cejas de Rykard ante el pequeño destello de esperanza que experimentó. — Puedo prometer que quienquiera que matara a la víctima será condenado a una larga pena de prisión.
Por alguna razón, aquello pareció tranquilizar a Rykard más de lo que Jake había previsto, y una sonrisa afloró en el rostro del criminal.
—¿Ha oído hablar alguna vez de las «líneas provinciales», detective?
—¿Es algún tipo de circuito de carreras?
—Ni de lejos.
Rykard se rascó el hueco de la axila y luego, con la mano sudada, se frotó la base de la nariz. Repugnante, pensó Jake.
—El tráfico de drogas en la ciudad ya no es lo que era —continuó—.
Hay mucha competencia por ahí jodiendo el negocio de la gente.
Y tampoco hay muchos más clientes, así que todas las bandas empiezan a tener líos entre ellas por gilipolleces.
Unas veces se gana y otras se pierde. Pero hay sitios donde ni siquiera tienes que pelearte con nadie.
Vas allí, montas tu puesto de mercado y eres el rey del mambo.
Una vez que tienes el puesto montado, solo necesitas establecer la oferta y la demanda.
La demanda siempre estará ahí, y la oferta viene de la ciudad.
Una cosa que conecta a ambas es una línea telefónica. De ahí el término.
Jake se sintió como si estuviera de nuevo en el colegio, aunque nunca esperó que un día aprendería de un asesino traficante de drogas.
Aquello era una experiencia completamente nueva.
Y mientras escuchaba, se preguntaba cuánto de lo que Rykard acababa de decirle se lo habría repetido Henry Matheson palabra por palabra.
—¿Qué tiene esto que ver con el caso? —preguntó Jake.
Rykard puso los ojos en blanco y se burló.
—Significa que la línea ya está establecida.
Ese tipo al que pincharon era el hombre a cargo de la droga en Southend.
Un poco capullo inútil, si me pregunta a mí.
Pero ahora que está fuera del mercado, significa que se pueden montar nuevos negocios y puestos.
—¿Para quién?
—Eso no se lo voy a decir, pero no tardará mucho en averiguarlo.
—¿Quién maneja el teléfono, la línea provincial ? —preguntó Jake como si no estuviera seguro, como si fuera una palabra malsana que fuera a infectarlo con odio y hechizos y magia.
—No está entendiendo el asunto —dijo Rykard, inclinándose más hacia el borde de la mesa—. No le voy a contar nada de eso. Lo que sí estoy dispuesto a decirle, sin embargo, es que sé el nombre del chaval que lo hizo.
—¿Sabe quién mató a la víctima?
Rykard bajó la cabeza un par de grados en un asentimiento casi imperceptible.
—¿Por qué me daría esta información? —preguntó Jake.
—Garantías. Además, quiero ver cómo encierran a ese mocoso por ello.
Jake se preparó para la siguiente pregunta. Tragó saliva y luego se lamió los labios. —Adelante, entonces… ¿quién fue?
Rykard no dudó ni un segundo en responder. —Un chaval llamado Reece Enfield. Vive en el barrio de Cosgrove con su madre. Es cercano a un par de chicos llamados Deshawn y Jamal. Probablemente fueron ellos los que lo metieron en esto.
Jake se recostó en su silla, asimilando un leve estado de shock.
Pensó en cómo el chico había pasado de blandir un cuchillo a mostrar remordimiento y una faceta más débil, la que cabría esperar de un adolescente, cuando lo arrestaron e interrogaron, para luego cruzar el país y apuñalar a un hombre veinte veces unas horas más tarde.
Era inconcebible. Y, por un breve momento, Jake se consideró afortunado de no haber corrido la misma suerte que el hombre al que habían tenido que despegar, sin vida, de su sofá.
No todo eran malas noticias esta mañana.
Pero aún quedaba una pregunta.
—¿Cómo sabe todo esto?
Rykard mostró una sonrisa pícara. —Porque era yo quien se suponía que debía hacerlo. Debería haber sido yo en lugar de Reece. Henry, ese pequeño cabrón, me traicionó. Así que ahora yo le traiciono a él.