Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 46
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Capítulo 46

UN PASO DEMASIADO LEJOS

L os ruidos lo mantenían despierto. Esa cacofonía sonora que sonaba y reverberaba en su cabeza.

Los gritos. El parloteo. Las risas. Los alaridos, ladridos y aullidos mientras la noche convertía a los hombres en monstruos y a los monstruos en demonios.

El golpeteo de puños contra las paredes.

Los rascados. Los juramentos, las mofas y las amenazas de muerte.

Todo reverberaba contra los muros de hormigón de su celda.

Rykard estaba de cara a la pared, dando la espalda a los sonidos. Su primera noche de verdad en prisión. La primera noche de muchas. Trescientos sesenta y cinco días multiplicados por todos los años que fuera a estar allí metido. Una suma que su estúpido cerebro ni siquiera era capaz de calcular.

Y al final de todo, ¿qué? Una hija que no lo reconocería.

Una hija que no lo conocería. Una hija que se habría labrado una vida sin él.

Una hija que se habría olvidado de él, que habría dejado de quererlo.

¿Y por quién? Por Henry Matheson; por darle a ese hombre la oportunidad de evadir la justicia que merecía y permitirle continuar su reinado como el mayor traficante de drogas de East London.

No. No valía la pena. No estaba bien, no era justo. No creía ni por un segundo que le esperase un fajo sustancioso de billetes al salir. Henry ya había fallado a la hora de protegerlo de una paliza salvaje en cuanto puso un pie allí.

—Puedo asegurarme de que estés bien protegido, chaval. Nadie va a tocarte.

Sus costillas amoratadas y sus riñones destrozados eran un auténtico testimonio de aquello.

Fuera de sus cuatro paredes, los gritos, los golpes y los ladridos continuaban.

Había oído historias de que aquello duraba toda la noche.

Como una pesadilla prolongada o una parálisis del sueño en la que estaba atrapado, incapaz de hacer nada o de protegerse.

Era aterrador y, lo que era peor, había visto cosas, había vivido cosas.

Había matado a un hombre. Se había enfrentado a otro cara a cara mientras le ponía un cuchillo en la garganta.

Pero esto... esto era horror a un nivel totalmente nuevo. Y aquello le asustaba.

Trescientos sesenta y cinco días multiplicados por todos los años que fuera a estar allí metido.

Tanteó debajo de la almohada y sacó un teléfono de prepago que uno de los guardias corruptos, supuestamente a sueldo de Henry, le había colado. Al menos Henry había cumplido su palabra en una cosa.

Rykard encendió el teléfono, rezó para que no emitiera ningún pitido al arrancar y, cuando no lo hizo, permitió que el dolor de sus costillas se disipara y que su cuerpo se relajara.

En la agenda había dos números de móvil.

Uno de Rupert. Otro de Henry. Ninguna otra vía de comunicación.

Todo durante su estancia en aquella celda tenía que ser dictado por esos dos.

Rykard había suplicado que incluyeran el número de su hija; para oír el sonido de su voz, para saber que estaba bien cuando quisiera comprobarlo...

pero Henry, el muy bastardo, lo había rechazado.

Y él no era lo bastante inteligente como para recordarlo de memoria.

Estaba solo.

Rykard buscó el número de Rupert Haversham y redactó un mensaje. En cuanto terminó de escribir lo más rápido posible, le dio a enviar.

Rykard: ¿Alguna novedad? ¿K es lo último d H?

Esperó. Y esperó. Y mientras lo hacía, acabó por empezar a quedarse traspuesto. Justo cuando estaba a punto de dormirse, el teléfono vibró en su mano. El hombre que nunca dormía había respondido.

Rupert: Ocupados. Lo de Southend listo. Línea provincial abierta. Trabajando en ello ahora con Reece y otros. Tuya cuando salgas .

¡Y un cuerno! Aquel bastardo retorcido y traicionero lo había apuñalado por la espalda y había abierto una línea provincial a nombre de Reece cuando se suponía que iba a ser la suya .

Henry le había prometido que él sería el encargado de dirigir la operación desde el principio, pero se la había dado a ese mierdecilla en su lugar, uno que probablemente todavía se orinaba encima por las noches.

Rykard apretó los puños con frustración.

Había aguantado mucho en el tiempo que llevaba conociendo y trabajando para Henry, pero ahora se había pasado de la raya.

Henry había preferido a Reece antes que a él.

Si hubiera sido cualquier otro —Deshawn, Jamal—, lo habría entendido.

Esos dos eran veteranos; tenían más experiencia, más pericia.

Pero dárselo a Reece... bueno, era una humillación.

Y si había algo que Rykard no estaba dispuesto a tolerar era que lo hicieran quedar como un inferior.

Una cosa era que lo vendiera y lo obligara a confesar un asesinato. Pero otra muy distinta era arruinar su reputación; y dejar que un niñato insignificante como Reece Enfield se hiciera cargo de su primera línea provincial era un paso demasiado lejos.